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Al país le hace falta integridad


LA PROMESA mas radical de la campaña electoral del Presidente Torrijos fue el Cero Corrupción a dos años de gobierno la percepción general es que el problema no ha menguado a pesar de medidas como la implementación de la ley de Transparencia, la creación del Consejo Anticorrupción, o la acción sostenida de la Procuraduría de la Nación entre otros, pues falta mucho terreno por recorrer al persistir la impunidad, la sistematicidad de la corrupción, la ausencia de un sistema nacional de integridad que cohesione una red preventiva y punitiva sobre este flagelo.
Esto se correlaciona con la precaria realidad de la seguridad pública, pues no se ha logrado articular una política publica sobre seguridad que articule coherentemente la prevención (que actúa sobre las causas socio económicas, culturales, generacionales), con la penalizaciones y la resocialización/rehabilitación eficientemente construida. La inseguridad avanza de la mano de una cultura de la violencia que hace su agosto tanto dentro de los hogares como en las calles, y que tiene su expresión social en la criminalidad cotidiana y en los delitos de cuello blanco que en la mayoría de los casos gozan de impunidad.
En un estudio realizado en Chile que da cuenta del daño económico realizado por la delincuencia que ha sido condenada por delitos contra la propiedad, se calculó que un solo condenado de clase media hizo el mismo daño económico que 1,959 ladrones comunes de clase baja. El cálculo no pudo hacer tomando en cuenta la clase alta pues no había nadie detenido. Esto se resumiría muy bien así: La ley es como una telaraña; está hecha para las moscas y para el tipo más pequeño de insectos, pero deja escapar a los abejorros.
El sociólogo norteamericano Edwin Sutherland, en su libro clásico El Delito de Cuello Blanco, afirma: Las excesivas consideraciones y juridicismos en torno de los delitos de cuello blanco lejos de propiciar un sistema de defensa de los derechos de los ciudadanos, como tantas veces se afirma, lo que en verdad crea es una doble balanza de la justicia: de un lado la balanza que penaliza sistemáticamente los delitos de los pobres y de otro la que se muestra complaciente y condescendiente con los delitos de los ricos.
Los delitos comunes y los delitos de cuello blanco son objeto de un tratamiento procesal distinto, y también de un diferente tratamiento policial y penitenciario. Las redes del control social se tejen en una trama densa para luchar contra los delitos comunes, pero las tramas se agigantan para dejar impunes los delitos de los delincuentes de delitos. Los delincuentes de cuello blanco suscitan miedo y admiración, entre muchos funcionarios, políticos e incluso medios, que aún más, llegan a tener homogeneidad cultural con estos "distinguidos" delincuentes, pues temen perder prebendas presentes y futuras. Así los grupos poderosos obtienen inmunidad e impunidad gracias al status social alto que los libra de la ley.
Existe un sentimiento desorganizado de la población hacia los delitos de cuello blanco. La gente no se siente víctima de un ataque directo relacionados a estos delitos, a diferencia de los casos de delincuencia común. Al público muchas veces le es difícil entender y digerir los delicados vericuetos de la acción criminal de los delincuentes de alto nivel, e incluso los medios de comunicación tienen dificultad de vender el delito de cuello blanco como noticia por lo que es más fácil llenar al público de crónicas rojas.
En casos de soborno las casas matrices multinacionales se limpian de responsabilidad con las subsidiarias, y en última instancia muchas son solo penalizadas -las pocas veces que esto ocurre- con multas. En cambio el efecto del soborno es devastador, ejemplo, el caso del ex Presidente de Costa Rica y ex Secretario General de la OEA, Miguel Ángel Rodríguez.
La globalización catapultó el mercado y la economía en especial financiera y de servicios, sumado a las nuevas tecnologías, las redes de información e informatización, lo que intensificó y aceleró los intercambios mercantiles, ahora más expuestos a las irregularidades y las actividades al margen de la legalidad. Pero hoy conocemos mejor la mecánica que facilita la impunidad de los delincuentes de cuello blanco. "Los grandes procesos de estos delincuentes presentan la apariencia de la singularidad que les otorga el prestigio social del acusado pero en realidad no pueden ser más repetitivos y rituales. En un primer momento el presunto delincuente, cuando se produce la orden de detención, se declara inocente y víctima de una maquinación. Como se creen situados en el centro del mundo confunden su caída con la caída del mundo. Unos, los más débiles, formulan en voz alta el chantaje: si me detienen tiraré de la manta. Otros, los que cuentan con más apoyos, guardan un significativo silencio. Saben que sus amigos no cesan de actuar en la sombra." (Álvarez-Uría).
La situación de impunidad ensombrece la vida nacional, e incluso es un factor clave en la desconfianza que muchos sienten frente al proyecto de ampliación canalera. El gobierno puede correr el riesgo narcisista del embeleso que le deja el espejo del rating que favorece, pero debe tener presentes que las explosiones sociales no son asunto de referendos o encuestas, sino de rabia contenida y de ausencia de alternativas.
Es necesaria crear una amplia coalición ética y una conciencia pública ciudadana para actuar efectivamente en este escabroso tema.
raulleisr@hotmail.com

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