Ambigüedad estratégica
DECÍA UN AUTOR, cuyo nombre no recuerdo -desmemoriado yo-, que estábamos asistiendo a una sustitución del unilateralismo de la única superpotencia, al multilateralismo de varias potencias, entre ellas, algunas denominadas ascendentes.
Añadía, que ese multilateralismo era necesariamente uno caótico, porque las potencias ascendentes no estaban dispuestas a asumir con plenitud sus responsabilidades internacionales y porque, más bien se regocijaban con los traspiés de la indiscutida superpotencia.
Personalmente, no creo que andemos transitando por ese seudo período de transición. Realmente, no creo que ese unilateralismo haya existido jamás desde la caída del Muro de Berlín, como tampoco creo que hayan llegado a buen puerto, los sinceros esfuerzos de George W. Bush padre, por redefinir, el nuevo rol que debía jugar la supuesta superpotencia ante una nueva realidad global.
A lo sumo, lo que sí hemos tenido es un período de confusión que ha durado una decena de años, durante el cual, la idea dominante era económica no política, y durante los cuales, lo que sí nadie ponía en duda era el llamado proceso de globalización económica que comenzó para no detenerse jamás.
Prueba de que ello es así, que cuando Alemania, Rusia y Francia, quisieron cada uno por sus propias razones, romper el supuesto liderazgo de la única superpotencia, lo lograron con éxito, a propósito del tema de Irak, dejando a los Estados Unidos de América, no solamente solo sino también estigmatizado, por haberse decantado por una política unilateralista. Pruebas al canto; ello quiere decir que el supuesto unilateralismo nunca fue tal, o fue un espejismo que perduró tan sólo el tiempo que los actores decidieron ponerlo a prueba.
No me confundan; no hay potencia en el mundo que pueda sustituir el rol que hoy juegan los Estados Unidos, desde la perspectiva política, militar, económica, pero también cultural. Cuando hablamos de la influencia de los norteamericanos en nuestras vidas, casi siempre tendemos a destacar lo malo. Nunca nos referimos a la sociedad más voluntariosa que existe sobre el planeta; jamás nos referimos al país que tiene más inventos per cápita registrados en el mundo, -una prueba indeleble de su dinámico y progresista capitalismo-; nadie se refiere a las altas tasas de productividad, eficiencia e inventiva de su economía; nadie se refiere a cómo fue posible sostener una guerra tan costosa sin haber siquiera acariciado períodos recesivos, así de dinámica es su fuerza económica, ni a su gran poder exportador, ni a sus modelos empresariales de vanguardia.
Hay algo de la tesis de los multilateralistas que sí comparto. Hoy día, sin la ayuda de China, Japón e India en Asia, de Sudáfrica en Afríca, y muy probablemente, de Brasil, en América Latina; parecen impensable la resolución de los problemas geopolíticos que hoy plantean Corea del Norte en Asia, el desarrollo nuclear de Irán, los convulsivos Irak y Afganistán, una guerra que parece estar corriéndose como plaga por el centro de África y la balcanización del Oriente Medio.
Entiéndase bien, si esa nueva realidad hace cada vez más palpable la necesidad de reformar el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), para incluir a estas cuatro potencias económicas ascendentes, no parece sensato pedirle al resto de los miembros permanentes que incluyan a los nuevos invitados en sus facultades privativas de vetar las resoluciones que pudieren ser acordadas por la principal institución de la ONU. Diría Winston Churchill, que estos poderes de veto acarrearon sangre, sudor y lágrimas, no compartidas por los nuevos invitados a formar parte permanente de la institución más importante de la ONU.
Por otra parte, los nuevos invitados a formar parte de este grupo selecto de países, no deben asumir que de lo que se trata es tan sólo de reconocer con honores, sus nuevos roles económicos y políticos en el mundo. Se trata, -y esta es la clave del asunto-, de poner esa nueva realidad política al servicio de los mejores intereses de seguridad colectiva y paz que hoy exige nuestro planeta.
Ni siquiera algunos viejos miembros del Consejo de Seguridad, que hoy se perfilan como potencias económicas ascendentes, han entendido que su nuevo rol en el escenario mundial conlleva no solamente derechos, pero también obligaciones. Si no estamos seguros de que estos nuevos países están dispuestos a hacer los sacrificios nacionales e internacionales que significan estas nuevas responsabilidades, es mejor que ni siquiera mandemos las tarjetas de invitación.
Añadía, que ese multilateralismo era necesariamente uno caótico, porque las potencias ascendentes no estaban dispuestas a asumir con plenitud sus responsabilidades internacionales y porque, más bien se regocijaban con los traspiés de la indiscutida superpotencia.
Personalmente, no creo que andemos transitando por ese seudo período de transición. Realmente, no creo que ese unilateralismo haya existido jamás desde la caída del Muro de Berlín, como tampoco creo que hayan llegado a buen puerto, los sinceros esfuerzos de George W. Bush padre, por redefinir, el nuevo rol que debía jugar la supuesta superpotencia ante una nueva realidad global.
A lo sumo, lo que sí hemos tenido es un período de confusión que ha durado una decena de años, durante el cual, la idea dominante era económica no política, y durante los cuales, lo que sí nadie ponía en duda era el llamado proceso de globalización económica que comenzó para no detenerse jamás.
Prueba de que ello es así, que cuando Alemania, Rusia y Francia, quisieron cada uno por sus propias razones, romper el supuesto liderazgo de la única superpotencia, lo lograron con éxito, a propósito del tema de Irak, dejando a los Estados Unidos de América, no solamente solo sino también estigmatizado, por haberse decantado por una política unilateralista. Pruebas al canto; ello quiere decir que el supuesto unilateralismo nunca fue tal, o fue un espejismo que perduró tan sólo el tiempo que los actores decidieron ponerlo a prueba.
No me confundan; no hay potencia en el mundo que pueda sustituir el rol que hoy juegan los Estados Unidos, desde la perspectiva política, militar, económica, pero también cultural. Cuando hablamos de la influencia de los norteamericanos en nuestras vidas, casi siempre tendemos a destacar lo malo. Nunca nos referimos a la sociedad más voluntariosa que existe sobre el planeta; jamás nos referimos al país que tiene más inventos per cápita registrados en el mundo, -una prueba indeleble de su dinámico y progresista capitalismo-; nadie se refiere a las altas tasas de productividad, eficiencia e inventiva de su economía; nadie se refiere a cómo fue posible sostener una guerra tan costosa sin haber siquiera acariciado períodos recesivos, así de dinámica es su fuerza económica, ni a su gran poder exportador, ni a sus modelos empresariales de vanguardia.
Hay algo de la tesis de los multilateralistas que sí comparto. Hoy día, sin la ayuda de China, Japón e India en Asia, de Sudáfrica en Afríca, y muy probablemente, de Brasil, en América Latina; parecen impensable la resolución de los problemas geopolíticos que hoy plantean Corea del Norte en Asia, el desarrollo nuclear de Irán, los convulsivos Irak y Afganistán, una guerra que parece estar corriéndose como plaga por el centro de África y la balcanización del Oriente Medio.
Entiéndase bien, si esa nueva realidad hace cada vez más palpable la necesidad de reformar el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), para incluir a estas cuatro potencias económicas ascendentes, no parece sensato pedirle al resto de los miembros permanentes que incluyan a los nuevos invitados en sus facultades privativas de vetar las resoluciones que pudieren ser acordadas por la principal institución de la ONU. Diría Winston Churchill, que estos poderes de veto acarrearon sangre, sudor y lágrimas, no compartidas por los nuevos invitados a formar parte permanente de la institución más importante de la ONU.
Por otra parte, los nuevos invitados a formar parte de este grupo selecto de países, no deben asumir que de lo que se trata es tan sólo de reconocer con honores, sus nuevos roles económicos y políticos en el mundo. Se trata, -y esta es la clave del asunto-, de poner esa nueva realidad política al servicio de los mejores intereses de seguridad colectiva y paz que hoy exige nuestro planeta.
Ni siquiera algunos viejos miembros del Consejo de Seguridad, que hoy se perfilan como potencias económicas ascendentes, han entendido que su nuevo rol en el escenario mundial conlleva no solamente derechos, pero también obligaciones. Si no estamos seguros de que estos nuevos países están dispuestos a hacer los sacrificios nacionales e internacionales que significan estas nuevas responsabilidades, es mejor que ni siquiera mandemos las tarjetas de invitación.