Aftosa, vacas locas y GAFI
Las informaciones sobre el avance de la fiebre aftosa en los hatos ganaderos de todo tipo, en Europa y parte del cono sur, preocupa en América por las inestimables consecuencias económicas, si esa epidemia se propaga al resto de los países sureños. Nuestros mercados habían sido acaparados por las exigencias de la OMC, al tiempo que los productos cárnicos y lácteos derivados de la ganadería europea, desplazaron en gran medida a los nacionales. La excelente propaganda y el hábito consumista, parte de nuestra educación, permitieron que productos de inferior calidad invadieran el espacio comercial que nos corresponde.
Los anuncios de la enfermedad de las vacas locas frenaron la marcha aniquilante de nuestra economía agropecuaria, por las exigencias de una protección al humano, ante el inminente peligro a su salud. Inicialmente hubo timidez en la aplicación de las medidas adecuadas, pero al sumarse la fiebre aftosa a la dolencia animal en casi todo el viejo continente, los importadores de productos provenientes de esos países, que venden como de primera clase, tuvieron que recoger sus inventarios. No sólo deben retirarlo del mercado, sino destruirlos, porque si no vencen en corto tiempo, podrían reinstalarlos en los anaqueles, para evitar pérdidas.
Curioso es que ante la arremetida de países integrantes del GAFI contra la economía panameña, y su no disimulado propósito de estrangularla, la justicia divina haya medido con igual dosis y algo más, la economía de esos países. Una ligera revisión de los países integrantes del GAFI nos indica que son los mismos afectados por las pestes de las vacas locas y de la fiebre aftosa. No nos alegramos por ello, porque existiendo allá, tenemos un riesgo acá. Hasta Argentina nos castigó con la inclusión en la temeraria lista, y también ha recibido la factura que le corresponde. Cuando todo parecía revelar que la economía nacional sería totalmente destruida por el GAFI, esos países que sólo actúan conforme a sus nefastos intereses fiscales, los veremos suplicando que seamos suplidores de los excelentes productos que el panameño tiene.
La repudiada globalización fue impuesta como medida compulsatoria a los pequeños países en desarrollo. Abrieron sus propias fronteras para mostrar al mundo la viabilidad de la globalización. Con ello han permitido el traslado de un país a otro de las bacterias, virus y otras formas infecciosas con el resultado conocido. Pero lo más repugnante del poder económico, cuyo imperio se ve afectado seriamente, es que pretenden que nuestros países se conviertan en recaudadores de sus derechos fiscales. Nos obligan a tomar medidas que eviten nuestro crecimiento económico, porque no necesitan competencia. Casi todos los países integrantes del nefasto GAFI, no podrían dar respuesta a su negligencia en el cuidado sanitario que debieron tener como productores de alimentos cárnicos y lácteos. Posiblemente trataron de ocultar la presencia de las enfermedades, especialmente la aftosa, porque arruinaría su economía. Han perdido importantes mercados y lo peor, algunos de los productores han llegado al suicidio. No es para menos, ante el derrumbe inevitable de todo lo que construyeron en su vida.
Soy un convencido de que ninguno de esos países tiene mejores productos que nosotros. Ahora podemos presentar y ofrecer con orgullo un ganado criado a base de pastos naturales, libres de toda contaminación, porque Panamá tiene la mejor ganadería en América. Aún podemos mantener la industria para suplir codiciados mercados como el de Japón y de otros países de Asia, donde debemos afincar esfuerzos para conquistarlos por nuestra calidad. Los países integrantes del GAFI también merecen su lista roja para no importar nada que provenga de esos lares, especialmente si se trata de alimentos cárnicos y lácteos. Pasemos la factura.
Los anuncios de la enfermedad de las vacas locas frenaron la marcha aniquilante de nuestra economía agropecuaria, por las exigencias de una protección al humano, ante el inminente peligro a su salud. Inicialmente hubo timidez en la aplicación de las medidas adecuadas, pero al sumarse la fiebre aftosa a la dolencia animal en casi todo el viejo continente, los importadores de productos provenientes de esos países, que venden como de primera clase, tuvieron que recoger sus inventarios. No sólo deben retirarlo del mercado, sino destruirlos, porque si no vencen en corto tiempo, podrían reinstalarlos en los anaqueles, para evitar pérdidas.
Curioso es que ante la arremetida de países integrantes del GAFI contra la economía panameña, y su no disimulado propósito de estrangularla, la justicia divina haya medido con igual dosis y algo más, la economía de esos países. Una ligera revisión de los países integrantes del GAFI nos indica que son los mismos afectados por las pestes de las vacas locas y de la fiebre aftosa. No nos alegramos por ello, porque existiendo allá, tenemos un riesgo acá. Hasta Argentina nos castigó con la inclusión en la temeraria lista, y también ha recibido la factura que le corresponde. Cuando todo parecía revelar que la economía nacional sería totalmente destruida por el GAFI, esos países que sólo actúan conforme a sus nefastos intereses fiscales, los veremos suplicando que seamos suplidores de los excelentes productos que el panameño tiene.
La repudiada globalización fue impuesta como medida compulsatoria a los pequeños países en desarrollo. Abrieron sus propias fronteras para mostrar al mundo la viabilidad de la globalización. Con ello han permitido el traslado de un país a otro de las bacterias, virus y otras formas infecciosas con el resultado conocido. Pero lo más repugnante del poder económico, cuyo imperio se ve afectado seriamente, es que pretenden que nuestros países se conviertan en recaudadores de sus derechos fiscales. Nos obligan a tomar medidas que eviten nuestro crecimiento económico, porque no necesitan competencia. Casi todos los países integrantes del nefasto GAFI, no podrían dar respuesta a su negligencia en el cuidado sanitario que debieron tener como productores de alimentos cárnicos y lácteos. Posiblemente trataron de ocultar la presencia de las enfermedades, especialmente la aftosa, porque arruinaría su economía. Han perdido importantes mercados y lo peor, algunos de los productores han llegado al suicidio. No es para menos, ante el derrumbe inevitable de todo lo que construyeron en su vida.
Soy un convencido de que ninguno de esos países tiene mejores productos que nosotros. Ahora podemos presentar y ofrecer con orgullo un ganado criado a base de pastos naturales, libres de toda contaminación, porque Panamá tiene la mejor ganadería en América. Aún podemos mantener la industria para suplir codiciados mercados como el de Japón y de otros países de Asia, donde debemos afincar esfuerzos para conquistarlos por nuestra calidad. Los países integrantes del GAFI también merecen su lista roja para no importar nada que provenga de esos lares, especialmente si se trata de alimentos cárnicos y lácteos. Pasemos la factura.