Ahora tienen a Elián
Montevideo (AIPE)- Comprensiblemente, tanto la GPU como la Gestapo siempre prefirieron la madrugada para apresar a sus víctimas. Siguiendo esos mismos pasos, agentes del Servicio de Inmigración de Estados Unidos irrumpieron violentamente el 22 de abril en la casa de la familia González, para apoderarse de Elián, antes de que comenzase a clarear. Fue un verdadero operativo de comando, que la condición inerme de sus destinatarios no permite ubicar con precisión, entre lo abominable y lo ridículo. Sólo una foto que registra el pavor del niño al verse encañonado por uno de los esbirros pertenece inequívocamente a la iconografía de la infamia, así como el comentario de la Sra. Reno, en cuanto a que, si se mira con cuidado, se puede advertir que el policía no tiene el dedo apoyado sobre el gatillo de su metralleta, conquista un lugar de privilegio en la antología de la bobera.
Todo ello es grave. Como lo es también la deslealtad con que los altos funcionarios fingieron negociar una transferencia pacífica de la custodia de Elián mientras preparaban el asalto. Gambito táctico que habría estado mejor situado en la Bahía de Cochinos que en el trivial escenario de la Pequeña Habana. Todo ello es grave. Pero no es lo peor. Lo peor es la pequeñez con que Estados Unidos se está mostrando en esta hora aciaga de su historia. Nótese que escribe esto quien tiene a Estados Unidos por un gran país y para quien es imprescindible que siga siéndolo si ha de pervivir la civilización occidental. Pero que no puede callar su convicción de que en la coyuntura política actual se está alejando peligrosamente de aquel paradigma de grandeza.
Es difícil imaginar que cualquier libro que en el futuro se escriba sobre esta etapa oscura de la historia de Estados Unidos deje de llevar en la cubierta la imagen de Bill Clinton. No porque éste sea el peor presidente que haya tenido ese país en las últimas décadas, ni porque le falten condiciones intelectuales. Sin duda carece por completo de sentido moral, sobre esto no puede caber la menor duda; sin embargo, no es por ese lado que debe buscarse la caracterización del deprimido nivel histórico a que aquél se sitúa. Lo que yo pienso que fuerza asignar a Bill Clinton un papel protagónico en todo este asunto es su aptitud para representar el sentir de sus compatriotas. Y por lo tanto para simbolizar cabalmente al país que gobierna. Pero no quiero alejarme demasiado del tema de Elián, y él ha de servirme además inmejorable para aclarar lo que quiero decir.
Luego de una aparición en TV de Juan Miguel González, padre de Elián y ocasional embajador ad-hoc de Castro en Estados Unidos, Clinton compareció también ante las cámaras, sosteniendo que no existía "ningún argumento concebible" para mantener al padre y al hijo separados. En su extremismo, se trata de una afirmación de singular elocuencia.
Una posición relativizada podría por lo menos entenderse, por más que no se compartiese. Si el presidente hubiese dicho, verbigracia, que, por grande que fuere su pesar al devolver al pequeño balsero a la tierra de servidumbre de donde el sacrificio de su madre le había extraído, la supremacía del derecho de un padre a la custodia de su hijo no podría de todos modos desconocerse, muchos habríamos disentido, pero la cuestión habría quedado comprendida en la órbita de la irreductible diferencia de opiniones que con tanta frecuencia caracteriza los enfrentamientos humanos. No es, sin embargo, lo que de hecho dijo. Dijo que "ningún argumento concebible" podía oponerse al derecho de Juan Miguel González a llevarse de vuelta a su hijo a Cuba. Y eso es no sólo inaceptable sino tampoco comprensible. No es un mero error jurídico sino una frontal agresión a la razón más elemental.
Véase si no. Está hablando el jefe de un gobierno a propósito de enviar a una persona compulsivamente a un país con el cual no tiene el suyo relaciones diplomáticas. Al cual le tiene cortado el saludo, por así decirlo. Pero eso es lo de menos. No sólo ha cortado con ese país las relaciones diplomáticas, lo que representa un grado notable, e inusual, de distanciamiento, sino que ha cortado toda relación comercial. Un país al cual no se le puede vender ni del cual se puede comprar. No sólo han dejado de hablarse los gobernantes y altos funcionarios de uno y otro país. Además, uno de ellos prohíbe a sus súbditos tener con los del otro ninguna clase de transacción comercial. Es una situación próxima a la de un conflicto bélico. Más aún, en cierto sentido implica la existencia de hostilidades entre el uno y el otro. Pues ¿por qué razón prohíbe Estados Unidos a sus nacionales comerciar con Cuba? Pues, sin lugar a dudas, porque entienden que con ello le infligen un perjuicio significativo. Al punto poder ser capaz de aceptar la superior soberanía del enemigo, que es lo que hace un estado que se rinde. De modo que si un productor de pollos de Pittsburgh desea despachar una partida de su mercancía a La Habana, no le dejan hacerlo. Cuba no es merecedora de recibir bienes materiales desde Estados Unidos. Pero si se trata de un ser humano, que está viviendo con parientes suyos en La Florida, un niño de seis años nacido en Cuba pero liberado gracias al sacrificio de su madre, el gobierno de Estados Unidos, no sólo le permite viajar, sino que se muestra él mismo dispuesto a enviarle por la fuerza. Y encima de todo el presidente Clinton alega que no existe el más ligero argumento para entorpecer el envío del niño a la tierra de iniquidad que lo aprisionará, le infundirá odio por el país donde podría haber crecido libre, le impondrá una educación en todo semejante a la que habría tenido en la Hitlers Jugend, y no le permitirá salir nunca más de la prisión isleña, salvo asumiendo un riesgo de muerte numéricamente muy superior al que depara el juego de la ruleta rusa.
sta es hoy la desesperante situación. Ahora tienen a Elián. Clinton y Castro lo tienen, y preparan su devolución a la esclavitud. Castro, Dios sabe con que grado de apoyo de su pueblo, porque su pueblo notoriamente no puede expresarse: pero Clinton -y es por ello que la responsabilidad le trasciende hacia el grueso de su país- en medio de la más tenebrosa indiferencia por parte de prácticamente todos los estadounidenses, con la excepción de la comunidad cubano-americana. ¿Es posible que el pueblo de Estados Unidos haya perdido la adhesión a la libertad que le fue consustancial desde su nacimiento como nación? ¿Es posible que el bienestar material satisfaga todos sus anhelos? ¿Es posible que la bonanza económica le signifique a Clinton un escudo inexpugnable contra todos sus desafueros, contra su ataque a la libertad de hoy, como lo fue contra su agresión a la moral de ayer? ¿Una vez más con la indiferencia, y hasta la aprobación, y por tanto la complicidad, del grueso de sus conciudadanos? Muy pronto lo sabremos, pero los presagios hoy no pueden ser más oscuros.
Presidente de la Sociedad Mont Pelerin, ex presidente del Banco Central de Uruguay.
Todo ello es grave. Como lo es también la deslealtad con que los altos funcionarios fingieron negociar una transferencia pacífica de la custodia de Elián mientras preparaban el asalto. Gambito táctico que habría estado mejor situado en la Bahía de Cochinos que en el trivial escenario de la Pequeña Habana. Todo ello es grave. Pero no es lo peor. Lo peor es la pequeñez con que Estados Unidos se está mostrando en esta hora aciaga de su historia. Nótese que escribe esto quien tiene a Estados Unidos por un gran país y para quien es imprescindible que siga siéndolo si ha de pervivir la civilización occidental. Pero que no puede callar su convicción de que en la coyuntura política actual se está alejando peligrosamente de aquel paradigma de grandeza.
Es difícil imaginar que cualquier libro que en el futuro se escriba sobre esta etapa oscura de la historia de Estados Unidos deje de llevar en la cubierta la imagen de Bill Clinton. No porque éste sea el peor presidente que haya tenido ese país en las últimas décadas, ni porque le falten condiciones intelectuales. Sin duda carece por completo de sentido moral, sobre esto no puede caber la menor duda; sin embargo, no es por ese lado que debe buscarse la caracterización del deprimido nivel histórico a que aquél se sitúa. Lo que yo pienso que fuerza asignar a Bill Clinton un papel protagónico en todo este asunto es su aptitud para representar el sentir de sus compatriotas. Y por lo tanto para simbolizar cabalmente al país que gobierna. Pero no quiero alejarme demasiado del tema de Elián, y él ha de servirme además inmejorable para aclarar lo que quiero decir.
Luego de una aparición en TV de Juan Miguel González, padre de Elián y ocasional embajador ad-hoc de Castro en Estados Unidos, Clinton compareció también ante las cámaras, sosteniendo que no existía "ningún argumento concebible" para mantener al padre y al hijo separados. En su extremismo, se trata de una afirmación de singular elocuencia.
Una posición relativizada podría por lo menos entenderse, por más que no se compartiese. Si el presidente hubiese dicho, verbigracia, que, por grande que fuere su pesar al devolver al pequeño balsero a la tierra de servidumbre de donde el sacrificio de su madre le había extraído, la supremacía del derecho de un padre a la custodia de su hijo no podría de todos modos desconocerse, muchos habríamos disentido, pero la cuestión habría quedado comprendida en la órbita de la irreductible diferencia de opiniones que con tanta frecuencia caracteriza los enfrentamientos humanos. No es, sin embargo, lo que de hecho dijo. Dijo que "ningún argumento concebible" podía oponerse al derecho de Juan Miguel González a llevarse de vuelta a su hijo a Cuba. Y eso es no sólo inaceptable sino tampoco comprensible. No es un mero error jurídico sino una frontal agresión a la razón más elemental.
Véase si no. Está hablando el jefe de un gobierno a propósito de enviar a una persona compulsivamente a un país con el cual no tiene el suyo relaciones diplomáticas. Al cual le tiene cortado el saludo, por así decirlo. Pero eso es lo de menos. No sólo ha cortado con ese país las relaciones diplomáticas, lo que representa un grado notable, e inusual, de distanciamiento, sino que ha cortado toda relación comercial. Un país al cual no se le puede vender ni del cual se puede comprar. No sólo han dejado de hablarse los gobernantes y altos funcionarios de uno y otro país. Además, uno de ellos prohíbe a sus súbditos tener con los del otro ninguna clase de transacción comercial. Es una situación próxima a la de un conflicto bélico. Más aún, en cierto sentido implica la existencia de hostilidades entre el uno y el otro. Pues ¿por qué razón prohíbe Estados Unidos a sus nacionales comerciar con Cuba? Pues, sin lugar a dudas, porque entienden que con ello le infligen un perjuicio significativo. Al punto poder ser capaz de aceptar la superior soberanía del enemigo, que es lo que hace un estado que se rinde. De modo que si un productor de pollos de Pittsburgh desea despachar una partida de su mercancía a La Habana, no le dejan hacerlo. Cuba no es merecedora de recibir bienes materiales desde Estados Unidos. Pero si se trata de un ser humano, que está viviendo con parientes suyos en La Florida, un niño de seis años nacido en Cuba pero liberado gracias al sacrificio de su madre, el gobierno de Estados Unidos, no sólo le permite viajar, sino que se muestra él mismo dispuesto a enviarle por la fuerza. Y encima de todo el presidente Clinton alega que no existe el más ligero argumento para entorpecer el envío del niño a la tierra de iniquidad que lo aprisionará, le infundirá odio por el país donde podría haber crecido libre, le impondrá una educación en todo semejante a la que habría tenido en la Hitlers Jugend, y no le permitirá salir nunca más de la prisión isleña, salvo asumiendo un riesgo de muerte numéricamente muy superior al que depara el juego de la ruleta rusa.
sta es hoy la desesperante situación. Ahora tienen a Elián. Clinton y Castro lo tienen, y preparan su devolución a la esclavitud. Castro, Dios sabe con que grado de apoyo de su pueblo, porque su pueblo notoriamente no puede expresarse: pero Clinton -y es por ello que la responsabilidad le trasciende hacia el grueso de su país- en medio de la más tenebrosa indiferencia por parte de prácticamente todos los estadounidenses, con la excepción de la comunidad cubano-americana. ¿Es posible que el pueblo de Estados Unidos haya perdido la adhesión a la libertad que le fue consustancial desde su nacimiento como nación? ¿Es posible que el bienestar material satisfaga todos sus anhelos? ¿Es posible que la bonanza económica le signifique a Clinton un escudo inexpugnable contra todos sus desafueros, contra su ataque a la libertad de hoy, como lo fue contra su agresión a la moral de ayer? ¿Una vez más con la indiferencia, y hasta la aprobación, y por tanto la complicidad, del grueso de sus conciudadanos? Muy pronto lo sabremos, pero los presagios hoy no pueden ser más oscuros.
Presidente de la Sociedad Mont Pelerin, ex presidente del Banco Central de Uruguay.