Alvin, un niño con grandes sueños
Hace algún tiempo había un niño que transmitía felicidad a todo aquel que se le acercara. Era muy alegre, cariñoso y juguetón. Se llamaba Alvin y tenía dos grandes sueños: Entrar a una escuela de fútbol y jugar en la liga española como todo un profesional.
Un día vio el anuncio de una escuela de fútbol y junto a su padre y a su hermanito fueron a llevar los documentos que le pedían para poder ingresar. Una niña llamada María, al igual que otros 50 niños, también iba a inscribirse. Era inteligente, callada y tenía mucha fe en Dios, ya que desde muy pequeña le habían enseñado que todo lo que pasaba era porque el señor así lo quería. Muchos se asombraron por ver a una niña que jugaba fútbol, pero después se acostumbraron a la idea. Fue allí donde los dos niños y sus familias se conocieron e hicieron amistad compartiendo sueños.
Mientras sus padres formaban fila, María y Alvin conversaban alegremente:
-Hola, ¿cómo te llamas? -decía Alvin-
-Me llamo María, ¿y tú? -contestó ella-
-Yo, Alvin y estoy aburrido. Dime: ¿Cuál es tu pasatiempo favorito? -preguntó, con ganas de entretenerse.
María miró a su alrededor algo desconcertada por la pregunta. Parecía imposible que alguien allí no pasara su tiempo jugando fútbol y ella lo tenía en la sangre. Finalmente dijo: "Jugar fútbol". Al escuchar esto, Alvin se alegró porque eso era lo que más le gustaba. Le contó sobre sus grandes sueños de ser un jugador profesional y la invitó a jugar, pero como no había balón, se decidieron a correr por todo el lugar.
Los dos niños corrieron tanto, que se hicieron buenos amigos. Su amistad creció durante los meses siguientes. Un día durante un partido difícil, Alvin metió un pase filtrado y gracias a él se anotó el gol de la victoria, pero María se lesionó y la llevaron al médico. Allí le dijeron que tenía un golpe en el ligamento de su rodilla derecha y tenía que descansar e ir a fisioterapia para recuperarse, eso la puso muy triste y sollozó. Alvin, al enterarse de lo sucedido, la fue a visitar y le dijo: -No te preocupes María, vas a sanar pronto y regresarás a jugar. Yo sé que algún día nos iremos juntos a jugar fútbol profesional a otros países. Tú eres tan buena como yo, y siempre estaré contigo en la buenas y en las malas, porque para eso son los amigos.
María se recuperó pronto, pero el destino de aquellos niños fue otro. El 23 de octubre de 2006, Alvin, su madre y su hermanito subieron a un autobús para ir a la práctica de fútbol de la escuelita.
La tarde no era soleada, pero por el camino todos los pasajeros sentían un calor insoportable dentro del autobus y le decían al conductor que parara; finalmente lo hizo y, al levantar la tapa del motor para revisarlo, estalló el fuego. Todos se desesperaban por salir, abriendo ventanas, rompiendo vidrios y buscando la salida de emergencia. Todo fue muy rápido. Alvin se agarró de las piernas de su madre y su hermanito la abrazó muy fuertemente pensando que todos iban a salir con vida, hasta que el fuego los alcanzó. Fue inútil. A pesar que los bomberos llegaron para apagar el fuego, ya era tarde. La realidad fue más grande que la esperanza. Unos salieron, pero otros no, y entre una inmensa columna inmensa columna de humo que subía y subía hasta el azul del cielo, se perdieron todos los sueños de Alvin. Aquel día se marcaron los minutos más trágicos en todo el país, ya que hubo muchas víctimas que lamentar.
Al enterarse en la escuelita de fútbol, los niños lloraron tanto que el eco se escuchaba por todos lados. María se puso muy triste, pero no lloró, sólo calló, porque comprendía que así lo quiso Dios y solo él puede dar y quitar la vida, y a pesar que su amigo Alvin ya no estaba con ella, siempre lo tendría en su corazón. Por eso, cada mes de octubre, cuando María va a la Iglesia, le pide a Dios por muchas personas y entre esas está Alvin, su gran amigo. Fin.
(A la memoria de Alvin Escartin, su hermanito y su madre Zuleika, fallecidos el 23 de octubre de 2006 en el incendio del autobus 8B-06).