Acerca de identidades y artesanas
NUEVAMENTE visité este año la Feria Nacional de Artesanías, y otra vez tuve el agrado de disfrutar de un evento lleno de colorido donde no sólo los objetos, sino la música, la danza, comidas y bebidas eran expresión de la labor incesante de artesanas y artesanos panameños. La Feria, que cuenta con el apoyo de diversas entidades, es un rico muestrario de diversas regiones, etnias y comunidades del país que llevan anualmente a este lugar de encuentro sus productos, pero también sus necesidades.
A pesar de lo intenso y concurrido de la muestra ferial, es necesario señalar que los artesanos y artesanas necesitan de mucho más apoyo del que ahora cuentan. Hace falta mucho más promoción y publicidad de actividades de este tipo, pues mucha gente no participa porque no conoce que se celebra la actividad. Los medios de comunicación deberían apoyar decididamente y sin costo las actividades artesanales, no sólo en la noticia, sino con el comentario, la entrevista, las transmisiones en vivo y otras formas de comunicación.
La ciudadanía debe sensibilizarse en torno a la necesidad de apreciar y adquirir estos productos, por sobre la masificación consumista de productos elaborados importados, y la necesidad de reconocer el trabajo que significa la confección de estos productos culturales. El sector privado debería abrir sus mercados a precios justos a la artesanía nacional y promoverlo efectivamente. Los gobiernos locales podrían estimular en las diversas regiones del país, versiones distritales, municipales y provinciales de las ferias artesanales, sumando a la convocatoria a la sociedad civil y sector privado.
Los artesanos y artesanas, por su parte, les es muy importante asociarse cada vez con mayor cohesión, al mismo tiempo que promueven la cultura popular en sus trabajos, con originalidad y calidad.
Las artesanías es parte de la cultura popular, que es cada vez más una sopa de muchos ingredientes, incluso, contradictorios entre ellos. En esta realidad podemos impulsar la revalorización o recuperación del seno de la cultura del pueblo de los contenidos transformadores y de afirmación que contribuyen a la construcción de identidad.
La dimensión afirmativa de la cultura popular radica en la existencia de formas y códigos populares que afirman por su sola presencia el sentido de identidad colectiva. Tal es los objetos artesanales, creencias, producción literaria o musical, vestidos, hábitos alimenticios, comportamientos, lenguajes, etc. La revalorización de lo cotidiano, el reconocimiento de la cultura del pueblo que lucha por la sobrevivencia, la recuperación de la cultura popular no riñen con la cultura universal, ni con el arte como expresión humana. Por el contrario, se complementan y potencia; pero en la perspectiva de construir la cultura nacional y latinoamericana desde las riquezas del archipiélago de las culturas populares.
Muchas veces los medios de comunicación, persiguen convertirnos en consumidores más que creadores o partícipes de la creación. La identidad necesita mucho de la creación, pues la identidad debe ser creada y recreada continuamente para poder existir y poder ser. Por ello, la identidad es el corazón del proyecto democrático verdadero e integral que nuestros países anhelan. El alma de la identidad es la cultura. Debemos afirmar la creación cultura y compartirla intensamente, amorosamente.
Hay decisiones que afectan la capacidad de construir cultura para la identidad. Bonfil Batalla, habla de cuatro aspectos:
1. La cultura autónoma, sobre la cual poseemos poder de decisión sobre sus elementos (materiales, organizativos, cognoscitivos, simbólicos y emotivos), y tenemos capacidad de producirlos, usarlos y reproducirlos. Ejemplo, las formas de cooperación campesina o la organización comunal indígena.
2. La cultura apropiada, que son los elementos culturales ajenos, pero que podemos usar y decidir sobre sus usos porque no son válidos. Ejemplo, las radiograbadoras cada vez más comunes en los pueblos indígenas que sirven para muchas cosas, entre ellas, para grabar las tradiciones, relatos y músicas propias.
3. La cultura impuesta, en la cual no poseemos poder de decisión sobre los elementos culturales y no son propios de la cultura autónoma. Son, por ejemplo, los hábitos de consumo impuestos por el mercantilismo.
4. La cultura enajenada, en la cual los elementos son propios, pero la decisión es expropiada. Ejemplo, el bosque de la comunidad que es talado por una compañía transnacional de acuerdo sólo a sus intereses.
La cultura autónoma y la cultura apropiada conforman el universo de la cultura propia, que es la capacidad de producir nuestra cultura como aporte a la identidad. La construcción de la cultura propia no desprecia la ajena, sino que sabe relacionarla con la suya. La identidad contiene identidades, por lo que requiere una visión pluricultural de la nación, sino corremos el peligro de ver a la cultura como folklore, o como la expresión absoluta de una región, generando una especie de colonialismo cultural interno. Un caso común es el de los indígenas, pues para un sector de los no indígenas se trata de integrarlos exigiéndole que pierden sus valores propios, en función de la "civilización".
Los tiempos nos desafían a abrirnos a un espacio pluricultural, donde se transiten con ojos abiertos y oídos receptivos en la interacción de dinamismos culturales pletóricos de complicidades y seducciones. En este sentido, la función de la comunicación, educación y promoción puede repensarse no sólo como de rescate de lo propio, sino como animadora y valoradora de lo plural, de la diversidad cultural. Este reconocimiento de la pluriculturalidad no es suficiente si no va haciendo expedita la confluencia, la convergencia de las distintas facetas es decir la interculturalidad, que recoge, retoma y proyecta una síntesis que no es fusión, sino encuentro contradictorio de posibilidades y experiencias.
La necesidad de revalorizar lo local, lo propio, lo diferente, la identidad de los sujetos no es opuesto a la interculturalidad; por el contrario, es complementario y en esa medida potencialmente humanizador.
raulleisr@hotmail.com
A pesar de lo intenso y concurrido de la muestra ferial, es necesario señalar que los artesanos y artesanas necesitan de mucho más apoyo del que ahora cuentan. Hace falta mucho más promoción y publicidad de actividades de este tipo, pues mucha gente no participa porque no conoce que se celebra la actividad. Los medios de comunicación deberían apoyar decididamente y sin costo las actividades artesanales, no sólo en la noticia, sino con el comentario, la entrevista, las transmisiones en vivo y otras formas de comunicación.
La ciudadanía debe sensibilizarse en torno a la necesidad de apreciar y adquirir estos productos, por sobre la masificación consumista de productos elaborados importados, y la necesidad de reconocer el trabajo que significa la confección de estos productos culturales. El sector privado debería abrir sus mercados a precios justos a la artesanía nacional y promoverlo efectivamente. Los gobiernos locales podrían estimular en las diversas regiones del país, versiones distritales, municipales y provinciales de las ferias artesanales, sumando a la convocatoria a la sociedad civil y sector privado.
Los artesanos y artesanas, por su parte, les es muy importante asociarse cada vez con mayor cohesión, al mismo tiempo que promueven la cultura popular en sus trabajos, con originalidad y calidad.
Las artesanías es parte de la cultura popular, que es cada vez más una sopa de muchos ingredientes, incluso, contradictorios entre ellos. En esta realidad podemos impulsar la revalorización o recuperación del seno de la cultura del pueblo de los contenidos transformadores y de afirmación que contribuyen a la construcción de identidad.
La dimensión afirmativa de la cultura popular radica en la existencia de formas y códigos populares que afirman por su sola presencia el sentido de identidad colectiva. Tal es los objetos artesanales, creencias, producción literaria o musical, vestidos, hábitos alimenticios, comportamientos, lenguajes, etc. La revalorización de lo cotidiano, el reconocimiento de la cultura del pueblo que lucha por la sobrevivencia, la recuperación de la cultura popular no riñen con la cultura universal, ni con el arte como expresión humana. Por el contrario, se complementan y potencia; pero en la perspectiva de construir la cultura nacional y latinoamericana desde las riquezas del archipiélago de las culturas populares.
Muchas veces los medios de comunicación, persiguen convertirnos en consumidores más que creadores o partícipes de la creación. La identidad necesita mucho de la creación, pues la identidad debe ser creada y recreada continuamente para poder existir y poder ser. Por ello, la identidad es el corazón del proyecto democrático verdadero e integral que nuestros países anhelan. El alma de la identidad es la cultura. Debemos afirmar la creación cultura y compartirla intensamente, amorosamente.
Hay decisiones que afectan la capacidad de construir cultura para la identidad. Bonfil Batalla, habla de cuatro aspectos:
1. La cultura autónoma, sobre la cual poseemos poder de decisión sobre sus elementos (materiales, organizativos, cognoscitivos, simbólicos y emotivos), y tenemos capacidad de producirlos, usarlos y reproducirlos. Ejemplo, las formas de cooperación campesina o la organización comunal indígena.
2. La cultura apropiada, que son los elementos culturales ajenos, pero que podemos usar y decidir sobre sus usos porque no son válidos. Ejemplo, las radiograbadoras cada vez más comunes en los pueblos indígenas que sirven para muchas cosas, entre ellas, para grabar las tradiciones, relatos y músicas propias.
3. La cultura impuesta, en la cual no poseemos poder de decisión sobre los elementos culturales y no son propios de la cultura autónoma. Son, por ejemplo, los hábitos de consumo impuestos por el mercantilismo.
4. La cultura enajenada, en la cual los elementos son propios, pero la decisión es expropiada. Ejemplo, el bosque de la comunidad que es talado por una compañía transnacional de acuerdo sólo a sus intereses.
La cultura autónoma y la cultura apropiada conforman el universo de la cultura propia, que es la capacidad de producir nuestra cultura como aporte a la identidad. La construcción de la cultura propia no desprecia la ajena, sino que sabe relacionarla con la suya. La identidad contiene identidades, por lo que requiere una visión pluricultural de la nación, sino corremos el peligro de ver a la cultura como folklore, o como la expresión absoluta de una región, generando una especie de colonialismo cultural interno. Un caso común es el de los indígenas, pues para un sector de los no indígenas se trata de integrarlos exigiéndole que pierden sus valores propios, en función de la "civilización".
Los tiempos nos desafían a abrirnos a un espacio pluricultural, donde se transiten con ojos abiertos y oídos receptivos en la interacción de dinamismos culturales pletóricos de complicidades y seducciones. En este sentido, la función de la comunicación, educación y promoción puede repensarse no sólo como de rescate de lo propio, sino como animadora y valoradora de lo plural, de la diversidad cultural. Este reconocimiento de la pluriculturalidad no es suficiente si no va haciendo expedita la confluencia, la convergencia de las distintas facetas es decir la interculturalidad, que recoge, retoma y proyecta una síntesis que no es fusión, sino encuentro contradictorio de posibilidades y experiencias.
La necesidad de revalorizar lo local, lo propio, lo diferente, la identidad de los sujetos no es opuesto a la interculturalidad; por el contrario, es complementario y en esa medida potencialmente humanizador.
raulleisr@hotmail.com