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Al borde del centenario


Al filo de la primera centuria republicana, este nuevo aniversario de las festividades patrias tiene un acento especial que debe ser motivo de reflexión para todos los panameños. Ha llegado el momento de que todos emprendamos un ejercicio de retrospección histórica y nos preguntemos colectivamente como miembros de una nación soberana qué fuimos, qué somos y qué queremos ser, sobre todo.
Muchos pensadores panameños conjeturaron que bastaría la recuperación del canal para que, casi por sortilegio, arribaríamos al puerto de la prosperidad nacional. Sin embargo, debemos admitir que con el canal bajo una administración nacional eficiente, aún nos faltan muchas cosas para vaciar a la sociedad de las viejas dolencias históricas que lastran la forja de una nueva comunidad nacional. Panamá se ha liberado de tutelas extraterritoriales, pero todavía su caminar autónomo es vacilante y sus metas son brumosas.
La entrega heroica de los fundadores de la República para crear una nación independiente en condiciones políticas que no fueron todas lo auspiciosas que ellos quisieron no ha sido continuada en el devenir histórico republicano. Los fundadores de la República arriesgaron todo, desde la holgura personal hasta la incomprensión política, para lanzarse a la gesta independentista y empezar a responder al sueño avizorado por el Libertador Simón Bolívar como el puente del universo. Pero hemos sustituido poco a poco el riesgo por la ventaja, la utopía por la ambición, la grandeza nacional por el ventajismo individual o de grupo.
Debemos volver a las páginas de la historia independentista y extraer de ellas la lección que olvidamos o no hemos querido cumplir. Más allá de las fanfarrias de las bandas colegiales y de los discursos protocolares, meditemos estos días en el proyecto de nación que concibió la generación pionera y comprometámonos a llevar adelante la forja de un destino incumplido.
El constante esfuerzo de muchos panameños para componer la desigualdad imperante culminó con los tratados de 1977. Entonces, y a partir del mediodía del 31 de diciembre de 1999, tuvimos la oportunidad de forjar solos el porvenir de este noble pueblo. Por eso hoy, cuando recién comienza noviembre, abrigo nuevamente un poco de esperanza.
Ojalá que el momento reafirme la voluntad de cumplir anhelos centenarios y trabajar así por un futuro mejor para todos los que aquí habitamos. Sin embargo, mal podremos construir nuestro destino si en el país vaga aún el fantasma de la envidia y el horror del egoísmo.
El temor de crecer solos debe darle paso a la avenencia razonada para solventar los muchos y profundos problemas que aquejan a Panamá hoy día. Mientras nos preocupemos -únicamente- en imitar sin comprender lo que emana de ese bazar descomunal en que se ha convertido el mundo ahora, descuidaremos el bienestar que merece nuestra propia casa por intentar servir a ciegas los intereses que persiguen otros pueblos.
Quizás este noviembre -luego que terminen los desfiles, y se calmen los tambores y cornetas- decidamos marchar, los panameños, al encuentro de esa ilusión buena que nace del trabajo honrado y con la cual soñaron, fervientemente, todos nuestros próceres y mártires de antaño.
(rbermudez@cableonda.net)

101 años de Panamá América

 
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