Alimentos y manipulación genética
La famosa cadena de heladería y productos lácteos norteamericana Ben & Jerry, exhibe orgullosa en todos sus establecimientos el lema: "Ofrecemos solo productos naturales"; y a continuación agrega: "Nos oponemos al ganado con hormonas y a los productos manipulados genéticamente". El éxito de la cadena es rotundo y obedece en parte al furor que causa la moda naturalista del consumidor de alimentos norteamericano.
Igual está ocurriendo en Europa y, de hecho, la gran demanda de alimentos naturales, ha incrementado la demanda y la producción de alimentos de origen animal y vegetal cuya autenticidad es certificada por empresas especializadas. En Costa Rica, por ejemplo, tiene su sede una de esas empresas, especializada en certificar café y otros productos en estado natural.
Son evidentemente alimentos más caros; pues lo natural riñe con la masificación y, si se quiere, con la calidad. De ese modo, de una hectárea de arroz "natural" no podría salir más de 50 ó 70 quintales, contra más de 110 quintales del que se produce con ayuda de abonos artificiales y fumigación, entre otros.
El control natural de plagas y el empleo de fertilizantes orgánicos es más caro; pero tiene su compensación en un fruto altamente apreciado y mejor pagado. Lo mismo ocurre con los alimentos de origen animal.
Que sepamos, nadie puede competir con la tecnología norteamericana en la producción de alimentos; lo cual les da una tremenda ventaja de precios, controlando de ese modo el mercado mundial.
Lo malo, sin embargo, está en que en el afán de mejorar la productividad, se ha acudido a técnicas de manipulación genética, al abuso de fertilizantes inorgánicos y los plaguicidas tóxicos, que han terminado alterando y contaminando el medio ambiente y, cuando no, espantando a los consumidores cada vez más renuentes y desconfiados de sus efectos en el organismo humano.
De allí que hoy, tras la controversia comercial entre Estados Unidos y Europa, se esconda la exigencia europea por carne de res y aves norteamericanas ausentes de hormonas, y de granos no manipulados genéticamente. Portugal, España y Nueva Zelanda en particular, están exigiendo a los productores estadounidenses una etiqueta que indique la ausencia de hormonas y de genetecnia. Pero Estados Unidos se resiste.
En cuanto a nosotros, no aspiramos a nada menos que a lo mismo que exigen los europeos; esto es, a saber el origen de lo que comemos, empezando por el país de su producción. Y de ese modo, sabiéndolo, podemos escoger si comprarlos o escoger otros.
Igual está ocurriendo en Europa y, de hecho, la gran demanda de alimentos naturales, ha incrementado la demanda y la producción de alimentos de origen animal y vegetal cuya autenticidad es certificada por empresas especializadas. En Costa Rica, por ejemplo, tiene su sede una de esas empresas, especializada en certificar café y otros productos en estado natural.
Son evidentemente alimentos más caros; pues lo natural riñe con la masificación y, si se quiere, con la calidad. De ese modo, de una hectárea de arroz "natural" no podría salir más de 50 ó 70 quintales, contra más de 110 quintales del que se produce con ayuda de abonos artificiales y fumigación, entre otros.
El control natural de plagas y el empleo de fertilizantes orgánicos es más caro; pero tiene su compensación en un fruto altamente apreciado y mejor pagado. Lo mismo ocurre con los alimentos de origen animal.
Que sepamos, nadie puede competir con la tecnología norteamericana en la producción de alimentos; lo cual les da una tremenda ventaja de precios, controlando de ese modo el mercado mundial.
Lo malo, sin embargo, está en que en el afán de mejorar la productividad, se ha acudido a técnicas de manipulación genética, al abuso de fertilizantes inorgánicos y los plaguicidas tóxicos, que han terminado alterando y contaminando el medio ambiente y, cuando no, espantando a los consumidores cada vez más renuentes y desconfiados de sus efectos en el organismo humano.
De allí que hoy, tras la controversia comercial entre Estados Unidos y Europa, se esconda la exigencia europea por carne de res y aves norteamericanas ausentes de hormonas, y de granos no manipulados genéticamente. Portugal, España y Nueva Zelanda en particular, están exigiendo a los productores estadounidenses una etiqueta que indique la ausencia de hormonas y de genetecnia. Pero Estados Unidos se resiste.
En cuanto a nosotros, no aspiramos a nada menos que a lo mismo que exigen los europeos; esto es, a saber el origen de lo que comemos, empezando por el país de su producción. Y de ese modo, sabiéndolo, podemos escoger si comprarlos o escoger otros.