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América Latina y la integración económica


Ginebra. El día en que el gobierno de Fidel Castro anunció condenas de muerte contra tres personas acusadas de tratar de secuestrar un avión para escapar de la isla, Cuba fue reelecta a la Comisión de Derechos Humanos de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), prácticamente sin oposición, con excepción de Estados Unidos. “La verdad es que nadie le prestó mayor atención, ya que estas elecciones están precocinadas y se adoptan por área geográfica, sin que se preste interés a la coyuntura política del momento”, explicó un funcionario diplomático que participó en el proceso y es miembro de la comisión.
En la opinión de varios funcionarios entrevistados por este corresponsal, esta actitud de aparente indiferencia es parte de un problema de mayor envergadura “la apatía generalizada que existe por Latinoamérica entre los representantes de las grandes potencias”. O sea, que este “dejar pasar por alto” de la dimensión latinoamericana en la formulación de política internacional no sólo caracteriza la actitud del gobierno de Washington sino también la de los países de la Unión Europea.
Igual, parece afectar la relación entre EU y México, a pesar de que al inicio de sus gestiones el presidente Bush había declarado públicamente que sentía una relación “auténticamente fraternal” hacia México y su gobernante, el presidente Vicente Fox. Sin embargo, tras las diferencias que surgieron entre los dos gobiernos tanto por la oposición de México a la guerra en Irak como por una serie de medidas legales y comerciales con las que el gobierno de Bush ha colocado nuevas trabas en las relaciones entre los dos países, esa campaña de amistad bilateral parece destinada al olvido.
“Es como que Latinoamérica ha quedado excluida de los problemas mayores de la actualidad”, reflexiona un veterano diplomático acreditado ante los organismos internacionales y que habló a condición de no ser identificado por su nombre o país. “El asunto es grave porque se están considerando temas que no sólo interesan a los países de América Latina, sino que son de derecho internacional a los que nuestros países pueden hacer importantes aportes, dadas nuestras experiencias”.
Un factor de desencuentro es la falta de apoyo económico por parte de EU a la región, además del hecho que la política internacional del gobierno de Bush pone todo el acento sobre los medios militares. En un momento durante la guerra fría, los gastos de defensa descendieron hasta unos 250,000 millones de dólares a mediados de los ‘90. Pero en el año 2000 éstos alcanzaron los 300,000 millones; y en este año llegarán a más de los 400,000 millones.
José Antonio Ocampo, secretario ejecutivo de la CEPAL, también considera que “la percepción de los líderes es que América Latina no ha tenido la prioridad en la agenda de las grandes potencias”.
México pudo haber sido una excepción en el desolador panorama de desatención que el gobierno del presidente Bush ha proyectado últimamente en el continente. Pero México también cayo víctima al criterio de la Casa Blanca, reforzado por la guerra en Irak, de “quien no está conmigo está con el enemigo”. Tras las protestas de amistad de Bush con el presidente mexicano Vicente Fox, el mandatario estadounidense se sintió profundamente “decepcionado”, según un portavoz de la Casa Blanca, por la negativa de Fox de acompañar a su aliado y vecino en la guerra en Irak. Esto dejó huellas. “Algunos ingenuos creen que Bush quedó fascinado por su triunfo sobre Irak y ya olvidó el incidente con el gobierno de Fox”, escribió el columnista argentino Felix Luna.
En tanto, John Coatsworth, un destacado experto en la historia de México y director del David Rockefeller Center of Latin American Studies de la Universidad de Harvard, advierte: “Debido a que el ambiente económico externo no se perfila muy positivo a corto plazo, (la región) requiere el apoyo de las grandes instituciones internacionales”.
“A la larga, la labor de fortalecimiento de la democracia en América Latina requiere mejores instituciones económicas para reducir la irregularidad de las corrientes de capitales de inversión”, señala Coatsworth. “El hemisferio necesita no sólo un tratado de libre comercio, sino también mecanismos institucionales que coordinen la política macroeconómica, reduzca los riesgos de desvalorización y facilite la integración económica y el desarrollo”.
La democracia Latinoamérica también podrá beneficiarse de nuevos acuerdos diplomáticos y de seguridad que sin ambigüedad eleve la defensa y la consolidación de las instituciones democráticas por encima de todos los otros objetivos políticos para todos los países del hemisferio, inclusive, Estados Unidos.

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