default

Ambición de poder


La creación de riquezas sigue tan impopular en América Latina como en la Edad Media, cuando se martirizaba a los prestamistas pese a su función esencial en la economía. Todavía se supone que el afán de lucro es el origen de la desigualdad, explotación y pobreza. Es un viejo error. El verdadero mal que castiga a los pueblos latinoamericanos es la ambición de poder que ha caracterizado a tantos políticos, caudillos, jefes militares y dictadores en los últimos siglos, legado del mercantilismo español.
Los liberales a menudo pierden su tiempo explicando los errores del intervencionismo, en lugar de explicar sus perversas motivaciones. El estatismo nace, no de un error ideológico, sino del afán de los gobernantes de acrecentar su poder sobre los ciudadanos. Poco les interesa que sus políticas funcionen. La nacionalización de Evo Morales le dará un inmenso poder sobre los hidrocarburos, que ningún otro gobernante tuvo jamás en Bolivia, lo mismo que las expropiaciones de Chávez en Venezuela.
Los políticos, al igual que los mercantilistas de la corte española, promueven las empresas del Estado, como aquellos promovían las empresas del Rey, y dan a los grupos de presión subsidios, protecciones y monopolios a cambio de apoyo electoral, del mismo modo que los monarcas españoles repartían privilegios a cambio del financiamiento de sus guerras. Las empresas estatales son fuente inagotable no solo de votos, contratos y corrupción, sino del poder de decidir sobre los bienes de la gente.
El enorme esfuerzo por preservar las destartaladas empresas estatales que realizan gobernantes como Evo Morales, Nicanor Duarte Frutos y Hugo Chávez, no se debe a la equivocada creencia de que el Estado puede suministrar petróleo, telefonía, agua y luz en mejores condiciones que la empresa privada, sino al hecho que las empresas estatales le permiten consolidar su poder, proteger una cuantiosa clientela política, enriquecer a los amigos y asegurar la lealtad de sus partidarios.
Es inútil tratar de convencer a los estatistas del alto costo en pobreza, atraso y corrupción que significa mantener los monopolios estatales, fijar precios, tarifas y salarios mínimos, subsidiar a los grupos privilegiados, proteger con prohibiciones y aranceles las industrias de los amigos, expropiar la propiedad rural para repartir a los campesinos, o nacionalizar el petróleo y el gas. Ellos saben lo que implica destruir la seguridad jurídica y confianza en el país, pero más les interesa aumentar su poder.
Algunos intelectuales estatistas creen sinceramente que saben lo que a la gente más le conviene, en qué trabajar, qué comprar y a qué precio. Creen que los ciudadanos son como niños, a los que se debe guiar, enseñar y castigar por su propio bien. Creen que subiendo los impuestos pueden crear prosperidad, redistribuyendo ese dinero entre quiénes los más necesitados o con obras públicas que den trabajo. No ven que el paternalismo es solo el reflejo de la ambición de poder y que aun con las mejores intenciones se perjudica a la gente.
El afán de lucro es diferente. Aún con la peor intención, hasta a los comerciantes más egoístas, inmorales y tramposos, su propia ambición les obliga a beneficiar a la sociedad. Esto es así porque en un mercado libre, donde la gente intercambia voluntaria y pacíficamente su producción, los empresarios para obtener ganancias deben ofrecer los mejores productos y servicios, al menor precio. En el mercado, donde el consumidor es soberano, cuanto mejor sirven mayor prosperidad alcanzan. Aquellos que engañan a los consumidores pierden todo. El monumental progreso de la humanidad en los últimos 200 años se debe precisamente a este increíble orden natural.
Lo que muchos no entienden es que gracias al afán de lucro, los pobres y los ricos, para ganar dinero y mejorar su condición se ven obligados a servir al semejante. Las desigualdades y la pobreza crónica surgen en América Latina únicamente a causa de gobernantes estatistas que alentados por su nefasta ambición de poder intervienen la economía, crean monopolios y privilegios, dificultan la producción y el comercio y restringen las libertades económicas de las personas.
(*) Corresponsal de AIPE y presidente del Foro Libertario.
www.aipenet.com

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América