Adiós a dos colonenses
La semana que recién terminó nos trajo la triste noticia del fallecimiento de dos notables colonenses. Son ellos el Hno. Arturo Martínez de la Congregación de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, y el P. Allan Mclellan, sacerdote de la orden de los Paulinos.
¿Colonenses ellos?, se preguntarán algunos. Pues sí, con un sí rotundo, ya que en su camino y presencia misionera por la vida hicieron suya la realidad, los sufrimientos y las aspiraciones de los colonenses a través de un compromiso de muchos años, vivido intensamente y traducido en una entrega total para con aquellos que menos tienen, los pobres.
Ambos me honraron con su amistad y con sus enseñanzas. Ambos me regalaron la oportunidad de acompañarlos en distintos momentos de su apostolado y desde esa cercanía pude sentir cómo vibraban con lo panameño y lo colonense, dejando atrás su país de origen para hacerse uno con nosotros.
Con el Hno. Arturo compartí muchos años de docencia, mis mejores años, en el Colegio La Salle de Panamá, para luego conocer de su entrega en el proyecto “Centro Escolar San Miguel Febres Cordero (en los terrenos de la Feria de Colón) de los Hermanos de La Salle. Desde su amistad y confianza pude mantener viva mi gratitud permanente hacia los Hermanos de La Salle por todo lo que han aportado a mi vida desde mi infancia en el Colón de mis recuerdos.
Con el P. Allan, presente también en Chiriquí, fueron muchas las conversaciones que sostuvimos sobre la forma en que la Iglesia ha ido transformándose a lo largo de la historia para encarnar de manera adecuada el evangelio según las nuevas exigencias y realidades. Guardo muy fresca la vivencia de su trabajo en la cárcel de Colón, donde gracias a su insistencia, un grupo de voluntarios de la ACP ofrecieron su aporte y mejoraron en parte las condiciones inhumanas en las que han de pagar su deuda los privados de libertad en ese centro penitenciario.
Estos dos amigos y maestros representan a otros tantos hermanos lasallistas, sacerdotes y religiosos que renuevan cada día su entrega y su labor, sin importar su origen, porque se han hecho panameños por y con nosotros.
Que el buen Padre Dios, que los guardó siempre en la palma de su mano, los reciba en su reino y les dé la recompensa que tiene preparada para quienes trabajan en la construcción de su reino. Honremos su presencia entre nosotros apoyando la obra que ahora nos entregan con su partida.