Algunos conceptos sobre la corrupción
"Corrupción" se ha convertido en la palabra más citada de los últimos años, tanto en la prensa escrita como en las numerosas intervenciones orales de que hacen gala aquellos que tratan sobre este tema a fin de aportar ideas de cómo eliminar, o por lo menos disminuir o contener, esta abominable lacra que tanto daño hace a la sociedad.
Independientemente del país de que se trate, pero con mayor énfasis en los que no poseen una cultura cívica avanzada que le sirva de freno natural a su exacerbado crecimiento, como lamentablemente ocurre en el caso del nuestro, en el que inclusive ha contaminado, en alguna forma u otra, la vida nacional en sus diversas manifestaciones.
Lo que más mortifica a los que se han dedicado con ahínco toda su vida a combatir este mal, a través de sus actuaciones y con el correspondiente ejemplo, es que buena parte de los que predican contra el mismo no lo hacen por convicción real, sino porque así lo exige su imagen pública, razón por la cual el efecto de sus discursos resulta nulo, por decir lo menos, cuando se compara lo que dicen con sus ejecutorias diametralmente opuestas.
Para el autor de este escrito, uno de los factores que impiden en buena medida la erradicación de esta conducta legal y moralmente delictiva, es que la sociedad premia y distingue, a pesar de todo, a los que de acuerdo con el patrón con que se mide, han logrado reconocimiento público por haber acumulado riqueza material, no importa el método como ella se ha obtenido. De allí que se trate con mayor deferencia y respeto general a los que la poseen en un momento dado.
Esa condición es la que lleva a muchos a sacar provecho de la corrupción, convencidos de que aunque se actuara contra ellos, como ya ha ocurrido varias veces en el pasado, el efecto final, comprobado a la saciedad, es sólo eliminar apenas a medias las ventajas ilícitas obtenidas, pues por vía de distribuir el beneficio económico a medida que éste se va logrando, las acciones legales que se emprendan a posteriori resultan inocuas, o por lo menos de limitado alcance, para anular lo que ya se ha hecho. Y el resultado de lo expuesto es convertir si no a los propios corruptos a sus descendientes directos, en los ricos del mañana. Adicionalmente favorece esta situación, contraria a los principios éticos y morales que debieran normar todas las actuaciones de los que desean gozar de un bien merecido reconocimiento de sus pares, el hecho aceptado y ya convertido en una realidad de a puño en el país en que vivimos, de que " El panameño goza de mala memoria ", por lo que a muy corto plazo todo caerá en el olvido.
Es por ello que de acuerdo con la pleitesía que se le dispensa al dinero, posición social y ascendencia dentro de la clase política, en Panamá raras veces se diferencian a los corruptos de los verdaderos ciudadanos honestos que han transitado por la vida sin que en ningún momento hayan dado pie, con su conducta, a otro conocido refrán popular de que " todos tienen su precio ".
No hay duda en mi ánimo de que la corrupción es un mal muy difícil de eliminar, por la dificultad de señalar con pruebas irrefutables como la ley lo exige a aquel que la practica, pero más aún porque prevalece entre muchos la idea de que son sólo víctimas pasivas de la misma, ya que la aceptan simplemente como mecanismo de defensa, a fin de evitar que sean afectados sus intereses de no hacerlo así. Se olvidan los que se comportan de esta manera, que es tanto culpable el que comete un delito como el que conociéndolo no lo denuncia y lo combate.
Si la sociedad no cambia drásticamente su actitud permisiva frente a los actos de corrupción que no son sometidos a acciones legales, por razón del conocido principio constitucional que exige que se aporten con la denuncia las pruebas necesarias, y no empieza a dejar de actuar con los involucrados como si nada hubiera sucedido, los corruptos irán aumentando cada día, convencidos de que ni siquiera el juicio moral de la sociedad los podrá afectar.
Acepto desde ya que en gran medida el contenido de este artículo no pasa de ser una mera aspiración mía, que estoy convencido que es también la de muchos más. Ojalá su lectura contribuya en alguna forma a dar inicio, o a respaldar si ya ha empezado, un movimiento entre la juventud, a fin de que ésta asuma el papel que le corresponde en la lucha contra la corrupción.
Independientemente del país de que se trate, pero con mayor énfasis en los que no poseen una cultura cívica avanzada que le sirva de freno natural a su exacerbado crecimiento, como lamentablemente ocurre en el caso del nuestro, en el que inclusive ha contaminado, en alguna forma u otra, la vida nacional en sus diversas manifestaciones.
Lo que más mortifica a los que se han dedicado con ahínco toda su vida a combatir este mal, a través de sus actuaciones y con el correspondiente ejemplo, es que buena parte de los que predican contra el mismo no lo hacen por convicción real, sino porque así lo exige su imagen pública, razón por la cual el efecto de sus discursos resulta nulo, por decir lo menos, cuando se compara lo que dicen con sus ejecutorias diametralmente opuestas.
Para el autor de este escrito, uno de los factores que impiden en buena medida la erradicación de esta conducta legal y moralmente delictiva, es que la sociedad premia y distingue, a pesar de todo, a los que de acuerdo con el patrón con que se mide, han logrado reconocimiento público por haber acumulado riqueza material, no importa el método como ella se ha obtenido. De allí que se trate con mayor deferencia y respeto general a los que la poseen en un momento dado.
Esa condición es la que lleva a muchos a sacar provecho de la corrupción, convencidos de que aunque se actuara contra ellos, como ya ha ocurrido varias veces en el pasado, el efecto final, comprobado a la saciedad, es sólo eliminar apenas a medias las ventajas ilícitas obtenidas, pues por vía de distribuir el beneficio económico a medida que éste se va logrando, las acciones legales que se emprendan a posteriori resultan inocuas, o por lo menos de limitado alcance, para anular lo que ya se ha hecho. Y el resultado de lo expuesto es convertir si no a los propios corruptos a sus descendientes directos, en los ricos del mañana. Adicionalmente favorece esta situación, contraria a los principios éticos y morales que debieran normar todas las actuaciones de los que desean gozar de un bien merecido reconocimiento de sus pares, el hecho aceptado y ya convertido en una realidad de a puño en el país en que vivimos, de que " El panameño goza de mala memoria ", por lo que a muy corto plazo todo caerá en el olvido.
Es por ello que de acuerdo con la pleitesía que se le dispensa al dinero, posición social y ascendencia dentro de la clase política, en Panamá raras veces se diferencian a los corruptos de los verdaderos ciudadanos honestos que han transitado por la vida sin que en ningún momento hayan dado pie, con su conducta, a otro conocido refrán popular de que " todos tienen su precio ".
No hay duda en mi ánimo de que la corrupción es un mal muy difícil de eliminar, por la dificultad de señalar con pruebas irrefutables como la ley lo exige a aquel que la practica, pero más aún porque prevalece entre muchos la idea de que son sólo víctimas pasivas de la misma, ya que la aceptan simplemente como mecanismo de defensa, a fin de evitar que sean afectados sus intereses de no hacerlo así. Se olvidan los que se comportan de esta manera, que es tanto culpable el que comete un delito como el que conociéndolo no lo denuncia y lo combate.
Si la sociedad no cambia drásticamente su actitud permisiva frente a los actos de corrupción que no son sometidos a acciones legales, por razón del conocido principio constitucional que exige que se aporten con la denuncia las pruebas necesarias, y no empieza a dejar de actuar con los involucrados como si nada hubiera sucedido, los corruptos irán aumentando cada día, convencidos de que ni siquiera el juicio moral de la sociedad los podrá afectar.
Acepto desde ya que en gran medida el contenido de este artículo no pasa de ser una mera aspiración mía, que estoy convencido que es también la de muchos más. Ojalá su lectura contribuya en alguna forma a dar inicio, o a respaldar si ya ha empezado, un movimiento entre la juventud, a fin de que ésta asuma el papel que le corresponde en la lucha contra la corrupción.