Activos tóxicos en la educación
No se puede entender cómo es posible que el presupuesto del Ministerio de Educación crezca todos los años de una manera importante -ya estamos cerca de los mil millones de dólares anuales- y la educación pública siga igual o peor. Más allá de una administración clientelista, sin visión estratégica, y sin la capacidad de liderar un cambio, hay que concluir que por más dinero que se le eche a la planilla, ninguna mejora se obtendrá mientras los maestros y profesores sean los mismos con las mismas malas actitudes de siempre, cada vez que se habla de la necesidad de transformar el sistema. Acalorada resistencia o fría indiferencia, es lo único que sale de la dirigencia magisterial.
Por eso, todo incremento en la inversión pública que tenga por objeto mejorar los salarios de los actuales docentes, sin imponerles condiciones muy precisas sobre su desempeño, es dinero tirado a un saco roto, pues una buena parte de los docentes se han convertido en activos tóxicos. Un programa de retiro anticipado para algunos; una evaluación del desempeño para otros, podrían ser instrumentos útiles para ir refrescando los recursos humanos que la transformación de la educación demanda.
Lo que está claro es que, como en toda operación financiera, el mayor riesgo se produce si seguimos trabajando con los activos tóxicos de siempre. Apunten, señores candidatos: esta es una tarea prioritaria para el próximo gobierno.