Agresiones estudiantiles
"Gloria al ser abnegado que cuida, con amor a la Patria...al que pone la luz de la vida en el alma de la juventud", reza el olvidado Himno al Maestro. Hoy nadie se lo sabe, ni educadores ni alumnos, y no se enseña. A mediados del siglo pasado era canto obligado desde los primeros años. Eran los tiempos en que el educador era admirado y respetado como a un semi dios.
Vestimenta nítida, corbata y zapatos lustrosos, el maestro se presentaba a la escuela de las urbes y campos apartados, sorteando lodazales a caballo, para iniciar puntual las clases a niños boquiabiertos que tenían delante de sí a un sabio, un ejemplo y un ideal de persona para cuando fuera mayor.
Muchos niños campesinos, llegados a jóvenes, procedentes de campitos y pequeños pueblos, contagiados por el mito y el entusiasmo, se afilaron como a una religión y marchaban descalzos de manos de sus padres, a tocar las puertas de la Normal de Santiago. Querían emular a sus maestros. Y lo hicieron con éxito durante generaciones, hasta que algo pasó. Se perdió la mística.
¿Cuándo empezó el proceso lento de deterioro? Sería casi ocioso, a más que doloroso estudiarlo. Pero no nos caracterizamos por rehuir temas. Lo ubicamos a inicios de los años 60, cuando se eliminó la doble jornada de estudios, sacrificando calidad a favor de la masificación.
Como en un mismo edificio funcionaba una escuela con todo su personal en la mañana y otro distinto en la tarde, y en los "70 otra tercera en la noche, y los fines de semana otra cuarta, se diluyó el concepto y orgullo del "alma mater", aquella magia que hace crecer la mística y amor por el centro de estudios y que motiva a que los egresados nunca se divorcien de "su" escuela y que vuelvan con su descendencia, contribuciones y ayuda. Lo que siguió después es más doloroso y excede a este breve espacio.
Nos basta con decir que la educación pública nacional ha tocado fondo. Y las agresiones de estudiantes a sus profesores y colegas, los robos de los fondos escolares por parte de directores de escuela y las juntas de padres de familia, los casos de abuso sexual y el poco profesionalismo y pésima calidad de los docentes, son apenas parte de sus manifestaciones. Pero, un buen gobierno la puede rescatar. Habrá que convocar a las mejores mentes y a la ayuda internacional. Así hizo Juan Demóstenes Arosemena cuando fundó la Normal de Santiago en 1938 y dio un vuelco revolucionario a la educación nacional, contratando expertos extranjeros de España y Chile. Nada hay que inventar, tan sólo seguir la enseñanza de la historia y copiar lo que él hizo y logró hace 65 años.
Vestimenta nítida, corbata y zapatos lustrosos, el maestro se presentaba a la escuela de las urbes y campos apartados, sorteando lodazales a caballo, para iniciar puntual las clases a niños boquiabiertos que tenían delante de sí a un sabio, un ejemplo y un ideal de persona para cuando fuera mayor.
Muchos niños campesinos, llegados a jóvenes, procedentes de campitos y pequeños pueblos, contagiados por el mito y el entusiasmo, se afilaron como a una religión y marchaban descalzos de manos de sus padres, a tocar las puertas de la Normal de Santiago. Querían emular a sus maestros. Y lo hicieron con éxito durante generaciones, hasta que algo pasó. Se perdió la mística.
¿Cuándo empezó el proceso lento de deterioro? Sería casi ocioso, a más que doloroso estudiarlo. Pero no nos caracterizamos por rehuir temas. Lo ubicamos a inicios de los años 60, cuando se eliminó la doble jornada de estudios, sacrificando calidad a favor de la masificación.
Como en un mismo edificio funcionaba una escuela con todo su personal en la mañana y otro distinto en la tarde, y en los "70 otra tercera en la noche, y los fines de semana otra cuarta, se diluyó el concepto y orgullo del "alma mater", aquella magia que hace crecer la mística y amor por el centro de estudios y que motiva a que los egresados nunca se divorcien de "su" escuela y que vuelvan con su descendencia, contribuciones y ayuda. Lo que siguió después es más doloroso y excede a este breve espacio.
Nos basta con decir que la educación pública nacional ha tocado fondo. Y las agresiones de estudiantes a sus profesores y colegas, los robos de los fondos escolares por parte de directores de escuela y las juntas de padres de familia, los casos de abuso sexual y el poco profesionalismo y pésima calidad de los docentes, son apenas parte de sus manifestaciones. Pero, un buen gobierno la puede rescatar. Habrá que convocar a las mejores mentes y a la ayuda internacional. Así hizo Juan Demóstenes Arosemena cuando fundó la Normal de Santiago en 1938 y dio un vuelco revolucionario a la educación nacional, contratando expertos extranjeros de España y Chile. Nada hay que inventar, tan sólo seguir la enseñanza de la historia y copiar lo que él hizo y logró hace 65 años.