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Aguaceros de gratis


En el reino del absurdo, la razón camina a contrapelo de lo lógico. Díganlo, si no, las cosas que suceden en nuestro país. El favorable régimen de lluvias permitió la maravilla del Canal de Panamá ya hace casi un siglo por la inspiración de un grupo de personas que buscaron cómo hacer realidad sus sueños. Intereses antinacionalistas quieren impedir ahora que ese favorable régimen de lluvias se transforme en otra maravilla: energía más barata al servicio de todos.
El tema de la prestación del servicio de energía eléctrica sigue siendo espinoso en virtud de la aparente incapacidad de los dirigentes políticos de formular estrategias que provean soluciones concretas y sostenibles en el tiempo. Necesitamos nuevos soñadores.
De hecho, la no entrada en vigencia, el pasado primero de julio, del aumento del costo del servicio previsto es un paliativo transitorio que, lejos de resolver el problema, terminará por agravarlo cuando se trate de superar el facilismo populista con la determinación que exige el caso.
De ninguna manera quiero dar a entender que como consumidor de energía eléctrica estuviera a gusto con el alza mencionada, sobre todo cuando, como miles de panameños que confían en el mercado y desconfían con causa de la eficacia empresarial de la gestión pública de empresas, quiero creer que, al fin de cuentas, la privatización debe servir para generar beneficios tangibles para el cliente en precio y calidad.
Debido a que se ha venido informando a la opinión pública y a los clientes que el alza de la tarifa estaba impuesta por el alza de los precios del petróleo en el mercado internacional, entiendo que en todo caso la decisión gubernamental de congelarlo, porque considero que de eso se trata, en nada arregla las cosas y como tal habrá que entender que se trata simplemente de poner el dedo en la grieta, en el dique, como si eso fuera suficiente.
Lo que se está haciendo es ignorar la realidad al deformar artificialmente el precio de la electricidad que debe servir como piedra angular para informar las decisiones de política económica a nivel de Estado, que deberían tomarse para que el precio de la electricidad en el mercado panameño, reflejando todos sus costes, pueda ser más bajo.
He visto repetir en diferentes medios el argumento según el cual no se justifica que en un país con la riqueza hídrica del nuestro se estimule, aparentemente mucho más, la generación de energía eléctrica mediante procesos térmicos -que exigen un alto consumo de derivados del petróleo- que propiciar la generación hidroeléctrica y con ésta todas las ventajas de un proceso industrial mucho más económico; y, además, menos perjudicial para el ambiente.
Esos mismos conocedores sostienen que es precisamente la dependencia del petróleo, junto con la eficiencia de las generadoras, uno de los elementos que más pesa a la hora de establecer los costos promedios de producción de energía eléctrica en el país, a partir de lo cual se fija el precio que finalmente debemos pagar usted y yo y todos los panameños.
Si ello es así, y no he escuchado ni visto razonamientos con fuerza tal que hagan inclinar mi opinión de ciudadano común a favor de las termoeléctricas, resulta por completo absurdo que, además del potencial de nuestros ríos, especialmente en la provincia de Chiriquí, no obtengamos ventajas de la larga estación lluviosa con que cada año es bendecido nuestro territorio.
Precisamente, mientras escribo estas palabras, un aguacero torrencial cae sobre la capital y me pone a pensar que si alguna vez aquí hiciéramos las cosas como deben ser, aguaceros como éstos permitirían almacenar agua para producir energía eléctrica, en vez de que simplemente caigan para causar inundaciones y otros problemas. Aunque no sé; tal vez es cierto aquello de que tenemos lo que nos merecemos. Al menos hasta que alguien disponga la voluntad política necesaria para hacer las cosas bien hechas; de una vez por todas. Tal como la razón lo impone en el imperio de lo lógico.

101 años de Panamá América

 
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