Alimentación escolar
En Potosí, Bolivia, un área indígena de pobreza extrema, con ayuda del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), se viene llevando un interesante programa de alimentación escolar dirigido a evitar la deserción y reforzar la educación a nivel de la edad escolar y preescolar.
El resultado obtenido hasta ahora es estupendo. El ausentismo en las aulas prácticamente ha desaparecido y la matrícula se ha elevado inmensamente. Los directores del programa estiman que el programa de alimentos ha sido clave en el éxito conseguido.
Diariamente, se provee a los estudiantes indígenas dos raciones suficientes para proveer el 80% de la alimentación básica. Los padres de los niños contribuyen suministrando parte de los ingredientes que se preparan cada día y turnándose en las labores de cocina e inventario de alimentos.
Al poco tiempo, los niños van ganando peso y aspecto saludable, lo cual va complementándose con una periódica asistencia de salud. La lógica tras esta estrategia es elemental; no se puede estudiar con el estómago vacío y ningún desnutrido crónico está en condiciones de sacar máximo provecho al proceso.
Potosí no está en mejor condición que las zonas Ngöbe Buglés del oriente de Chiriquí y el norte de Veraguas. Y hay otras áreas del país que padecen pobreza extrema, cuyos niños tienen demasiado en contra como para tener igualdad de oportunidades para salir del marasmo.
Tenemos una ventaja y es que no estamos obligados a partir de cero. Ya contamos con un Programa de Alimentación Escolar que administra el Ministerio de Educación. Solo tenemos que fortalecerlo con más calidad y cantidad de alimentos, mejorando su administración. Seguramente podemos, como en Potosí, aumentar la matrícula, evitar la deserción e incrementar la capacidad de aprendizaje de los niños reforzando ese programa.
Otro detalle, según la experiencia de Potosí, es que los niños permanecen más tiempo en la escuela, aunque sea para esperar el almuerzo o la cena. De ese modo, es posible doblar las horas de clases y con ello la calidad de la enseñanza y el contacto con los libros, laboratorios y bibliotecas. Cuando retornen a casa, irán ya estudiados y alimentados, prestos para el descanso y la ayuda en labores domésticas ligeras.
Estamos convencidos que el fortalecimiento de la educación escolar y preescolar es la única salida para hacer un país mejor. Para las etapas subsiguientes habrá tiempo después y si no, los propios niños egresados saldrán más preparados para hacerse y ganar su propio tiempo y espacio.
El resultado obtenido hasta ahora es estupendo. El ausentismo en las aulas prácticamente ha desaparecido y la matrícula se ha elevado inmensamente. Los directores del programa estiman que el programa de alimentos ha sido clave en el éxito conseguido.
Diariamente, se provee a los estudiantes indígenas dos raciones suficientes para proveer el 80% de la alimentación básica. Los padres de los niños contribuyen suministrando parte de los ingredientes que se preparan cada día y turnándose en las labores de cocina e inventario de alimentos.
Al poco tiempo, los niños van ganando peso y aspecto saludable, lo cual va complementándose con una periódica asistencia de salud. La lógica tras esta estrategia es elemental; no se puede estudiar con el estómago vacío y ningún desnutrido crónico está en condiciones de sacar máximo provecho al proceso.
Potosí no está en mejor condición que las zonas Ngöbe Buglés del oriente de Chiriquí y el norte de Veraguas. Y hay otras áreas del país que padecen pobreza extrema, cuyos niños tienen demasiado en contra como para tener igualdad de oportunidades para salir del marasmo.
Tenemos una ventaja y es que no estamos obligados a partir de cero. Ya contamos con un Programa de Alimentación Escolar que administra el Ministerio de Educación. Solo tenemos que fortalecerlo con más calidad y cantidad de alimentos, mejorando su administración. Seguramente podemos, como en Potosí, aumentar la matrícula, evitar la deserción e incrementar la capacidad de aprendizaje de los niños reforzando ese programa.
Otro detalle, según la experiencia de Potosí, es que los niños permanecen más tiempo en la escuela, aunque sea para esperar el almuerzo o la cena. De ese modo, es posible doblar las horas de clases y con ello la calidad de la enseñanza y el contacto con los libros, laboratorios y bibliotecas. Cuando retornen a casa, irán ya estudiados y alimentados, prestos para el descanso y la ayuda en labores domésticas ligeras.
Estamos convencidos que el fortalecimiento de la educación escolar y preescolar es la única salida para hacer un país mejor. Para las etapas subsiguientes habrá tiempo después y si no, los propios niños egresados saldrán más preparados para hacerse y ganar su propio tiempo y espacio.