default

Alto a la educación


Una vez más los líderes de las organizaciones gremiales de los educadores, deciden suspender las clases en señal de protesta y con ello nuevamente perjudican a estudiantes y padres de familia, interrumpiendo el proceso de enseñanza aprendizaje que están obligados a realizar de manera ordenada y constante. Cualquier profesional de la educación sabe que esta situación provoca un daño irreparable porque, aunque las clases perdidas se recuperen, cosa que en muy pocas ocasiones ocurre, no se pueden obtener los mismos resultados cuando se desarrolla un programa de estudios a plazos.
Algunos líderes del sector magisterial han tratado de justificar su acción, explicando que con la medida de fuerza adoptada están dando a los jóvenes una lección, cuando en realidad el paro no aparece como método pedagógico en ninguno de los textos que estos educadores utilizaron mientras aprendían cómo se imparte educación. Con el desorden más bien se propicia un ambiente de indisciplina, ocio, violencia y otros antivalores que precisamente la escuela está llamada a erradicar de la sociedad.
Como si esto fuera poco, para añadir más deméritos a la acción de paralizar actividades en la escuela, esos mismos profesores y maestros que convocan a una huelga en la escuela oficial, continúan dictando clases en la privada, dejando como escandaloso contraste la condena a la ignorancia de los más pobres. La única razón que justifica esta ambivalencia de profesores y maestros está en que en el sector público reciben el salario sin trabajar y en el privado se arriesgan a un despido por no trabajar.
Es cierto que la defensa de los más preciados intereses nacionales en cuanto a la seguridad social es un tema que debe ser presentado como ejemplo a las generaciones futuras, pero para obtener resultados esto debe hacerse dentro de las normas que una escuela seria y responsable promueve, y como desarrollo de un eje transversal que tiene que ver con valores sociales. La materia no debe enfrentarse a través de una acción circunstancial que violenta el orden establecido, sino mediante una actitud constante de preocupación que influya en el comportamiento permanente del individuo.
Confiamos en que prevalezca la opinión centrada de los educadores serios y responsables que han dado siempre ejemplo a la juventud. No nos imaginamos a Nicolás Victoria Jaén, con una vida consagrada a la enseñanza o a Melchor Lasso de la Vega, símbolo del magisterio nacional, promoviendo un paro de labores en las escuelas del país.
Pensemos cómo enfrentaría esta situación Octavio Méndez Pereira o José Dolores Moscote y tendremos que concluir que ninguno de estos próceres de la educación nacional se atrevería a violentar el derecho que tienen los jóvenes panameños de recibir una educación en el salón de clases.
Hemos adquirido con la experiencia y la discusión de este tema a lo largo de los años, el conocimiento necesario que permite comprender la situación de la Caja; es decir, el diagnóstico de las dolencias que la aquejan. Ahora se requiere del verdadero deseo y la buena voluntad de todos que permita prescribir el tratamiento necesario.

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América