Al Gore y bonanza económica
El candidato demócrata a la presidencia de Estados Unidos, Al Gore, empieza a marcar por primera vez a la cabeza de las encuestas de opinión sobre preferencias políticas, superando por estrecho margen a su rival republicano George Bush, en una campaña aburrida que genera más bostezos que aplausos. Gore debe ganar, pero es una contienda estrecha y difícil de pronosticar, dado el enorme abstencionismo que se anticipa, que ninguno de los candidatos ha logrado hasta ahora disminuir. Nadie en Estados Unidos presta la menor atención en lo que dice uno u otro. Los norteamericanos están mareados por una prosperidad económica sin precedentes; y sobre ella cabalga a la punta Gore, no importa si el mérito es o no de la actual administración demócrata.
El Departamento de Comercio acaba de anunciar que la economía estadounidense creció 5.3% durante el segundo trimestre, pese a la merma del consumo provocada por el alza de los tipos de interés y demás medidas de enfriamiento decretados por la Reserva Federal a cargo de Alan Greenspan. Las crecientes inversiones hicieron posible este vigoroso impulso.
La inflación está también bajo control, registrando 2.3% en el mismo período, bastante menos que el 3.5% del trimestre previo. Hasta los beneficios de las empresas se dispararon a 5.7% superando el prometedor 2.4% que el anterior. Ante semejantes cifras, Al Gore puede estar medianamente tranquilo. Cierto que los norteamericanos aman el cambio. O quizás sea un fino instinto de conservación, en vez de un cambiar porque sí. Pero es difícil cambiar cuando todo marcha bien, aunque sea para mejorar.
Por otra parte, la cuestión moral es importante y en ese campo el presidente Clinton no ha ayudado mucho, sobre todo tras el escándalo Lewinsky. Pero aún en este tema hemos de recordar que casi el 80% de los norteamericanos repudió la posibilidad de que el mandatario fuera sacado del poder por esa causa; y eso lo salvó frente al Congreso, pese a todo lo que le hicieron. No sería entonces exagerado pensar que si el escándalo no dañó mortalmente a su protagonista principal, mucho menos lo hará con el actor secundario.
Falta poco más de dos meses para la elección y en el poco tiempo que resta es poco probable que la economía estadounidense ceda el terreno ganado. Y salvo que el presidente Clinton cometa un error grave en política exterior, el escenario está listo para cuatro años más de gobierno demócrata.
Los dotes personales de los candidatos tampoco hacen gran diferencia. Son candidatos grises y peores sus potenciales primeras damas. Ambos están lejos del encanto, brillo e inteligencia del presidente Bill Clinton y su esposa Hillary.
El Departamento de Comercio acaba de anunciar que la economía estadounidense creció 5.3% durante el segundo trimestre, pese a la merma del consumo provocada por el alza de los tipos de interés y demás medidas de enfriamiento decretados por la Reserva Federal a cargo de Alan Greenspan. Las crecientes inversiones hicieron posible este vigoroso impulso.
La inflación está también bajo control, registrando 2.3% en el mismo período, bastante menos que el 3.5% del trimestre previo. Hasta los beneficios de las empresas se dispararon a 5.7% superando el prometedor 2.4% que el anterior. Ante semejantes cifras, Al Gore puede estar medianamente tranquilo. Cierto que los norteamericanos aman el cambio. O quizás sea un fino instinto de conservación, en vez de un cambiar porque sí. Pero es difícil cambiar cuando todo marcha bien, aunque sea para mejorar.
Por otra parte, la cuestión moral es importante y en ese campo el presidente Clinton no ha ayudado mucho, sobre todo tras el escándalo Lewinsky. Pero aún en este tema hemos de recordar que casi el 80% de los norteamericanos repudió la posibilidad de que el mandatario fuera sacado del poder por esa causa; y eso lo salvó frente al Congreso, pese a todo lo que le hicieron. No sería entonces exagerado pensar que si el escándalo no dañó mortalmente a su protagonista principal, mucho menos lo hará con el actor secundario.
Falta poco más de dos meses para la elección y en el poco tiempo que resta es poco probable que la economía estadounidense ceda el terreno ganado. Y salvo que el presidente Clinton cometa un error grave en política exterior, el escenario está listo para cuatro años más de gobierno demócrata.
Los dotes personales de los candidatos tampoco hacen gran diferencia. Son candidatos grises y peores sus potenciales primeras damas. Ambos están lejos del encanto, brillo e inteligencia del presidente Bill Clinton y su esposa Hillary.