Administremos mejor el agua
Los despachos internacionales informan que nuestra vecina centroamericana, Honduras, cuyo presidente es un panameño, Ricardo Maduro, padece la peor sequía de su historia. En especial Tegucigalpa, su capital, cuyo centro urbano y alrededores concentra cerca de dos millones de habitantes, vive un estado de crisis permanente. Un estricto racionamiento tan solo permite que lleguen unos cuantos galones del preciado líquido cada cinco días, aunque en algunos sitios se escuchan reclamos de que no reciben una gota en semanas. La única represa que provee agua está casi seca, mientras todos rezan por las lluvias más próximas que los meteorólogos vislumbran lejanas.
Panamá, en cambio, es un país privilegiado; irrigado por caudolosos ríos en sus cuatros costados, aunque casi toda el agua va a parar al mar. Las aguas del Chagres, que alimentan el Lago Gatún, que da vida al Canal, ven botar cada día 52 millones de galones por barco que atraviesa la vía, no importa que transporte granos de trigo o desechos nucleares. La modernización del Canal requerirá de más agua, represando en forma de lagos el agua de los ríos Indio, Caño Sucio y Coclé del Norte, para hacer posible el tercer juego de esclusas.
Hay regiones de Chiriquí y Veraguas que padecen de sequías saharianas, pero no por la falta de agua sino por la ausencia de sistemas de irrigación, almacenamiento y conducción del líquido, en fin, de su debida administración.
La ANAM procura, por lo general, dar un acceso equitativo a las fuentes de agua, incluyendo la consideración ecológica; pero hace falta hacer mucho más en ese sentido. Si es preciso, hay que canalizar y emplear tubos para llevar agua desde los sitios de abundancia hacia los que no la tienen. Eso es técnicamente posible pero requiere mucho dinero que no es un gasto sino una inversión de perenne beneficio.
El Ejecutivo Nacional ha avalado la propuesta del Diálogo Nacional para invertir B/.40 millones en riego que beneficiaría particularmente a las áreas productivas del "Arco Seco" formado principalmente por la zona costera de la Península de Azuero bañada por el Golfo de Panamá. Los Santos y Herrera son dos bastiones de la producción agropecuaria que requieren de ayuda, pero no en forma de dádivas, subsidios o indemnizaciones por malas cosechas, sino en apoyo técnico, en mercadeo nacional e internacional y riego. Agua hay, pero es menester administrarla mejor.
Por eso reconocemos la decisión gubernamental de avalar la inversión en riego, porque sin él nuestro agro está condenado al fracaso, lo cual es más grave si se considera que no tiene otras alternativas de actividades productivas de ejecución inmediata y empleo masivo. Sin el agua, sucumbirían las urbes bajo la corriente de inmigración interiorana y colapsaría toda su precaria infraestructura de servicios públicos. Lo ideal es que el país distribuya armoniosamente su población en toda la extensión de su territorio en vez de propiciar concentraciones apocalípticas del tipo de Sao Paulo, México o Caracas.
Con el calentamiento global en pleno auge y con la creciente desertificación del planeta, es más que evidente que el presente y el próximo siglo verán surgir una crisis de agua potable que -si no se afronta con decisión y responsabilidad- causarán hambruna y conflictos inimaginables. Panamá es en ese sentido un país bendecido por la Providencia, pero debe administrar juiciosamente el don que se le ha dado.
Panamá, en cambio, es un país privilegiado; irrigado por caudolosos ríos en sus cuatros costados, aunque casi toda el agua va a parar al mar. Las aguas del Chagres, que alimentan el Lago Gatún, que da vida al Canal, ven botar cada día 52 millones de galones por barco que atraviesa la vía, no importa que transporte granos de trigo o desechos nucleares. La modernización del Canal requerirá de más agua, represando en forma de lagos el agua de los ríos Indio, Caño Sucio y Coclé del Norte, para hacer posible el tercer juego de esclusas.
Hay regiones de Chiriquí y Veraguas que padecen de sequías saharianas, pero no por la falta de agua sino por la ausencia de sistemas de irrigación, almacenamiento y conducción del líquido, en fin, de su debida administración.
La ANAM procura, por lo general, dar un acceso equitativo a las fuentes de agua, incluyendo la consideración ecológica; pero hace falta hacer mucho más en ese sentido. Si es preciso, hay que canalizar y emplear tubos para llevar agua desde los sitios de abundancia hacia los que no la tienen. Eso es técnicamente posible pero requiere mucho dinero que no es un gasto sino una inversión de perenne beneficio.
El Ejecutivo Nacional ha avalado la propuesta del Diálogo Nacional para invertir B/.40 millones en riego que beneficiaría particularmente a las áreas productivas del "Arco Seco" formado principalmente por la zona costera de la Península de Azuero bañada por el Golfo de Panamá. Los Santos y Herrera son dos bastiones de la producción agropecuaria que requieren de ayuda, pero no en forma de dádivas, subsidios o indemnizaciones por malas cosechas, sino en apoyo técnico, en mercadeo nacional e internacional y riego. Agua hay, pero es menester administrarla mejor.
Por eso reconocemos la decisión gubernamental de avalar la inversión en riego, porque sin él nuestro agro está condenado al fracaso, lo cual es más grave si se considera que no tiene otras alternativas de actividades productivas de ejecución inmediata y empleo masivo. Sin el agua, sucumbirían las urbes bajo la corriente de inmigración interiorana y colapsaría toda su precaria infraestructura de servicios públicos. Lo ideal es que el país distribuya armoniosamente su población en toda la extensión de su territorio en vez de propiciar concentraciones apocalípticas del tipo de Sao Paulo, México o Caracas.
Con el calentamiento global en pleno auge y con la creciente desertificación del planeta, es más que evidente que el presente y el próximo siglo verán surgir una crisis de agua potable que -si no se afronta con decisión y responsabilidad- causarán hambruna y conflictos inimaginables. Panamá es en ese sentido un país bendecido por la Providencia, pero debe administrar juiciosamente el don que se le ha dado.