¿Administradores o estadistas?
Uno de los puntos más notables de la campaña al menos de las candidaturas oficiales a la presidencia de la República es la idea, reiterada una y otra vez, según la que el simple éxito comercial de un individuo lo hace especialmente apto para ocupar el más alto cargo de dirección de la nación. Se trata de una hipótesis que como cualquiera debe ser sometida al análisis riguroso.
El primer argumento sobre el que se sostiene esta conjetura se refiere a que los empresarios exitosos tienen un especial conocimiento del funcionamiento de la economía, por lo que estarían en capacidad de resolver acertadamente los problemas que se refieren a este campo. Se trata de una afirmación que a juicio de Paul Krugman, el más reciente ganador del premio Nobel de Economía, resulta errónea.
Es así que en un celebre artículo publicado hace algún tiempo en la Harvard Bussines Review bajo el sugestivo título de “A Country is Not a Company”, Krugman llama la atención sobre el hecho de que la empresa como sistema es notablemente distinto al sistema económico, siendo el segundo un sistema mucho más cerrado y caracterizado por más interacciones que el primero. Esto significa, por ejemplo, que si bien un empresario individual puede enfrentar una falta de rentabilidad intentado reducir los salarios, esta solución, si se realiza como política macroeconómica, llevaría, como lo previó Keynes, a una reducción de la demanda efectiva y a una crisis. Así mismo, un empresario para resolver su problema individual puede intentar exportar más, pero si esto se realiza como política de apertura al exterior se corre el riesgo que en términos agregados las importaciones crezcan más que las exportaciones, generando una reducción del empleo nacional. Esto de por sí, lógicamente, pone en tela de juicio la hipótesis antes presentada.
Desde otra perspectiva, Robert B. Reich, quien fuera secretario del trabajo en el gobierno de Bill Clinton, ha llamado la atención en su última obra titulada “Supercapitalism”, sobre el hecho de que la toma del control del gobierno por los poderes económicos lleva a que la necesaria regulación económica pierda su efectividad, en la medida de que son los propios regulados los que establecen las reglas de juego, haciéndolo en su propio beneficio. Es así, por ejemplo, que no resulta lógico esperar que un gobierno controlado por el sector comercial establezca medidas de control sobre el precio de los bienes de primera necesidad.
La posición de Reich coincide, en gran medida, con la expuesta por Al Gore, galardonado con el premio Nobel de la Paz en el 2007, quien en su libro “The Assault on Reason” argumenta a favor de mantener alejada la esfera de la política y su lógica del control de los grandes poderes económicos.
Lo anterior permite, a nuestro juicio, dos importantes conclusiones. En primer lugar, resulta fundamental la discusión seria de los diversos programas de gobierno y su significado para la población. Esta no puede ser suplantada por una forma de propaganda en la que los candidatos son prácticamente mercadeados con técnicas publicitarias que no apelan a la razón. En segundo lugar, la creación de un efectivo poder político popular e independiente de la población organizada resulta esencial para que las acciones de los gobiernos se guíen efectivamente hacia las necesidades de las grandes mayorías. Su construcción resulta urgente.
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