Amenzas a la prensa
El periodista que cumple honestamente su trabajo está sujeto a diversos atropellos, sin descartar los que terminan con su vida y que perpetran individuos a los que molesta la publicación de la verdad.
A pesar de que ha sido una constante desde hace centurias la lucha contra la intolerancia de cualquier índole, todavía se producen brotes de esta naturaleza que constituyen burdas agresiones a los más elementales derechos humanos.
No faltan sujetos a los que les beneficia el silencio y qué mejor si éste es cómplice, producto de la compra de conciencias que, lamentablemente, no falta en ciertos comunicadores que caen en brazos de los cantos de sirena de la corrupción.
Es pertinente reconocer la utilidad del periodismo que colabora, de manera permanente y eficiente, a la buena marcha de la sociedad, partiendo de la vigencia de los valores substanciales, hoy lastimosamente tan venidos a menos.
De no existir esa sacrificada ocupación, que demanda sobre todas las cosas contextura moral, es fácil darse cuenta lo que sucedería, particularmente en lo que se refiere a la expansión del delito y más repudiables fenómenos, como el terrorismo, el lavado de dinero, la corrupción o los excesos de sanguinarios gobernantes.
Entre otras agrupaciones del mismo género, la Sociedad Interamericana de Prensa supervigila la vigencia de los derechos del periodista y condena la retaliaciones que se realizan en contra de la integridad y la vida misma de los comunicadores.
En lo correspondiente a crímenes de esta jerarquía, hay una lista de centenares de nombres de verdaderos héroes de la pluma que han pagado con su existencia la verticalidad de sus principios. Han preferido morir antes que claudicar.
Latinoamérica aparece como la región más insegura, figurando el narcotráfico y la retaliación política como las principales causas para el asesinato de periodistas.
En otro país, Colombia, prosiguen las muertes de comunicadores que se han atrevido a informar respecto a los infames hechos que cometen los poderosos padrinos de la droga o sus aliados, los alzados en armas que han descendido a los ruines subsuelos terroristas.
No faltan razones para considerar al periodismo como la profesión más peligrosa, en la vasta extensión territorial que se localiza entre México y Argentina, obviamente incluyéndose al Caribe, donde el régimen cubano se caracteriza por sus acciones de opresión e intolerancia, sobre todo en lo concerniente a la libertad de prensa que allí no existe. Recordemos que el año anterior sentenció a largas condenas y encarceló a 29 periodistas por el "delito" de no compartir la verdad oficial.
Con acierto, se ha calificado a la libertad de expresión como la madre de todas las libertades, la que constituye principal enemiga para gobernantes obcecados que no respetan los principios de la democracia, pero que los manipulan a su antojo cuando la oportunidad así lo determina o para déspotas, producto de la autocracia, que abiertamente practican brutal tiranía.
Con motivo del Día Internacional de la Libertad de Prensa, Kofi Annan, al resaltar la importancia de la independencia en la información, rindió homenaje a los periodistas muertos, encarcelados o detenidos.
Además, el secretario general de la ONU hizo un llamamiento para que exista plena conciencia en torno a los peligros para la integridad personal y profesional de los periodistas, a fin de que éstos puedan hacer su trabajo sin riesgos y sin miedo, para lo cual es imprescindible que existan acciones objetivas y permanentes y no meras declaraciones circunstanciales que las barre el torbellino de la realidad que agobia a los países donde se irrespetan las garantías ciudadanas.
En pleno siglo XXI las amenazas a la prensa son latentes y letales, por sobre ellas debe prevalecer la voluntad de quienes amamos la libertad, la democracia y los derechos humanos, supremos valores que constituyen cimientos para el progreso y la dignidad de los pueblos.
A pesar de que ha sido una constante desde hace centurias la lucha contra la intolerancia de cualquier índole, todavía se producen brotes de esta naturaleza que constituyen burdas agresiones a los más elementales derechos humanos.
No faltan sujetos a los que les beneficia el silencio y qué mejor si éste es cómplice, producto de la compra de conciencias que, lamentablemente, no falta en ciertos comunicadores que caen en brazos de los cantos de sirena de la corrupción.
Es pertinente reconocer la utilidad del periodismo que colabora, de manera permanente y eficiente, a la buena marcha de la sociedad, partiendo de la vigencia de los valores substanciales, hoy lastimosamente tan venidos a menos.
De no existir esa sacrificada ocupación, que demanda sobre todas las cosas contextura moral, es fácil darse cuenta lo que sucedería, particularmente en lo que se refiere a la expansión del delito y más repudiables fenómenos, como el terrorismo, el lavado de dinero, la corrupción o los excesos de sanguinarios gobernantes.
Entre otras agrupaciones del mismo género, la Sociedad Interamericana de Prensa supervigila la vigencia de los derechos del periodista y condena la retaliaciones que se realizan en contra de la integridad y la vida misma de los comunicadores.
En lo correspondiente a crímenes de esta jerarquía, hay una lista de centenares de nombres de verdaderos héroes de la pluma que han pagado con su existencia la verticalidad de sus principios. Han preferido morir antes que claudicar.
Latinoamérica aparece como la región más insegura, figurando el narcotráfico y la retaliación política como las principales causas para el asesinato de periodistas.
En otro país, Colombia, prosiguen las muertes de comunicadores que se han atrevido a informar respecto a los infames hechos que cometen los poderosos padrinos de la droga o sus aliados, los alzados en armas que han descendido a los ruines subsuelos terroristas.
No faltan razones para considerar al periodismo como la profesión más peligrosa, en la vasta extensión territorial que se localiza entre México y Argentina, obviamente incluyéndose al Caribe, donde el régimen cubano se caracteriza por sus acciones de opresión e intolerancia, sobre todo en lo concerniente a la libertad de prensa que allí no existe. Recordemos que el año anterior sentenció a largas condenas y encarceló a 29 periodistas por el "delito" de no compartir la verdad oficial.
Con acierto, se ha calificado a la libertad de expresión como la madre de todas las libertades, la que constituye principal enemiga para gobernantes obcecados que no respetan los principios de la democracia, pero que los manipulan a su antojo cuando la oportunidad así lo determina o para déspotas, producto de la autocracia, que abiertamente practican brutal tiranía.
Con motivo del Día Internacional de la Libertad de Prensa, Kofi Annan, al resaltar la importancia de la independencia en la información, rindió homenaje a los periodistas muertos, encarcelados o detenidos.
Además, el secretario general de la ONU hizo un llamamiento para que exista plena conciencia en torno a los peligros para la integridad personal y profesional de los periodistas, a fin de que éstos puedan hacer su trabajo sin riesgos y sin miedo, para lo cual es imprescindible que existan acciones objetivas y permanentes y no meras declaraciones circunstanciales que las barre el torbellino de la realidad que agobia a los países donde se irrespetan las garantías ciudadanas.
En pleno siglo XXI las amenazas a la prensa son latentes y letales, por sobre ellas debe prevalecer la voluntad de quienes amamos la libertad, la democracia y los derechos humanos, supremos valores que constituyen cimientos para el progreso y la dignidad de los pueblos.