Agricultura orgánica
El consumo de productos orgánicos en los países desarrollados está adquiriendo un crecimiento vertiginoso. Hace una década, el "mercado de orgánicos" se acercaba al uno por ciento del total de los productos alimentarios; actualmente se calcula que oscila entre un 10 y un 15 por ciento de este mercado. Se avecina una "explosión" en el consumo de productos de orgánicos, y existen buenas razones para ello.
Desde el descubrimiento del primer insecticida de síntesis química hasta la fecha, se han volcado a la superficie de nuestra tierra más de 3,5 millones de toneladas de DDT, más de 8 millones de toneladas de bifenilos policlorados y otros productos tóxicos. Casi el 100% de las napas de agua de toda Europea están contaminadas con residuos de pesticidas y metales pesados, el 70% de las napas de agua de los Estados Unidos están en la misma condición. Se detectan residuos de pesticidas -----sobre todo DDT-- tanto en los casquetes polares como en las cimas del Himalaya. La contaminación de los ríos, la desaparición de especies animales y el envenenamiento de las tierras de laboreo, por citar sólo algunos ejemplos, están pidiendo un replanteo urgente.
En menos de ochenta años de este sistema irracional y cortoplacista, estamos ingresando en una etapa de gran reconversión y, poco a poco, la tendencia a la purificación se está acelerando. No hay otro camino. La agricultura, como columna vertebral que sostiene el alimento del mundo, tiene que cambiar hacia métodos no contaminantes. La revolución hacia la agricultura orgánica no es una alternativa más, es la única alternativa para el futuro de nuestra especie y el planeta en su conjunto. Los sistemas de producción, de conservación, elaboración y comercialización se están preparando para el gran cambio. Las principales empresas -muchas de ellas responsables de la gran contaminación global-por exigencias del mercado, están cambiando el enfoque, y se están intensificando los estudios y la elaboración de insecticidas orgánicos, el control biológico de plagas y enfermedades, los envases reciclabes y biodegradables, etc. En Europa y los Estados Unidos existen en los supermercados sectores destinados a lo orgánico, y la proliferan los almacenes naturales; allí encontramos desde lácteos hasta vinos; desde dulces hasta cereales, sin residuos de pesticidas; y ahí, en el tema de los residuos, está también la clave de la avalancha en el consumo.
Los residuos de productos químicos que ingerimos con casi todos los alimentos que consumimos a diario hacen que nuestra salud sienta también el fuerte impacto de esas sustancias. Se sospecha, cada vez con mayor certeza científica, que alergias, desequilibrios hormonales, trastornos de conducta y hasta cánceres, son producidos por la ingesta de residuos de productos químicos. La avalancha de conservantes, por ejemplo, en diferentes alimentos que, en un día de consumo, superan las dosis tolerables admitidas por la OMS (Organización Mundial de la Salud) está haciendo estragos en la sociedad. Los gastos hospitalarios y de medicamentos también inciden en las economías mundiales. La salud de la población es también una responsabilidad gubernamental; es por eso -y por las razones antes expuestas -que numerosos países del llamado "primer mundo" subvencionan la reconversión a la agricultura orgánica. Apoyar y difundir el consumo y la producción de alimentos puros, libres de residuos tóxicos es aportar un humilde grano de arena para mejorar nuestra calidad de vida y asegurar la supervivencia de nuestra tierra.
Otro aspecto importante está referido a los costos o "sobreprecios" que se pagan por los alimentos orgánicos. En general, se estipula un incremento de entre un 25 a un 40 por ciento por los elevados costos de producción en las primeras etapas del proceso: mayor insumo de mano de obra, menor producción, mayores gastos en conversación, etc. Luego, estos costos van disminuyendo; en agricultura orgánica se sabe que, en el período de "reconversión" o transformación de un cultivo tradicional a uno orgánico (de tres a cinco años) el incremento de la fertilidad natural del suelo, las asociaciones y las rotaciones van disminuyendo los costos. Al cabo de este período, los costos se equiparan y con el tiempo disminuyen con respecto a los cultivos convencionales. A los cinco años aproximadamente, los productos orgánicos son más baratos.
Es importante destacar las diferencias nutricionales entre un producto orgánico y otro convencional; según algunos estudios los productos biológicos: tienen más vitaminas, minerales y oligoelementos que sus pares cultivados con fertilizantes químicos inorgánicos. Este es un tema que merece un análisis más detallado. En nuestro continente existe un fuerte movimiento orgánico. Tanto los miembros de la IFOAM (International Federation of Organic Agriculture Movements) de América Latina como el recientemente formado MAELA (Movimiento Agroecológico Latinoamericano), trabajan intensamente para expandir la conciencia orgánica y empujar la reconversión agrícola. Nuestro continente, por sus características agroecológicas, políticas y económicas, es ideal para que se desarrolle rápidamente este sistema de producción.
En la Argentina, el Ministerio de Agricultura ha reglamentado la normativa oficial para el funcionamiento y la expansión de la agricultura orgánica, con normas acordes con las internacionales y un sistema de certificación privado con control estatal. Las normas creadas abarcan tanto las producciones frutihortícolas como las de origen animal. En México, la cercanía de un mercado inmenso y en expansión como el norteamericano también ha hecho que la producción se incremente de manera sostenida. Recientemente, se ha comenzado a editar una revista latinoamericana dedicada exclusivamente al tema orgánico: Mundo orgánico. Tiene por objetivo aportar material e información técnica que ayude a poner en práctica estos modernos métodos de producción ecológica, y servir de guía para que campesinos, productores, técnicos, comercializadores y el público en general puedan optar por este sistema, más sano y seguro.
Debemos unir los conocimientos agrarios de toda nuestra América. Tomar los conocimientos ancestrales de nuestros campesinos e indígenas -que conocen la tierra porque en ella habitaron siempre-y los últimos conocimientos y técnicas modernas, aplicando la tecnología y la ciencia al servicio de la salud y la vida y no a la inversa. No hay utopías en el planteo orgánico; muy por el contrario, la utopía es creer que se puede seguir por el camino actual. En nuestro continente apenas comenzamos a transitar el camino de vuelta a los alimentos naturales; pero, este, aclaremos, no es un paso atrás sino uno adelante. Los alimentos orgánicos son la alimentación del futuro. Y el futuro ya comenzó.
Desde el descubrimiento del primer insecticida de síntesis química hasta la fecha, se han volcado a la superficie de nuestra tierra más de 3,5 millones de toneladas de DDT, más de 8 millones de toneladas de bifenilos policlorados y otros productos tóxicos. Casi el 100% de las napas de agua de toda Europea están contaminadas con residuos de pesticidas y metales pesados, el 70% de las napas de agua de los Estados Unidos están en la misma condición. Se detectan residuos de pesticidas -----sobre todo DDT-- tanto en los casquetes polares como en las cimas del Himalaya. La contaminación de los ríos, la desaparición de especies animales y el envenenamiento de las tierras de laboreo, por citar sólo algunos ejemplos, están pidiendo un replanteo urgente.
En menos de ochenta años de este sistema irracional y cortoplacista, estamos ingresando en una etapa de gran reconversión y, poco a poco, la tendencia a la purificación se está acelerando. No hay otro camino. La agricultura, como columna vertebral que sostiene el alimento del mundo, tiene que cambiar hacia métodos no contaminantes. La revolución hacia la agricultura orgánica no es una alternativa más, es la única alternativa para el futuro de nuestra especie y el planeta en su conjunto. Los sistemas de producción, de conservación, elaboración y comercialización se están preparando para el gran cambio. Las principales empresas -muchas de ellas responsables de la gran contaminación global-por exigencias del mercado, están cambiando el enfoque, y se están intensificando los estudios y la elaboración de insecticidas orgánicos, el control biológico de plagas y enfermedades, los envases reciclabes y biodegradables, etc. En Europa y los Estados Unidos existen en los supermercados sectores destinados a lo orgánico, y la proliferan los almacenes naturales; allí encontramos desde lácteos hasta vinos; desde dulces hasta cereales, sin residuos de pesticidas; y ahí, en el tema de los residuos, está también la clave de la avalancha en el consumo.
Los residuos de productos químicos que ingerimos con casi todos los alimentos que consumimos a diario hacen que nuestra salud sienta también el fuerte impacto de esas sustancias. Se sospecha, cada vez con mayor certeza científica, que alergias, desequilibrios hormonales, trastornos de conducta y hasta cánceres, son producidos por la ingesta de residuos de productos químicos. La avalancha de conservantes, por ejemplo, en diferentes alimentos que, en un día de consumo, superan las dosis tolerables admitidas por la OMS (Organización Mundial de la Salud) está haciendo estragos en la sociedad. Los gastos hospitalarios y de medicamentos también inciden en las economías mundiales. La salud de la población es también una responsabilidad gubernamental; es por eso -y por las razones antes expuestas -que numerosos países del llamado "primer mundo" subvencionan la reconversión a la agricultura orgánica. Apoyar y difundir el consumo y la producción de alimentos puros, libres de residuos tóxicos es aportar un humilde grano de arena para mejorar nuestra calidad de vida y asegurar la supervivencia de nuestra tierra.
Otro aspecto importante está referido a los costos o "sobreprecios" que se pagan por los alimentos orgánicos. En general, se estipula un incremento de entre un 25 a un 40 por ciento por los elevados costos de producción en las primeras etapas del proceso: mayor insumo de mano de obra, menor producción, mayores gastos en conversación, etc. Luego, estos costos van disminuyendo; en agricultura orgánica se sabe que, en el período de "reconversión" o transformación de un cultivo tradicional a uno orgánico (de tres a cinco años) el incremento de la fertilidad natural del suelo, las asociaciones y las rotaciones van disminuyendo los costos. Al cabo de este período, los costos se equiparan y con el tiempo disminuyen con respecto a los cultivos convencionales. A los cinco años aproximadamente, los productos orgánicos son más baratos.
Es importante destacar las diferencias nutricionales entre un producto orgánico y otro convencional; según algunos estudios los productos biológicos: tienen más vitaminas, minerales y oligoelementos que sus pares cultivados con fertilizantes químicos inorgánicos. Este es un tema que merece un análisis más detallado. En nuestro continente existe un fuerte movimiento orgánico. Tanto los miembros de la IFOAM (International Federation of Organic Agriculture Movements) de América Latina como el recientemente formado MAELA (Movimiento Agroecológico Latinoamericano), trabajan intensamente para expandir la conciencia orgánica y empujar la reconversión agrícola. Nuestro continente, por sus características agroecológicas, políticas y económicas, es ideal para que se desarrolle rápidamente este sistema de producción.
En la Argentina, el Ministerio de Agricultura ha reglamentado la normativa oficial para el funcionamiento y la expansión de la agricultura orgánica, con normas acordes con las internacionales y un sistema de certificación privado con control estatal. Las normas creadas abarcan tanto las producciones frutihortícolas como las de origen animal. En México, la cercanía de un mercado inmenso y en expansión como el norteamericano también ha hecho que la producción se incremente de manera sostenida. Recientemente, se ha comenzado a editar una revista latinoamericana dedicada exclusivamente al tema orgánico: Mundo orgánico. Tiene por objetivo aportar material e información técnica que ayude a poner en práctica estos modernos métodos de producción ecológica, y servir de guía para que campesinos, productores, técnicos, comercializadores y el público en general puedan optar por este sistema, más sano y seguro.
Debemos unir los conocimientos agrarios de toda nuestra América. Tomar los conocimientos ancestrales de nuestros campesinos e indígenas -que conocen la tierra porque en ella habitaron siempre-y los últimos conocimientos y técnicas modernas, aplicando la tecnología y la ciencia al servicio de la salud y la vida y no a la inversa. No hay utopías en el planteo orgánico; muy por el contrario, la utopía es creer que se puede seguir por el camino actual. En nuestro continente apenas comenzamos a transitar el camino de vuelta a los alimentos naturales; pero, este, aclaremos, no es un paso atrás sino uno adelante. Los alimentos orgánicos son la alimentación del futuro. Y el futuro ya comenzó.