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Ama a tu prójimo, no los llenes de hermanos


La periodista española Cristina Martín nos narró, hace algunos años, las incidencias de dos acontecimientos similares, aunque con diversas premisas. Se refería, en los días previos a la caída del muro de Berlín, al éxodo de alemanes del Este (RDA), a través de Hungría, hacia Alemania Occidental. Lo que evidentemente llamó su atención, es que casi todas las familias que huían de la esclavitud del régimen feudal-marxista, llegaban en pequeños autos Volkswagen, con uno o dos hijos como máximo y, aunque vestidos modestamente, todos estaban calzados y abrigados. Meses después, le tocó presenciar el éxodo de familias salvadoreñas y guatemaltecas que huían de los estragos de la guerra, hacia el nada hospitalario ni comprensivo México del PRI, que tenía por política devolverlos a su país de origen, ya que eran indocumentados... irónico, pero la ley mejicana valedera en su frontera sur para con los "hermanos latinoamericanos", era injusta en su frontera norte cuando se la aplicaban a ellos.
Martín no se pudo sustraer de un efecto comparativo entre lo que había visto en la frontera alemana y lo que presenciaba en la mexicana. Las familias que huían estaban integradas igualmente por madre y padre, aunque con seis, ocho y hasta diez hijos y, obviamente, sin ningún tipo de transporte. La desnutrición y el albergamiento de lombrices eran protuberantemente visibles, fomentadas por el andar descalzo. No había dudas de que era lo que hacía la diferencia.
En estos días se ha desatado una polémica periodística con relación al control de la natalidad, la proliferación de hijos y su correlación con la pobreza. Protagonistas un médico y un sacerdote. Quizás esta polémica no se habría dado si la Iglesia Católica, como sí los hacen las iglesias cristianas protestantes y de otras confesiones, le permitieran a sus pastores casarse, tener mujer, hijos y suegra, con todo lo que ello implica. Entonces, los criterios idealizantes y ponderantes acerca de las virtudes de la pobreza y de tener los hijos que Dios "nos mande", se trasmutarían a una escala de valores más pragmáticas y quizás hasta más cristianas, y los sacerdotes estarían realmente facultados a aconsejar a sus feligreses en asuntos familiares y hogareños, puesto que sabrían de qué están hablando.
No estoy de acuerdo con el añejo adagio de que "como están los asuntos humanos, la mayor prueba de amor que se le puede dar a los hijos es no traerlos al mundo", puesto que el tener y criar hijos es la experiencia humana maravillosa que Dios nos ha otorgado. Sí creo en la validez del aforismo que dice que "lo mejor que se puede hacer por los hijos, es no llenarlos de hermanos".

101 años de Panamá América

 
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