Al pie de la letra
Mañana se festeja el Día de los Santos Inocentes. Pensé hacerles una broma. Pero luego me pareció muy inocente de mi parte. Ya casi no quedan ingenuos fuera de la planilla estatal, a excepción de quienes creen que el resto del mundo está equivocado, menos ellos. Son los dueños de la única verdad posible. Como dicen en mi pueblo, ellos son los que la hacen, la venden, la compran y se la comen.
Según la enciclopedia de Babel, soñada por Borges -hoy Wikipedia virtual- el día de los inocentes fue instituido por Herodes Agripa para conmemorar la famosa decisión de su abuelo. El abuelo Herodes, creyente al pie de la letra, decretó el más famoso genocidio infantil preventivo, evitando que se cumpliera el rumor que entre ellos se hallaba el Rey de los judíos.
Esta enciclopedia borgesiana, donde lo fantástico se viste de erudito, nos informa que Herodes Agripa era un mal político. Prometía cosas que luego no cumplía. Tumbaba gobiernos, atacaba vecinos y mataba futuros adversarios en forma preventiva como su abuelo. Hacía pingües negociados con los fabricantes de armas y otras hierbas. Contrataba traductores de arameo para interrogar prisioneros con la técnica del water-boarding. Eximía de impuestos a los señores ricos pero a los pobres les cobraba tasas usurarias, de tarjeta de crédito, que terminaban pagando con trabajos forzados o con servicios especiales. Este gran muchacho, desenfadado, alegre y ocurrente – si es que creemos a pie juntillas lo que nos dice la biblioteca de Babel- decidió celebrar su onomástico -el 28 de diciembre- junto a la explanada costera.
Los miles de invitados recibieron con júbilo, entre los fastos de los fuegos de artificio, la carne en palito, las carimañolas preñadas y los bollos con viagra, a las participantes del desfile. Niñas en uniforme militar con minifaldas vaporosas, que a paso de ganso exponían con marcialidad los deliciosos frutos del árbol del bien y del mal. Dejo librado al lector ese juicio de valor. Los decoradores de palacio diseñaron muñecacos gigantes que adornaban el concurrido paseo con unas vistosas ratonas empolleradas -para mayor gloria del traje típico más hermoso del mundo- que a tal efecto confeccionaron especialmente para lucir sus negras colas relucientes. La variedad de animales, mezclados con figuras extraterrestres, parecían personajes exprimidos de la mente febril de un Esopo posmoderno. A la mitad del jolgorio Herodes Agripa les comunicó a los presentes que al terminar la fiesta –contrario al protocolo oficial- cada uno debería buscar su invitación y entregarla a los guardias. Sólo se salvarían de ser pasados por las armas aquellos que tuvieran escrita la palabra inocente. La corredera a los baños públicos fue espantosa, pero tuvo un final feliz. Todas las invitaciones tenían escrita la palabra salvadora.
Moraleja: la credulidad ingenua, tanto en política como en la vida, es muy peligrosa. Hay embaucadores cuyas palabras dicen lo contrario de lo que revelan los hechos. Son los tránsfugas de la realidad, que hacen ver como bueno lo que siempre ha sido malo.