Agua, petróleo y Canal
A partir de ahora y por lo que resta del siglo, los panameños tendremos que enfrentarnos a las alternativas del agua, su valoración, manejo y administración. En otras palabras, establecer políticas sobre el recurso hídrico en su más extenso significado y alcance.
Valga la pena recordar que hace algunos años cuando la situación energética se agravó, dirigimos nuestra mirada a nuestros ríos y su potencial energético: Bayano, Fortuna, Estrella Los Valles. Difícil sería imaginarnos hoy la inexistencia de tales obras. Algunas otras como la del Teribe y las fuentes alternas menores quedaron postergadas.
Por cierto, muchos países no han sido lerdos en este tipo de respuestas, no solamente en cuanto al uso energético del agua, sino en sus múltiples y vitales beneficios: Itaipú, en Suramérica, y las Tres Gargantas en China, son ejemplos emblemáticos. Se adelantan a las carencias actuales, con proyección de mega desarrollo a futuro. Sin agua, parece de perogrullo, no hay desarrollo, ni vida posible.
En Panamá cargamos con un gran retraso. Carecemos de políticas, y lo que es peor, de una visón y horizonte del recurso hídrico debidamente articulado con una estrategia general de desarrollo, consistente y de impacto, que tampoco existe.
En consecuencia, los ríos son castigados por la contaminación, sus lechos por el saqueo de arena y cascajo y sus cabeceras por la deforestación. Algunos están agónicos. No hay cuenca hidrográfica que no esté en peligro de devastación.
En muchos lugares de nuestras urbes terminales, Panamá, Colón, Arraiján, La Chorrera, y ciudades del interior desde Chiriquí y Bocas del Toro al Darién, sufren la escasez de agua, cuando no del mal servicio de distribución.
El gobierno entrante tiene entre sus objetivos programáticos el ensanche del Canal, obra gigantesca que exigirá, de acuerdo a lo que se conoce, de inmensas cantidades de agua.
A menos que exista otra novedad tecnológica, nos debemos a los grandes ríos del perímetro Panamá-Oeste, Colón y Coclé. Con el agravante que dichas cuencas también sufren daño que es preciso corregir.
Y esto no podrá ser posible sin un esfuerzo sostenido y de impacto que modifique los modos de producción en esta región. Asunto que no puede esperar. De esto me ocuparé en otra ocasión.
Aquí se presenta una linda oportunidad, diría histórica, para involucrar a los gobiernos locales actualizando sus objetivos y métodos, no sólo a nivel de municipios, sino de la sociedad civil como lo son las agrupaciones de campesinos y productores agropecuarios, iglesias, clubes deportivos, juntas comunales y los comités de salud, donde muchísimas mujeres han venido administrando el agua en sus poblaciones. O sea, poner en marcha todo un movimiento liderado por las propias comunidades con la asesoría y respaldo facilitador del Estado.
No estoy inventando nada que no se haya intentado ya. Lo nuevo es el mandato electoral, el deseo de participación y la sensible voluntad del nuevo gobierno.
A partir del recurso agua, que nos afecta a todos como usuarios y consumidores, incluidas las zonas costeras, lagos y mares, se crean las condiciones para emprender muchas otras acciones y programas de desarrollo sostenible organizado en su base y ambientalmente limpio; su ejecución y control descentralizado, en verdadera y efectiva gestión comunitaria de generación de empleos locales, microempresas para el manejo de deshechos, mantenimiento de acueductos rurales y periurbanos, protección de cuencas hidrográficas y cauces de ríos, turismo rural, etc. Aquí estriba parte de la gobernabilidad participativa y democrática, real y operativa, tal como lo señala un informe reciente del Consejo Mundial del Agua.
Agua, energía y Canal...¿Tiene sentido, no? El viento sopla a favor. Aprovechémoslo.
Valga la pena recordar que hace algunos años cuando la situación energética se agravó, dirigimos nuestra mirada a nuestros ríos y su potencial energético: Bayano, Fortuna, Estrella Los Valles. Difícil sería imaginarnos hoy la inexistencia de tales obras. Algunas otras como la del Teribe y las fuentes alternas menores quedaron postergadas.
Por cierto, muchos países no han sido lerdos en este tipo de respuestas, no solamente en cuanto al uso energético del agua, sino en sus múltiples y vitales beneficios: Itaipú, en Suramérica, y las Tres Gargantas en China, son ejemplos emblemáticos. Se adelantan a las carencias actuales, con proyección de mega desarrollo a futuro. Sin agua, parece de perogrullo, no hay desarrollo, ni vida posible.
En Panamá cargamos con un gran retraso. Carecemos de políticas, y lo que es peor, de una visón y horizonte del recurso hídrico debidamente articulado con una estrategia general de desarrollo, consistente y de impacto, que tampoco existe.
En consecuencia, los ríos son castigados por la contaminación, sus lechos por el saqueo de arena y cascajo y sus cabeceras por la deforestación. Algunos están agónicos. No hay cuenca hidrográfica que no esté en peligro de devastación.
En muchos lugares de nuestras urbes terminales, Panamá, Colón, Arraiján, La Chorrera, y ciudades del interior desde Chiriquí y Bocas del Toro al Darién, sufren la escasez de agua, cuando no del mal servicio de distribución.
El gobierno entrante tiene entre sus objetivos programáticos el ensanche del Canal, obra gigantesca que exigirá, de acuerdo a lo que se conoce, de inmensas cantidades de agua.
A menos que exista otra novedad tecnológica, nos debemos a los grandes ríos del perímetro Panamá-Oeste, Colón y Coclé. Con el agravante que dichas cuencas también sufren daño que es preciso corregir.
Y esto no podrá ser posible sin un esfuerzo sostenido y de impacto que modifique los modos de producción en esta región. Asunto que no puede esperar. De esto me ocuparé en otra ocasión.
Aquí se presenta una linda oportunidad, diría histórica, para involucrar a los gobiernos locales actualizando sus objetivos y métodos, no sólo a nivel de municipios, sino de la sociedad civil como lo son las agrupaciones de campesinos y productores agropecuarios, iglesias, clubes deportivos, juntas comunales y los comités de salud, donde muchísimas mujeres han venido administrando el agua en sus poblaciones. O sea, poner en marcha todo un movimiento liderado por las propias comunidades con la asesoría y respaldo facilitador del Estado.
No estoy inventando nada que no se haya intentado ya. Lo nuevo es el mandato electoral, el deseo de participación y la sensible voluntad del nuevo gobierno.
A partir del recurso agua, que nos afecta a todos como usuarios y consumidores, incluidas las zonas costeras, lagos y mares, se crean las condiciones para emprender muchas otras acciones y programas de desarrollo sostenible organizado en su base y ambientalmente limpio; su ejecución y control descentralizado, en verdadera y efectiva gestión comunitaria de generación de empleos locales, microempresas para el manejo de deshechos, mantenimiento de acueductos rurales y periurbanos, protección de cuencas hidrográficas y cauces de ríos, turismo rural, etc. Aquí estriba parte de la gobernabilidad participativa y democrática, real y operativa, tal como lo señala un informe reciente del Consejo Mundial del Agua.
Agua, energía y Canal...¿Tiene sentido, no? El viento sopla a favor. Aprovechémoslo.