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Africa: 3. Militarismo y democracia en Nigeria


En seguimiento a la conferencia sobre desmilitarización que se celebró en julio pasado en Arucha (Tanzania), acabo de asistir a otra conferencia en Ota, en las afueras de Lagos (Nigeria). Me interesaba conocer Nigeria. Con cerca de ciento veinte millones de habitantes es el país más poblado de Africa, casi tres veces el tamaño de Sudáfrica. Por otra parte, a pesar de su importante producción de petróleo (2 millones de barriles por día), tiene un Producto Doméstico Bruto anual que es tan sólo algo más de la quinta parte del de Sudáfrica, lo que significa que su PDG anual per cápita es muy bajo, a saber $240 en comparación con los $ 3,130 de Sudáfrica. Pero ello no le ha impedido jugar un papel de interventor y pacificador en las guerras civiles que se han desatado en Liberia, Sierra Leona y Guinea-Bissau por ejemplo, es decir en el Oeste de una Africa convulsionada y ensangrentada, donde se cuentan unos 16 millones de refugiados y sólo Dios sabe cuántos muertos en los últimos tiempos.
Tuve una experiencia de los diez millones de habitantes de su principal ciudad económica, Lagos, desparramada en un espacio plano que abarca varias islas unidas por algunas de las carreteras sobre pilotes más largas de Africa. El recorrido del aeropuerto al hotel en Ota parecía un río tumultuoso de vehículos privados y de transporte público, muchos parecidos a nuestras "chivas", atiborrados a más no poder de gente, en un caos indescriptible, entrecruzándose en todas las direcciones, con tranques que paralizaban el tráfico y, además, algo nunca visto: cuando se estancaba el flujo de un lado de la carretera, los vehículos se pasaban al otro lado e intentaban continuar en un sentido contrario al indicado, lo cual producía un enredo aún mayor y hacía temer que se desatara una serie de accidentes simultáneos, que sin embargo, por milagro, no se producían. A todas estas, los transeúntes por cientos, cruzaban la carretera desde ambos lados, pues las intersecciones de la misma eran mercados nocturnos de miles de puestos de venta alumbrados sólo con vela, ya que la carretera carece de alumbrado y el de algunas casas vecinas se apagaba repetidamente por largos momentos. Ese gentío polvoriento, en su caótica espontaneidad, que a pesar de la oscuridad no producía choques sino movimientos de una vida intensa y multitudinaria, se convirtió para mí en la representación del Africa urbana, polo opuesto del Africa rural que pude ver en Tanzania, acosadas la una y la otra por las necesidades humanas las más apremiantes.
A unos treinta kilómetros de Lagos, en Ota, se celebró la conferencia organizada por el Foro de Liderazgo Africano, el PNUD y la Fundación Arias, esta vez sobre el tema de "Los Protocolos de Seguridad y la Desmilitarización". El tema de la seguridad en y entre naciones lo presentó el Profesor Abdoulaye Bathily, antiguo Ministro de Relaciones Exteriores de Senegal, un intelectual-político destacado tanto en el mundo de la cultura como en el de la diplomacia. Explicó el caso del Protocolo que ayudó a resolver el conflicto entre Burkina Faso y Mali en 1984 y el del Protocolo que ayudó a la solución de la guerra civil de Liberia a partir de 1990, pero concluyó que terminada la Guerra Fría se requiere una nueva estructura de seguridad sub-regional que responda al esfuerzo por superar el "mal gobierno crónico", que ha conducido al fracaso de las políticas de desarrollo y del proceso de democratización, como también a la degradación de los recursos naturales y del medio ambiente.
A la luz de la seguridad internacional, se consideró luego la desmilitarización. En un auditorio que incluía varios Ministros de Defensa y otros tantos Generales, el tema suscitó reacciones encontradas en sí mismo y en su relación con la democratización, el desarrollo y la paz. Al iniciar el tema, planteé que para Panamá la desmilitarización completa había sido una bendición, pues nos había permitido dedicar mayores recursos públicos a la educación, la salud y la seguridad ciudadana, había favorecido el respeto por los derechos humanos, había reducido la corrupción y la arbitrariedad, había contribuido a dos de los procesos electorales más auténticos de nuestra historia, había fomentado una cultura de paz y tolerancia y nos había facilitado prepararnos para asumir la plena administración de nuestro Canal.
Después de destacar sus ventajas, tuve la oportunidad de insistir en que la desmilitarización es un proceso para consumar el impulso original que justifica la vida política, a saber el impulso por suplantar la violencia por la palabra, y que como tal abarca una diversidad de medidas entre las cuales cada país debe escoger las que se ajustan a su consenso nacional y su entorno internacional. Entre estas medidas mencioné: el retiro de las fuerzas armadas del control del poder público; su subordinación a las autoridades civiles; la redefinición de sus funciones a favor de la defensa exterior; la negociación de acuerdos bilaterales o multilaterales de seguridad y limitación de armas; la reducción del número de efectivos y del presupuesto de las fuerzas armadas; la reestructuración civil de los servicios de inteligencia; la autonomía de las fuerzas policiales con respecto a los militares y su reorganización como policía civil; la limitación en el uso de armas por civiles; el desarrollo de una mentalidad de solución pacífica de conflictos y, finalmente, la eliminación de las fuerzas armadas en virtud de una reforma constitucional.
Que este tema se haya podido abordar francamente en un ambiente de discusión seria y responsable, se debió sobre todo al Foro de Liderazgo Africano que organizó la conferencia y al hecho de que su fundador, Olusegun Abasanyo, se juramentó como Presidente de Nigeria el día de ayer. Su historia es excepcional. Militar retirado, Abasanyo ostenta el rango de General. En 1976 ocupó la Presidencia a raíz del fin de una guerra civil y de la muerte de su predecesor, pero hecho inaudito a los tres años celebró elecciones y le entregó el poder al civil que fue electo. Posteriormente, las Fuerzas Armadas volvieron a usurpar el Gobierno por largos años. En 1995 fue detenido por el dictador, Gen. Abacha, acusado de traición por sospecharse que promovía la resistencia pacífica y condenado a cárcel de por vida. Fue preso de conciencia de Amnistía Internacional y todavía estaría en prisión si hace un año Abacha no hubiera muerto, al mismo tiempo que murió también su principal oponente civil, el Jefe Abiola, doble hecho que llevó a los militares a retirarse del poder previas elecciones. Abasanyo fue liberado, se lanzó de candidato presidencial y ganó unas elecciones que han sido cuestionadas, pero sin que se ponga en duda que efectivamente obtuvo más votos.
Abasanyo estuvo buena parte de un día con nosotros. Me impresionó como un hombre maduro, moderado e inusitadamente abierto. El Foro que él fundó hace ocho años se ha convertido en la más prestigiosa organización privada de promoción de líderes africanos. En el puesto de venta de libros del Foro, dos me llamaron la atención: uno sobre la equidad a la que tiene derecho la mujer africana y otro sobre la oración cotidiana de un cristiano. El autor era el mismo: Olusegún Abasanyo. Nigeria depende así de su liderazgo para lograr la transición de la dictadura militar a la democratización, primer paso fundamental en la desmilitarización, que hace posible todos los otros pasos, entre otros ponerle un alto y sancionar la rapiña de fondos y privilegios del gobierno pasado, pero que aún perdura.

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