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Analogía entre muerte y política


Sé que el tema de la muerte no es del interés común de las mayorías. La analogía que presentaré entre el fenómeno de la muerte y la política es esencial para comprender el rol que ejercemos todos los humanos dentro del sistema político -forma ordenada de organización colectiva- en el que nos corresponda vivir.
El director del Instituto de Investigación sobre la Evolución Humana A.C., Guillermo Agudelo Murguía, dijo: "La Vida es una lucha contra la entropíacaos, comparable con la del héroe griego que muere luchando contra el rayo. Él sabe que éste acabará fulminándolo, sin embargo, muere con el brazo en alto y amenazando con el puño, sin rendirse, porque, aunque no esté consciente de ello, su lucha y su muerte son su contribución al Conocimiento Universal".
La muerte es el leitmotiv que define nuestra identidad y carácter ya que está ligada a nosotros desde que nacemos. El temor a la muerte nos da el valor de vivir. Sin muerte esta vida no tendría significado. En la medida que más la tememos más la sublimamos. Ella entraña un misterio que nos eleva por encima de toda postración y derrota.
El temor a la muerte nos hace perfeccionarnos y prepararnos para el futuro. Ella, lleva implícita la fuerza de la regeneración. Ya lo decía Jesucristo: "para vivir hay que morir".
Me viene a la memoria lo leído sobre una famosa bienvenida dada a unos candidatos de hace ya algunas generaciones en la que un representante de los miembros de cierta edad, terminó su alocución diciendo: " (...) que bueno que estamos recibiendo a estos jóvenes en nuestra asociación, porque como dice una frase: "renovarse es morir".
Sin muerte no habría amor -amamos aquello que no queremos que se muera- el amor es la vida; ante ella el instinto de sobrevivir se despierta, nos imponemos y perpetuamos con arte, fe, y trascendencia.
La trascendencia del sentido de la muerte da lugar a la esperanza, convirtiéndose en el principio organizador de la existencia humana. Cuando la humanidad tiene conciencia de su propia muerte comienza a organizarse socialmente. El fenómeno de la muerte es entendido entonces como la necesidad existencial en el proceso de vida y renovación, y no como un fin en sí mismo, dando paso a la aparición del ente político.
Siendo la muerte el principio rector de la organización humana catalizada a través de la política como forma civilizada de convivencia, donde el poder se concentra en unos pocos para mantener el orden de la mayoría, surge el Estado -técnica de orden y administración pública- en sus diversos regímenes de gobierno.
Por naturaleza todos los humanos lo queramos o no, insignemente somos políticos, desde el momento que participamos en el proceso de organización social, trabajando en diferentes oficios y cometidos individuales para generar las riquezas nacionales destinadas al bien común. Razón por la que todos nos esforzamos por mejorar nuestra calidad de vida, participando legítimamente en el ejercicio democrático del cual todos somos gestores.
La analogía que existe entre la muerte y la política es la sobrevivencia. Cuando la política como forma de organización se corrompe, deja de funcionar adecuadamente afectando el bien común de la ciudadanía, condenándola a morir.
Albert Camus en su obra titulada "La Peste" afirmaba que la mejor manera de conocer a una sociedad es observando "cómo en ella se ama y cómo en ella se muere". No hay que olvidar que la muerte siempre nos está rondando en sus diversas manifestaciones: por enfermedad, vejez, accidentes, desastres naturales, guerras, persecuciones, pasiones desordenadas, adicciones, homicidios, suicidios, hambre, cerco económico, terrorismo o desidia.
La muerte "por desidia política" es la que más se debe temer en las organizaciones de convivencia humana porque cuando sobreviene, las consecuencias son catastróficas e irreparables.
Así lo entendieron los españoles el pasado 11 de marzo de 2004, cuando 190 de sus hijos murieron tras el ataque terrorista perpetrado en la terminal ferroviaria de Atocha; víctimas inocentes mueren a consecuencia de las decisiones políticas tomadas por sus gobernantes.
En Panamá, desde la fatídica noche del 20 de diciembre de 1989, se instauraron principios democráticos que hay que consolidar. Si la ciudadanía no participa, los gobiernos y los partidos creen que a ellos les toca definir qué se le da a la sociedad. En cambio, si los ciudadanos participamos con fuerza se influye en las decisiones políticas y en las leyes, entonces la muerte por desidia política no nos sobrevendrá. Participemos en el ejercicio democrático del 2 de mayo.

101 años de Panamá América

 
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