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Agonía y deber


Cuando iniciamos la publicación de estas "opiniones" en el diario que el doctor Harmodio Arias Madrid (q.e.p.d.), convirtió en faro de luz que habría de señalar el camino de la decencia, a través del periodismo, lo hicimos en el convencimiento de que afrontaríamos sinsabores y desengaños; de que tendríamos que luchar, como antes contra la indiferencia de muchos por los problemas del país.
Recuerdo que me inicié en la profesión en "El País" bajo la dirección de don Samuel Lewis, otro gigante del periodismo nacional, y que tenía como compañeros de redacción a Leonidas Escobar, periodista de finos quilates, y Ariel Castro, ejemplo de dignidad y caballerosidad profesional.
Mi columna de entonces "Ecos de la Gleba" recogía el ímpetu, la agresividad de los años mozos de un debutante que no abandonaría jamás este ingrato oficio nuestro, donde no hay posibilidades de hacer fortuna, honradamente, y por el contrario, se vive es la perenne tensión de la cobertura noticiosa.
Sin embargo, estamos satisfechos de la labor realizada hasta ahora. Hemos escrito verdades que arden; hemos desenmascarado a individuos que se pasean por esas calles de Dios con el alma ennegrecida por toda clase de violaciones a la moral y a la Ley.
Nuestra vida es un libro abierto. Hemos procurado en todo momento transitar por la senda del bien, en paz con el Señor y con los hombres. Nada tenemos que ocultar a la sociedad. Ojalá muchos en este país pudiesen decir lo mismo. Muchos -repito- que han hecho de esta pobre Patria un filón para sus propios beneficios, a base de engaños, de traiciones al pueblo y de una continua cadena de latrocinios. Ni un solo gesto de dignidad, ni un solo servicio a la comunidad en que se agitan. Viven en constante ansia por hacer las reglas de la moral y de la honradez.
El ejercicio de mis responsabilidades profesionales me ha dado oportunidad de tomar posición junto a los ideales democráticos. No uso la careta de la objetividad ni de la hipócrita neutralidad, soy un militante por las libertades del hombre, por el nacionalismo integral, por la sociedad abierta que ofrezca alternativas a su gente más humilde. Sin embargo, para no subordinar el penacho de mi fervor democrático a ninguna empresa, he deambulado indistintamente, levantando trincheras, polémicas, allí, donde encuentro una tribuna propicia.
Nuestra profesión ha crecido en Panamá dentro de un marco de realidades y situaciones pragmáticas, que no dan tregua a la demagogia ni a la retórica inflamatoria de los que confunden la máquina de escribir o el micrófono, con la metralleta del guerrillero.
En tiempos difíciles, en los cuales el terrorismo, la violencia y la subversión amenazan la paz colectiva, el periodismo como punto de referencia y orientación cotidiana deberá tomar mayor fuerza y determinismo del que suponemos. La manipulación de las noticias influyen en nuestras vidas con un impacto superior a cuanto pudiéramos sospechar.
Un servilismo degradante mantuvo uncidos al carro de los poderosos a los que por su posición dentro del engranaje político, social y económico estaban en la obligación de velar por la supervivencia de lo decente en nuestro medio. Ciudadanos que vivieron en otra época una existencia auroleada por la luz de sus méritos y por el aprecio de sus conciudadanos echaron por la borda sus virtudes para convertirse en tristes testaferros de poderosos sin más haber que su desvergüenza sin límites.
El civismo es un vocablo que ha desaparecido del léxico de la mayoría de los panameños. Del 11 de octubre de 1968 al 20 de diciembre de 1989 no existió sino el ansia desmesurada de enriquecerse fácilmente, sin importar los medios. Los funcionarios de la Administración, en su gran mayoría, eran escogidos, no por su competencia e integridad moral. Privaron la influencia política-castrense y las habilidades amatorias demostradas en las oscuras habitaciones de un burdel cualquiera, dentro o fuera de la ciudad. Y así vimos cómo la meretriz reconocida laboraba al lado de la joven desposeída aún de las pasiones vergonzosas y al individuo carente de escrúpulos sentado en su escritorio al lado del mozo recién salido de las aulas escolares, libre todavía de los malos pensamientos que corroen el alma y degradan al ser humano. La inmoralidad y la influencia política, fueron, con honrosas excepciones, las únicas credenciales para ejercer puestos públicos. Nos damos cuenta, con el corazón oprimido, cómo el haber moral de la República muestra un saldo en rojo que debe desaparecer si es que en verdad deseamos ocupar un sitio preponderante en el escenario del mundo.
Y esa responsabilidad, esa conciencia de hasta dónde penetra el mensaje y mueve multitudes, deberá servir de equilibrio a la hora de elaborar los reportajes, entrevistas, crónicas y notas sueltas. Es necesario frenar la tendencia sensacionalista, testimonio de mediocridad, pues cuando se hace buen periodismo no hay que servir a los lectores, mas que la verdad por sí misma en toda su profundidad y certidumbre. Sin aditamentos bullangueros ni especulaciones morbosas debemos ser celosos cumplidores de la ética profesional, que muchos escarnecieron para descrédito de todos.
Para nosotros el periodismo es "agonía y deber". No entreguismo bochornoso ni compra-venta de adjetivos almibarados. Hay mucho de dolor, de angustia que necesita canales para golpear la sensibilidad de las mayorías, en esta profesión nuestra. Hay mucho pueblo cautivo que necesita que hablemos por ellos para que su tragedia, al igual que la nuestra, no quede silenciada en medio de la propaganda y la desinformación.

101 años de Panamá América

 
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