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Al recibir el Premio "Arístides Calvani"...


Viajé a México para asistir el 20 y 21 de este mes a la Reunión de Líderes convocada por la Internacional de Partidos Demócratas Cristianos y Populares y para presentar una ponencia sobre la globalización y el humanismo en un seminario organizado por el Partido Acción Nacional (PAN) de México, actualmente en el gobierno.
A la Reunión asistieron Vicente Fox, presidente de México, como anfitrión; Gloria Macapagal, presidenta de Filipinas; José María Aznar, presidente del Gobierno de España; Viktor Orban, primer ministro de Hungría, cuyo partido acaba de ingresar a la IDC, y numerosos dirigentes políticos de América Latina, Europa, Africa y Asia. Al escoger como nuevo Presidente de la IDC a Azar y añadir al Comité Ejecutivo a figuras como Orban y como el ex presidente de Chile, Eduardo Frei Ruíz-Tagle, la Internacional (que ahora se conocerá bajo denominación de "Internacional Demócrata Cristiana o Internacional Demócrata de Centro"), se vio grandemente reforzada.
En el acto público de la Reunión se me entregó el Premio "Arístides Calvani", el más alto galardón que concede la IDC, y pronuncié una versión abreviada de lo que había escrito para dicha oportunidad. Comparto lo que escribí:
"Excelencias Presidente Fox, Presidenta Macapagal, Presidente de Gobierno Aznar, Primer Ministro Orban, amigas y amigos todos: Acompañé al entonces presidente de la IDC Eduardo Fernández de Venezuela, a entregar en Bonn el Premio "Arístides Calvani" al canciller Helmut Kohl en 1990, a raíz de su gran obra de reunificación de Alemania en una Europa unida en libertad, justicia y paz. Luego entre 1997 y 1998 personalmente como presidente de la IDC entregué el Premio al Presidente Patricio Aylwin, factor y personificación de un Chile reconciliándose en la democracia y la paz, al Presidente Fidel Ramos Valdez, quien primero puso su liderazgo militar al servicio de la democratización de Filipinas y luego como Presidente civil impulsó en Asia un modelo de desarrollo con libertad y pacificación, y al Presidente Emile Constantinescu, quien ofreció a Rumania un liderazgo a la vez civilizador y democratizador después del trauma de Ceaucescu y sus secuelas. Hoy, si razones de Estado no le hubieran impedido a último momento asistir a la Reunión, se le habría entregado el quinto Premio Calvani al Presidente Andrés Pastrana, quien en su juventud experimentó la suerte del secuestrado por la guerrilla y ha tenido el coraje de ser el gobernante de Colombia que más se ha comprometido a lograr la paz por la negociación, a pesar de los obstáculos que representan la obstinación en la violencia de las guerrillas, la delincuencia transnacional del narcotráfico de Colombia y la sevicia desesperada de los paramilitares.
Tan ilustres personalidades han contribuido a transformar a sus países de manera que ha impactado al mundo. Al hacerlo, se han esforzado por cumplir, como estadistas, con el ideario político del humanismo cristiano o del humanismo integral. Este ideario lo planteó de la manera la más coherente desde mediados del siglo XX el filósofo Jacques Maritain, cuando vislumbró proféticamente que un mundo dividido entre un capitalismo todavía en muchos aspectos salvaje y un socialismo opresor no podía perdurar y necesitaba un nuevo ideal histórico animado por un nuevo humanismo, personalista y comunitario, abierto a la transcendencia y comprometido con la fraternidad.
En mi vida política he profesado con convicción dicho ideario. Por ello, recibir el Premio Calvani como los estadistas mencionados; es para mí un honor que me regocija íntimamente. Pero al mismo tiempo siento la desproporción entre mis ejecutorias y sus realizaciones históricas. Agradezco de todo corazón, por lo tanto, la benevolencia del Comité Ejecutivo de la IDC, pues sólo ella explica su decisión de otorgarme este premio, creado en memoria de quien fue el democratizador por excelencia de buena parte de América Latina y además, algo incomprensible para muchos que denigran la política, un político santo, mi maestro Arístides Calvani.
Vienen a mi memoria algunos hitos de mi vida política. La comencé en 1964 como uno de los Secretarios del Comité de Rescate de la Soberanía de Panamá, a raíz del conflicto en ese año entre mi país y los Estados Unidos, que inició el proceso de negociación conducente años más tarde a la plena panameñización del Canal en virtud de los Tratados Torrijos-Carter. Siempre he mantenido viva la preocupación por el Canal, el rescate de nuestra soberanía sobre el mismo y ahora el ejercicio responsable de la misma en su administración. Y recientemente coordiné el trabajo de un grupo pluripartidista que presentó un aporte para un consenso nacional sobre la posible futura ampliación del Canal. Así he conducido mi vida política con agudo sentido de mi identidad nacional como panameño.
Contribuí con todas mis fuerzas a lucha por la democratización de mi país contra la dictadura militar que ensombreció nuestra historia durante veintiún años. Mi partido ayudó a elaborar la estrategia que terminó por generar uno de los movimientos de más amplia participación popular en nuestra historia y provocó que el apoyo norteamericano al régimen militar se revocara. Debo decir a este propósito que a mi juicio, sin la contribución de los demócratas cristianos no gozaríamos de democracia en toda América Latina (lamentablemente aún falta en Cuba y de nuevo en Haití). Ciertamente no gozaríamos de ella en todo el istmo centroamericano. Por la democratización los demócratas cristianos sufrimos persecución, cárcel, exilio y la muerte de compañeros. Finalmente, a fuerza de denuncias, manifestaciones, organización partidaria, confianza en la vía electoral, solidaridad internacional y sobre todo pasión por la libertad y la justicia social, triunfamos sobre los que imponían una dictadura militar y sobre quienes querían sustituirla por una dictadura ideológica. ¡Pocas veces nuestro movimiento ha escrito una página tan ejemplar como ésta en la historia de nuestros pueblos!
La hora de mayor angustia en mi vida política fue la noche del 19 al 20 de diciembre de 1989, cuando el Encargado de Negocios de los Estados Unidos de América nos comunicó a los tres integrantes de la nómina presidencial que le había ganado las elecciones al candidato del General Noriega, la decisión del entonces Presidente Bush de intervenir militarmente en Panamá debido a las provocaciones criminales del dictador. En ese momento dramático, tuvimos claro que sólo sobre la base del reconocimiento de la soberanía popular podríamos salvaguardar y reafirmar la soberanía nacional. Nos mantuvimos fieles a ese principio y la historia nos ha dado la razón. Doce años más tarde, Panamá ha perfeccionado su soberanía, asumiendo total control sobre su Canal, y vive en plena democracia.
Cuento como la mayor responsabilidad que he asumido en mi vida política, después de la que acabo de relatar, el haber realizado la total desmilitarización de la seguridad pública de Panamá, a pesar de las críticas de los impacientes y de la resistencia de los nostálgicos. He tenido la satisfacción de que dicha política se convirtiera en política de Estado y suscitara un consenso nacional. Hoy Panamá tiene la dicha y el orgullo de ser constitucionalmente, junto con Costa Rica, una democracia sin ejército.
Mi partido, que recientemente adoptó el nombre de Partido Popular después de cuarenta años de llevar en alto el nombre de Partido Demócrata Cristiano, firmó hace un año, bajo el liderazgo de su presidente Rubén Arosemena Valdés, un acuerdo legislativo con nuestros adversarios históricos acérrimos. En esa oportunidad, un periodista me preguntó a rajatablas cómo explicaba mi presencia en el acto de firma. Contesté con palabras que me salieron espontáneamente del alma: "No he perdido la memoria, la guardo intacta. Pero el futuro de mi Patria ha de ser libre, no prisionero de la memoria."
Estas palabras expresan una constante de mi vida política: no se ha caracterizado por seguir caminos trillados, sino por intentar abrir brechas hacia el futuro. Comencé integrándome en un partido ideológico socialcristiano, en el que todas las posiciones que ocupé las obtuve por cuenta propia. Y ahora apoyo una línea política de construir un futuro libre de subordinación al pasado, con quienes tengan una mentalidad moderna y estén dispuestos a enseriar y adecentar la vida política democrática.
En esta última etapa de mi vida no me torno hacia el pasado, que sin embargo no olvido. Sigo mirando hacia el futuro, pero con un sentido más hondo de lo que mi maestro Arístides Calvani llamaba "la paciencia histórica". Confío que la política es obra histórica de humanización, obra de convertir la violencia, la necesidad y la desigualdad de la natura en la cultura de la palabra, la libertad y la justicia y como resultado en la cultura de la paz y el desarrollo. Y creo que la historia está en última instancia en manos de Dios. l nos espera al término de nuestra jornada, para consumar lo que los hombres hayamos hecho bien que mal con y en el mundo.
He tenido el privilegio de conocer personalmente a los nueve presidentes latinoamericanos que se inspiraron políticamente en el humanismo cristiano o en el humanismo integral. Y también a los dos que se integraron a nuestro movimiento como seres humanos tuvieron aciertos y, sin duda, cometieron errores. En su conjunto han dejado una marca honrosa y esperanzadora en la historia de nuestros pueblos y de nuestro subcontinente. Cuando nos veo aquí reunidos, abriéndonos cada vez más a un mundo que cambia vertiginosamente, con líderes como José María Aznar, el nuevo presidente de nuestra Internacional, Vicente Fox, Gloria Macapagal y Viktor Orban, junto con Andrés Pastrana y Miguel Angel Rodríguez, que no nos ha podido acompañar en esta oportunidad, siento renovada esperanza en nuestro futuro como movimiento demócrata cristiano, centrista, humanista y reformista. Aplico a nuestro movimiento las palabras que formulé en mi país en otro contexto: "No perdamos la memoria, que hemos de guardar intacta. Pero el futuro del humanismo integral en política ha de ser libre, no prisionero de la memoria".
Muchas gracias, especialmente, a mi esposa Teresita, quien ahora hace política como Legisladora de la República con gran impacto, en defensa de las mujeres; a mis hijos y a mis copartidarios, ellos me han acompañado en mi vida política y algunos me acompañan en esta oportunidad tan significativa para mí. Sin ellos no habría podido realizar nada.
Siento un vacío que no puedo callar, la ausencia de mi gran amigo mexicano Carlos Castillo Peraza, cuya muerte me ha dolido profundamente. Me consuela, sin embargo, saber que su pensamiento y su ejemplo nos seguirán guíando. ¡Dios nos bendiga a todos! (ariyan@sinfo.net)

101 años de Panamá América

 
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