Ahora es el Santo Tomás
Mis primeros años de trabajo como médico fueron en el Hospital Santo Tomás. Era entonces el único hospital donde atendíamos públicamente y, aunque faltaban muchas cosas, para nosotros era una tacita de oro. Si no lo creen, pregúntenle a todos los médicos que allí se formaron. Era una delicia trabajar en el Santo Tomás; las enfermeras, el personal paramédico y administrativo tenían una compenetración con los médicos y éramos una familia completa. Nadie vigilaba la entrada ni la salida, pero cumplíamos sin vigilancia.
Hace unos años empezó a deteriorarse y vimos cómo lo fueron abandonando. Decidieron atender los beneficiarios en el Seguro Social, lo que constituye uno de los factores que acabó con esa institución y la tiene al borde de desaparecer, y le quitaron esa atención a salud pública y los beneficios de los que gozaban los asegurados. Desde entonces recortaron el presupuesto del Santo Tomás dejándolo sólo con lo indispensable; lo pasaron a ser un hospital de segunda que, a su vez ha quedado involucrado en ineficiencias administrativas, en fuertes recortes presupuestarios, en politizaciones nombrando personas no capacitadas, sólo por compromiso político.
La gente que busca atención en ese centro es la que menos tiene, la que más necesita que no se le trate como si le dieran limosna; sin embargo, es la peor atendida, inclusive por los médicos jóvenes que pareciera que nada aprenden de lo que les enseñamos sus profesores, no sólo en teoría sino con ejemplos. No debemos desatender esa gente; que no se diga que porque no hay comodidades ni suficiente espacio, vamos a olvidar nuestro juramento hipocrático y volvernos inhumanos. Igual debe suceder con enfermeras y personal paramédico, porque cuando la gente busca salud se convierte en la más sensible y delicada.
Si a esto aunamos el descuido por parte del Ministerio de Salud, en presupuesto y atención, acabamos con nuestra institución que no sólo representa parte de nuestra historia, sino por ser el único hospital que atiende a la gente pobre y necesitada.
El hospital había pasado por momentos difíciles, pero nunca por la crisis que tiene ahora. Es prácticamente un caos que nunca había visto en mis tantos años de ser médico, en donde falta ya no elementos de lujo; falta lo indispensable. No me cabe en mi cabeza que cuando nace un niño sea recibido en papel manila porque no hay una sabanita para envolverlo. Sólo imaginemos ese trauma para la madre que ya lo está con el sólo hecho de tener que dar a luz en la maternidad Cantera de Remón. Nadie sabe lo que es eso para una mujer que da a luz, y lo tengo descrito en mi libro Mujeres con Rostro como un caso más de violencia intrahospitalaria.
Por mi experiencia podría escribir todo un tratado sobre el Santo Tomás. Lo que busco con este artículo es despertar conciencia en toda la población para facilitar la atención, no con dádivas que son temporales y no solucionan nada, sino con atención al problema, con presión a las autoridades, despojándose de la indiferencia que nos envuelve y nos hace cómplices de lo que sucede. Si cada uno de nosotros, si los gremios médicos, de enfermeras, laboratoristas, farmacéuticos, público en general, asociaciones cívicas, protestaran en serio por la negligencia de las autoridades, por lo menos nos quedaría la satisfacción de haber hecho lo posible para arreglar la situación. Por el contrario, nos conformamos con leer en los periódicos las denuncias que hacen los periodistas, con hablar en corrillos, pero la crisis aumenta y los pobres mueren cuando no debían por falta de todo.
Ojalá Dios quiera que no sea tarde para darle solución definitiva al Santo Tomás y no paliativos de 4 millones que no arreglan en nada lo que allí sucede.
Hace unos años empezó a deteriorarse y vimos cómo lo fueron abandonando. Decidieron atender los beneficiarios en el Seguro Social, lo que constituye uno de los factores que acabó con esa institución y la tiene al borde de desaparecer, y le quitaron esa atención a salud pública y los beneficios de los que gozaban los asegurados. Desde entonces recortaron el presupuesto del Santo Tomás dejándolo sólo con lo indispensable; lo pasaron a ser un hospital de segunda que, a su vez ha quedado involucrado en ineficiencias administrativas, en fuertes recortes presupuestarios, en politizaciones nombrando personas no capacitadas, sólo por compromiso político.
La gente que busca atención en ese centro es la que menos tiene, la que más necesita que no se le trate como si le dieran limosna; sin embargo, es la peor atendida, inclusive por los médicos jóvenes que pareciera que nada aprenden de lo que les enseñamos sus profesores, no sólo en teoría sino con ejemplos. No debemos desatender esa gente; que no se diga que porque no hay comodidades ni suficiente espacio, vamos a olvidar nuestro juramento hipocrático y volvernos inhumanos. Igual debe suceder con enfermeras y personal paramédico, porque cuando la gente busca salud se convierte en la más sensible y delicada.
Si a esto aunamos el descuido por parte del Ministerio de Salud, en presupuesto y atención, acabamos con nuestra institución que no sólo representa parte de nuestra historia, sino por ser el único hospital que atiende a la gente pobre y necesitada.
El hospital había pasado por momentos difíciles, pero nunca por la crisis que tiene ahora. Es prácticamente un caos que nunca había visto en mis tantos años de ser médico, en donde falta ya no elementos de lujo; falta lo indispensable. No me cabe en mi cabeza que cuando nace un niño sea recibido en papel manila porque no hay una sabanita para envolverlo. Sólo imaginemos ese trauma para la madre que ya lo está con el sólo hecho de tener que dar a luz en la maternidad Cantera de Remón. Nadie sabe lo que es eso para una mujer que da a luz, y lo tengo descrito en mi libro Mujeres con Rostro como un caso más de violencia intrahospitalaria.
Por mi experiencia podría escribir todo un tratado sobre el Santo Tomás. Lo que busco con este artículo es despertar conciencia en toda la población para facilitar la atención, no con dádivas que son temporales y no solucionan nada, sino con atención al problema, con presión a las autoridades, despojándose de la indiferencia que nos envuelve y nos hace cómplices de lo que sucede. Si cada uno de nosotros, si los gremios médicos, de enfermeras, laboratoristas, farmacéuticos, público en general, asociaciones cívicas, protestaran en serio por la negligencia de las autoridades, por lo menos nos quedaría la satisfacción de haber hecho lo posible para arreglar la situación. Por el contrario, nos conformamos con leer en los periódicos las denuncias que hacen los periodistas, con hablar en corrillos, pero la crisis aumenta y los pobres mueren cuando no debían por falta de todo.
Ojalá Dios quiera que no sea tarde para darle solución definitiva al Santo Tomás y no paliativos de 4 millones que no arreglan en nada lo que allí sucede.