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Adiós al revanchismo en Educación


Formo parte de aquellos funcionarios del Ministerio de Educación, que a partir del segundo día laborable del gobierno del Dr. Ernesto Pérez Balladares, se nos exigió la entrega de los despachos, sin que mediara una solicitud formal y mucho menos un documento que comunicara la condición de servidor de la institución, a partir de ese momento.
En mi caso particular, solicité el documento, ya que era lógico pensar que sería removido ante el cambio de administración, por lo que suponía una reubicación, reclasificación o, en última instancia, una destitución que veía remota por haber servido a la entidad durante 26 años de servicios continuos, con eficiencia reconocida por las propias autoridades.
Nadie me dio respuesta satisfactoria en tal sentido, por el contrario, aumentaban las presiones para que dejara el despacho, a solicitud verbal, lo que me obligó a recurrir a los pasillos, a partir del 5 de septiembre, comunicando mi asistencia a la Dirección de Personal, con el propósito de evitar una destitución legal por abandono del cargo después de 8 días de inasistencia injustificada.
Viví en carne propia el irrespeto a la persona humana, sentía pisoteados mis derechos, pero también los preceptos legales que contemplan la estabilidad del funcionario de carrera y las garantías y derechos individuales y sociales consagrados en la Carta Fundamental del Estado.
No fue sino 15 días después cuando se me comunicó el contenido de un Decreto que me destituía del cargo de Director General de Educación, lo que echaba por tierra mi errada concepción del Estado de derecho en aquel momento y pasaba al ámbito de un destino político aupado por la intolerancia y el irrespeto a la legislación vigente.
Concluía en que se trataba de una factura política que me pasaba el partido gobernante, a través del Ministro de Educación, dado mi pasado de invariable opositor al régimen militar y a sus brazos políticos, y mi perseverante agitación por la vigencia de los derechos humanos, la libertad y la justicia social. No había otro motivo.
Ahogadas en el silencio y la ausencia de equidad, las solicitudes de reconsideración del inaudito tratamiento, en su forma y fondo, regresé a mi provincia y haciendo un extraordinario esfuerzo, por razones que sería largo mencionar, asumí la Dirección de una escuela bilingüe particular de primaria, en la que he laborado durante más de dos años, ejercicio que me pone en condiciones de solicitar una merecida jubilación, paso que daré próximamente ante el gobierno democrático.
Estas vivencias me han permitido muchos espacios de reflexión, ya que irónicamente, he sido, como exdirigente magisterial, un ferviente defensor de la Ley Orgánica de Educación, de los derechos del docente y administrativo, y en el gobierno anterior formé parte de la Comisión Presidencial que nombró el Ejecutivo para la elaboración de un Proyecto de ley de Carrera Administrativa.
Por ello cuando recientemente se mencionaban nombres de electoreros frustrados y políticos radicales, para aspirar al cargo de Ministro de Educación, no vacilé en exteriorizar mis conceptos en este sentido; no concibo la posibilidad de repetición de degradantes escenas que mancillen la sagrada misión de la educación en nuestro país.
Se ha vulnerado en exceso la majestad del Ministerio de Educación, promoviendo antagonismos estériles y revanchismo retrógrados, convirtiendo a la unidad rectora de la Educación en un bastión político y botín del partido gobernante, en vez de elevarla a paradigma de prácticas democráticas, respetuosas y civilizadas, como las que predicamos en las aulas escolares.
La educación atraviesa por una grave y profunda crisis, la más prolongada y sentida de su historia, traducida en insuficiencia para ofrecer conocimientos y destrezas a la población en edad escolar, sin excepciones, lo que no admite caprichosas exclusiones.
Se mantiene la curva de fracaso y deserción escolar, el ruinoso estado de la infraestructura de muchos centros de educación, mientras el recurso humano dedicado a la enseñanza se siente burlado, frustrado y desmoralizado, por razones diversas.
Estas lamentables circunstancias hacen obligante e impostergable la tarea de armonización y cohesión de todos los estamentos involucrados en el proceso de enseñanza; la consulta oportuna, franca y respetuosa, en vez de la imposición de lineamientos que limitan la participación de importantes sectores interesados en coadyuvar con la verdadera modernización del sistema educativo.
Anhelo, como miles de educadores, el rescate del Ministerio de Educación, sumido en señales de instrumento político del grupo gobernante, al grado de que su Titular ha sido licenciado para dirigir campañas de proselitismo, mientras las escuelas de la República claman por atención inmediata.
Abrigo la más firme esperanza de que esta negativa imagen será superada durante la nueva administración. No he tenido la oportunidad de tratar de cerca a la doctora Doris Rosas de Mata, designada ministra de Educación, para el próximo gobierno, pero conozco su aporte a la vida democrática que, a través de los medios de comunicación, inspiró a muchas conciencias identificadas con las gestas populares por la reivindicación democrática de nuestra Patria, precisamente cuando Isadora rebasó los límites del temor para dejar oír su voz por un augusto destino nacional.
Llegada esta oportunidad lógico es pensar que su ejercicio ministerial estará enmarcado en principios éticos y morales, espíritu institucional, objetividad y amplitud, por la restauración de la educación panameña.
Ojalá nuestro concepto sea coronado con la valiosa oportunidad de develar a la historia una ejecutoria digna de encomio y de ejemplo para presentes y futuras generaciones.
Entendible es que un Ministro de Estado debe rodearse de personal de su confianza; que deberá darse los ajustes consecuentes con esta realidad, pero ello no debe ser óbice para la tramitación respetuosa y correcta de cada caso, de manera equilibrada y profesional.

101 años de Panamá América

 
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