¿Accidentes o asesinatos?
El trágico accidente del sábado en la Interamericana y la dolorosa pérdida del colega Pepe Zamora, nos hace volver a meditar sobre la pérdida insensata de vidas humanas en las carreteras. Accidente o asesinato, ese es nuestro planteamiento de hoy.
Tradicionalmente, se ha considerado que la presencia del elemento intencionalidad es básico para distinguir entre cuándo estamos en presencia de un accidente o de un crimen. En el último caso, es menester que el delincuente haya tenido la intención de cometer el ilícito: contrario a los accidentes que se consideran casos fortuitos o, como dicen algunos, obra de la mano de Dios.
La cuestión sin embargo no es tan sencilla. Si alguien rebasa la velocidad en una zona escolar y causa una tragedia, nada tiene que ver la mano de Dios con que ello ocurra. Libre somos de decidir entre respetar o no las reglas. Así nació el concepto de culpa.
Quien desconoce ex profeso las reglas, aun cuando no tuviera la intención de ocasionar el daño que hizo es culpable y debe responder de ello reparando a la víctima y sometiéndose al castigo que le imponga el Estado.
Pero en esta ocasión nos interesa explorar una nueva hipótesis. Aquel que por infringir las reglas ejecuta actos u omisiones que por su gravedad causan la muerte o grandes daños a personas o cosas, son unos delincuentes en su acepción pura y simple.
El camionero que mató a Pepe Zamora, se pasó aparentemente la luz roja, a velocidad excesiva, a sabiendas que podía causar una tragedia, y con todo y eso asumió el riesgo. Es cuestión de preguntarle si era consciente del peso y velocidad de su vehículo, y del posible daño que al violar una luz roja podría ocasionar. La respuesta seguramente será afirmativa y la confesión estaría configurada: homicidio.
Igual pasa a diario con buseros y taxistas. la infracción de las reglas y la impunidad van casadas de la mano en un matrimonio indisoluble. Y es menester aplicar mano dura para acabar con la anarquía en las calles. Recordemos el caso de unos graduados universitarios aplastados mientras aguardaban a un compañero que usaba un cajero automático. Recordemos el busero que al acabar la doble vía en la Cincuentenario, decidió aplastar a un taxi con saldo de dos muertes. Y no contento con ello, se aseguró de cobrar a sus pasajeros el pasaje antes que socorrer a las víctimas.
Hay en esta materia demasiado insensibilidad e indiferencia generalizada.
Tradicionalmente, se ha considerado que la presencia del elemento intencionalidad es básico para distinguir entre cuándo estamos en presencia de un accidente o de un crimen. En el último caso, es menester que el delincuente haya tenido la intención de cometer el ilícito: contrario a los accidentes que se consideran casos fortuitos o, como dicen algunos, obra de la mano de Dios.
La cuestión sin embargo no es tan sencilla. Si alguien rebasa la velocidad en una zona escolar y causa una tragedia, nada tiene que ver la mano de Dios con que ello ocurra. Libre somos de decidir entre respetar o no las reglas. Así nació el concepto de culpa.
Quien desconoce ex profeso las reglas, aun cuando no tuviera la intención de ocasionar el daño que hizo es culpable y debe responder de ello reparando a la víctima y sometiéndose al castigo que le imponga el Estado.
Pero en esta ocasión nos interesa explorar una nueva hipótesis. Aquel que por infringir las reglas ejecuta actos u omisiones que por su gravedad causan la muerte o grandes daños a personas o cosas, son unos delincuentes en su acepción pura y simple.
El camionero que mató a Pepe Zamora, se pasó aparentemente la luz roja, a velocidad excesiva, a sabiendas que podía causar una tragedia, y con todo y eso asumió el riesgo. Es cuestión de preguntarle si era consciente del peso y velocidad de su vehículo, y del posible daño que al violar una luz roja podría ocasionar. La respuesta seguramente será afirmativa y la confesión estaría configurada: homicidio.
Igual pasa a diario con buseros y taxistas. la infracción de las reglas y la impunidad van casadas de la mano en un matrimonio indisoluble. Y es menester aplicar mano dura para acabar con la anarquía en las calles. Recordemos el caso de unos graduados universitarios aplastados mientras aguardaban a un compañero que usaba un cajero automático. Recordemos el busero que al acabar la doble vía en la Cincuentenario, decidió aplastar a un taxi con saldo de dos muertes. Y no contento con ello, se aseguró de cobrar a sus pasajeros el pasaje antes que socorrer a las víctimas.
Hay en esta materia demasiado insensibilidad e indiferencia generalizada.