Alabanza del cuerpo médico nacional
Los que hemos vivido alejados del cuerpo médico nacional, por la escasez y levedad de enfermedades sufridas, incluso dentro de nuestra familia, no hemos podido tener siquiera una idea aproximada del nivel de eficiencia y de la capacidad científica de los médicos panameños, como grupo profesional. La nación ha incrementado enormemente sus habitantes, en la segunda mitad de este siglo, y ello ha producido una gran demanda de profesionales.
Circunscribiéndonos al campo de la medicina, pasaron ya los tiempos del médico graduado en el extranjero, porque carecíamos de los planteles de enseñanza correspondientes. Si nuestra memoria es fiel, actuábamos en el profesorado jurídico de la Universidad de Panamá, en los años cincuenta, cuando ese gran panameño que fue Octavio Méndez Pereira, impulsor máximo de la educación nacional, luchaba denodadamente por la creación de la Escuela de Medicina. Hubo oposiciones realmente poderosas, pero al fin, la Escuela de PreMédica se convirtió en Facultad de Medicina, con sensibles limitaciones, como comienzan las instituciones que después resultan ser realizaciones magnas.
Con los años, la Universidad de Panamá vino aumentando sus aulas y su profesorado, para la formación de médicos indispensables al país. Desde luego que, con el concurso adicional de médicos que se graduaban en el extranjero y de profesionales que se especializaban fuera, por las estrecheces a que me he referido. Mirando con la perspectiva del tiempo, el saldo ha sido positivo, en el aspecto de la lenta integración de un cuerpo médico nacional, si bien la falta de visión de muchos gobernantes ha impedido un progreso mayor.
La población panameña sólo recibe, de tiempo en tiempo, negativas e injustas exhortaciones, para que se ubique en contra del cuerpo médico y ello ha ocurrido cuando, por necesidad, las asociaciones médicas se han declarado en huelga, como arma para reducir la incuria y la desatención de los gobiernos nacionales.
Ahora que nosotros padecimos un grave accidente automovilístico, vimos actuar a muy dignos y sabios miembros del cuerpo médico. Así que, por experiencia propia, aislada en nosotros, pero muy común en un porcentaje enorme de nuestra gente, hemos estimado necesario y honroso dejar constancia de las excelencias, del conjunto de los médicos nacionales y de lo que pueden hacer en asocio de enfermeras, de laboratoristas y de los hospitales y clínicas que reciben diariamente a tantos pacientes.
Nosotros estuvimos días y noches en la Clínica Nacional, sin queja alguna para con su sección administrativa. Un grupo de médicos, de diversas especialidades, aunó esfuerzos para nuestra curación y recuperación prontas.
Recordamos a los doctores Guillermo Bailey, Cándido Amador, Luis Pretto, Camilo Rodríguez, Armando Garrido, Alberto Sáenz, Daniel Infante y Alida Jaén de Tinker, siendo justo incluir a los doctores Iván Villarreal y Elide Ricord de Villarreal. No escatimaron turno, ni hora, ni esfuerzo individual y conjunto. Evitaron todo lo que fue posible evitar, e hicieron todo lo que fue posible hacer. En sus manos estaba la ciencia, en sus corazones el empeño de salvar una vida más y en sus cerebros la certidumbre que hizo famoso a Hipócrates. En ellos saludamos y elogiamos al cuerpo médico nacional, porque si por azar les correspondió atendernos, otros también se hubieran conducido en la misma forma esencial. Sospechábamos que nuestro cuerpo médico merecía elogios. Hoy nos consta en carne resucitada, que es pálida esta siempreviva de alabanzas, que dejamos prendida en cada consultorio médico de Panamá.
Circunscribiéndonos al campo de la medicina, pasaron ya los tiempos del médico graduado en el extranjero, porque carecíamos de los planteles de enseñanza correspondientes. Si nuestra memoria es fiel, actuábamos en el profesorado jurídico de la Universidad de Panamá, en los años cincuenta, cuando ese gran panameño que fue Octavio Méndez Pereira, impulsor máximo de la educación nacional, luchaba denodadamente por la creación de la Escuela de Medicina. Hubo oposiciones realmente poderosas, pero al fin, la Escuela de PreMédica se convirtió en Facultad de Medicina, con sensibles limitaciones, como comienzan las instituciones que después resultan ser realizaciones magnas.
Con los años, la Universidad de Panamá vino aumentando sus aulas y su profesorado, para la formación de médicos indispensables al país. Desde luego que, con el concurso adicional de médicos que se graduaban en el extranjero y de profesionales que se especializaban fuera, por las estrecheces a que me he referido. Mirando con la perspectiva del tiempo, el saldo ha sido positivo, en el aspecto de la lenta integración de un cuerpo médico nacional, si bien la falta de visión de muchos gobernantes ha impedido un progreso mayor.
La población panameña sólo recibe, de tiempo en tiempo, negativas e injustas exhortaciones, para que se ubique en contra del cuerpo médico y ello ha ocurrido cuando, por necesidad, las asociaciones médicas se han declarado en huelga, como arma para reducir la incuria y la desatención de los gobiernos nacionales.
Ahora que nosotros padecimos un grave accidente automovilístico, vimos actuar a muy dignos y sabios miembros del cuerpo médico. Así que, por experiencia propia, aislada en nosotros, pero muy común en un porcentaje enorme de nuestra gente, hemos estimado necesario y honroso dejar constancia de las excelencias, del conjunto de los médicos nacionales y de lo que pueden hacer en asocio de enfermeras, de laboratoristas y de los hospitales y clínicas que reciben diariamente a tantos pacientes.
Nosotros estuvimos días y noches en la Clínica Nacional, sin queja alguna para con su sección administrativa. Un grupo de médicos, de diversas especialidades, aunó esfuerzos para nuestra curación y recuperación prontas.
Recordamos a los doctores Guillermo Bailey, Cándido Amador, Luis Pretto, Camilo Rodríguez, Armando Garrido, Alberto Sáenz, Daniel Infante y Alida Jaén de Tinker, siendo justo incluir a los doctores Iván Villarreal y Elide Ricord de Villarreal. No escatimaron turno, ni hora, ni esfuerzo individual y conjunto. Evitaron todo lo que fue posible evitar, e hicieron todo lo que fue posible hacer. En sus manos estaba la ciencia, en sus corazones el empeño de salvar una vida más y en sus cerebros la certidumbre que hizo famoso a Hipócrates. En ellos saludamos y elogiamos al cuerpo médico nacional, porque si por azar les correspondió atendernos, otros también se hubieran conducido en la misma forma esencial. Sospechábamos que nuestro cuerpo médico merecía elogios. Hoy nos consta en carne resucitada, que es pálida esta siempreviva de alabanzas, que dejamos prendida en cada consultorio médico de Panamá.