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Ambientalismo: ¿Ciencia o religión?



En los albores del siglo XXI, muy pocos insensatos se despreocupan de las consecuencias sobre la viabilidad del ser humano en la Tierra, producidas por la contaminación y otros desequilibrios causados por la acción del hombre. Sin embargo lo que debe ser una preocupación basada en hechos científicamente comprobados, está pasando a convertirse, para muchos, en actos de fe.
La toma de control de la ciencia por la religión produjo el oscurantismo de la Edad Media y nos exponemos a repetir el error en este siglo si no evitamos la confusión entre la verdad científica y la propaganda. Para muchos ambientalistas es causa de indignación que genios científicos como Galileo hayan sido forzados a retractarse de sus descubrimientos porque desvirtuaban un dogma religioso imperante en la época; no obstante, muchas veces estas mismas personas atacan con igual actitud fundamentalista a quienes no comparten sus conclusiones sobre las causas de los problemas ambientales y sus soluciones.
Muy pocos activistas ambientales son científicos o se preocupan de revisar las evidencias con espíritu crítico; por el contrario, con la pasión de los fanáticos sostienen los argumentos más absurdos y condenan a la hoguera a quienes disienten. Lo más trágico es que en muchas ocasiones los Autos de Fe -tanto mediáticos como físicos- impiden que se conozcan verdaderas soluciones científicas a los problemas que nos preocupan. Cuando un investigador es acosado porque sus estudios no arrojan las conclusiones que quisieran, los grupos extremistas ambientales o cuando los ecoterroristas insertan pernos en los árboles para que muera un leñador -al reventarse su sierra eléctrica-, o cuando incendian un laboratorio -aun con personas y animales adentro- porque no están de acuerdo con los experimentos que se realizan allí, ya salimos del campo de la ciencia y pasamos a la órbita del fanatismo. Si eso le sumamos la instrumentalización de personas de buena fe que intereses oscuros utilizan a través de la causa ambiental para impedir la entrada a un competidor más eficiente en un mercado, tenemos el germen de la destrucción de la causa ambiental.
Sólo si el ambientalismo regresa a la esfera científica podremos realmente evitar la catástrofe; en manos de los fanáticos, seremos sorprendidos por ella, mientras nos cuidamos del Apocalipsis.

101 años de Panamá América

 
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