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Alimentos transgénicos


Dos tercios de los alimentos que se venden en los supermercados de Estados Unidos contienen algún tipo de modificación genética, lo que incluye productos tan populares como los tomates, patatas, maíz, frijoles y soya, a los que se agregan salsas, aceites y otros derivados.
A esta conclusión llegó un reciente fórum celebrado en Washington bajo los auspicios de una organización no gubernamental denominada Madres en Defensa de la Naturaleza, empeñada en advertir de los peligros y riesgos que el consumo de estos productos puede tener en los seres humanos.
Un informe publicado en Gran Bretaña el año pasado reveló que las patatas genéticamente modificadas pueden dañar el sistema inmunológico, según pruebas adelantadas en ratones. Y si bien se trata de un resultado preliminar muy cuestionado en su metodología, no se pone en tela de duda el derecho que asiste a los consumidores de estar informados del origen y características de los alimentos que come.
La cuestión se complica porque, a diferencia de lo que ocurre en Europa, en Estados Unidos no se exige a los productores, revendedores y fabricantes, a etiquetar los alimentos con información de la existencia de manipulación genética. Esta situación es causa de un diferendo entre la Unión Europea y Estados Unidos, ante la renuencia europea en comprar productos alimenticios estadounidenses que no vengan debidamente etiquetados con esa información. El problema ha llegado a tal extremo que ambos lados se han colocado en el umbral de una guerra comercial que incluye un virtual embargo en la compra de listas de productos de lado y lado.
Mientras lo anterior ocurre, las naciones en desarrollo, alimentariamente dependientes de granos y productos importados, no estamos conscientes del alcance y contenido de la polémica, como si ella nos fuera ajena; y no tomamos en cuenta que somos grandes consumidores de los alimentos importados, manipulados genéticamente, también conocidos como "comidas Frankenstein".
A dichos productos ha de agregarse las carnes de aves, bovinos y cerdos, incluyendo jamones y embutidos, los cuales pueden estar contaminados con hormonas. Esta circunstancia ha sido también denunciada por los europeos. Lo que en concreto defendemos es el derecho de los consumidores a saber y estar informados plenamente de los alimentos que come, de modo que podamos optar libremente entre lo natural y lo artificial, entre la libertad y la imposición, entre la verdad y la mentira.



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