Aniversario doloroso
Mañana, 19 de mayo, el venerable clero y la cristiandad de la Arquidiócesis recordará la violenta y abrupta desaparición de Monseñor Jorge Isaac Altafulla M. Fue un Domingo de Pentecostés y de 2002, al atardecer, cuando sonaron los teléfonos con una vibración fuera de lo común, y a través de ellos la horrorosa e increíble noticia. Había muerto el Padre Jorge Altafulla.
En un momento, como pasa en esas ocasiones, se asumió que era una confusión. Se pensó en lo obvio, algún accidente de tránsito, porque la salud del sacerdote en ese momento, marchaba normal. Pero fue lo que nadie nunca se hubiera imaginado.
Pero en nuestra tierra, como que suceden las cosas jamás como uno se las espera, según aquel adagio latino "ex communiter contingentibus" ("como suele suceder"), sino de otra manera "totaliter aliter". Había sido eliminado violentamente.
No vamos a revolver amargos recuerdos, quién vio qué, ni qué dijo quién, ni esto ni lo otro. De un año a esta parte como que se han aplacado los sórdidos y sicalípticos oleajes contra la barca de Pedro. El año pasado la iglesia católica norteamericana estaba en la picota. Acusaciones y demandas. Deserciones. Como que algunos decían: corran porque al fin se acaba. Pero hoy, en una mirada retrospectiva, podemos suspirar tranquilos. Y siempre en la expectativa de mejores tiempos y purificados en el dolor, aun cuando sabemos muy bien que nuestra lucha no es contra principados sino contra fuerzas superiores del mal. Y en cualquier momento estamos en el ojo de la tormenta.
El programa que se tratará de llevar a cabo a nivel arquidiocesano va a ser multiplicado. Cada parroquia diseñará actos conmemorativos y en la parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe, lógicamente, habrá un programa especial con rezos del Santo Rosario, transmisiones por las emisoras católicas, culminando con una Eucaristía celebrada por el señor Arzobispo.
Acertadamente, en una volante se han difundido extractos de algunas de las múltiples intervenciones en las que participó Altafulla. Recogeremos algunas que nos ayudan a hacernos una idea de qué clase de persona era.
"Para nuestros cristianos, la Resurrección es tan sólo la narración de un hecho de la Iglesia ligado a los tiempos del inicio de la Iglesia y también es la espera de una nueva manifestación al fin de los tiempos". "Y eso hace que no veamos el Cristo Resucitado, presente, visible, actuante en nuestro hoy, y por eso como Iglesia, no somos testigos creíbles de un Cristo que vive hoy, que está actuando como resucitado, porque en nuestra vida "estamos buscando entre los muertos, al que está vivo".
Más aún nos dice la Escritura que hay que destruir al hombre viejo para que nazca un nuevo ser, totalmente diferente, con maneras de pensar diferentes, formas de actuar diferentes y, sin embargo, hermanos, nosotros que estamos viviendo como Iglesia desde hace mucho tiempo, a ese hombre viejo, lo cuidamos como la niña de nuestros ojos. Por nada lo queremos matar, le decimos a Dios, emparapétamelo un poco, ponme aquí un esparadrapo, una gasa acá,... pero... no me lo toques".
Y en su última homilía de Pentecostés, el 18 de mayo de 2002, la noche antes de su muerte, se expresó así: "Nosotros somos así, personas que hemos sido enviadas a llevar al Paz a través de la reconciliación a este mundo que está lleno de odio y de violencia, y nos limitamos a señalar con el dedo a los demás: corruptos, ladrones, asesinos. ¿Y nosotros qué? ¿No estamos iluminados? ¿No se nos ha dado el Espíritu? Por eso Jesucristo dice: salgan de esta casa y vayan. Así como mi Padre me envió, así los envío yo a ustedes. Pero nos gusta la tranquilidad y la seguridad. Yo ya cumplí porque rezo, porque voy a misa, porque me reúno de vez en cuando y se acabó. Ellos que hagan lo otro. Por eso este Evangelio es tremendo, les da el Espíritu y les dice: "vayan: la misión es ésta". Y repite, la comunidad no tiene razón de ser en ella misma. Está en servicio de la misión... Y hermanos, esto es una palabra fuerte para nuestro tiempo".
Si algo tenía prioridad de sus intereses por la marcha evolutiva de nuestra comunidad creyente, la Iglesia de Panamá, era la misión y la evangelización. Miembro prominente del equipo timón de la Arquidiócesis para la misión, estaba en constante revisión y evaluación de los esfuerzos llevados a cabo, para ir comprobando las dificultades y los logros de tan difícil y delicada empresa. Gracias a Dios que los planes se han realizado y este año estuvo con nosotros durante una semana en dos jornadas, el Eminentísimo Cardenal Rodríguez de Honduras, introyectándole a los panameños que caminan con la Iglesia, criterios y discernimientos para participar activamente en la política necesaria para hacer llegar los ingredientes auténticos que se necesitan para enderezar la acción pública que está lejos de los ideales.
Según el martirologio dado a conocer por la agencia vaticana Fides en el 2002, entre los 25 religiosos católicos que fueron muertos por su fe, en diversos países del mundo, figura Monseñor Jorge Altafulla de Panamá, considerado Mártir de la Iglesia en 2002; ya que "perdió su vida en modo violento y ha derramado su sangre anunciando a Cristo".
En un momento, como pasa en esas ocasiones, se asumió que era una confusión. Se pensó en lo obvio, algún accidente de tránsito, porque la salud del sacerdote en ese momento, marchaba normal. Pero fue lo que nadie nunca se hubiera imaginado.
Pero en nuestra tierra, como que suceden las cosas jamás como uno se las espera, según aquel adagio latino "ex communiter contingentibus" ("como suele suceder"), sino de otra manera "totaliter aliter". Había sido eliminado violentamente.
No vamos a revolver amargos recuerdos, quién vio qué, ni qué dijo quién, ni esto ni lo otro. De un año a esta parte como que se han aplacado los sórdidos y sicalípticos oleajes contra la barca de Pedro. El año pasado la iglesia católica norteamericana estaba en la picota. Acusaciones y demandas. Deserciones. Como que algunos decían: corran porque al fin se acaba. Pero hoy, en una mirada retrospectiva, podemos suspirar tranquilos. Y siempre en la expectativa de mejores tiempos y purificados en el dolor, aun cuando sabemos muy bien que nuestra lucha no es contra principados sino contra fuerzas superiores del mal. Y en cualquier momento estamos en el ojo de la tormenta.
El programa que se tratará de llevar a cabo a nivel arquidiocesano va a ser multiplicado. Cada parroquia diseñará actos conmemorativos y en la parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe, lógicamente, habrá un programa especial con rezos del Santo Rosario, transmisiones por las emisoras católicas, culminando con una Eucaristía celebrada por el señor Arzobispo.
Acertadamente, en una volante se han difundido extractos de algunas de las múltiples intervenciones en las que participó Altafulla. Recogeremos algunas que nos ayudan a hacernos una idea de qué clase de persona era.
"Para nuestros cristianos, la Resurrección es tan sólo la narración de un hecho de la Iglesia ligado a los tiempos del inicio de la Iglesia y también es la espera de una nueva manifestación al fin de los tiempos". "Y eso hace que no veamos el Cristo Resucitado, presente, visible, actuante en nuestro hoy, y por eso como Iglesia, no somos testigos creíbles de un Cristo que vive hoy, que está actuando como resucitado, porque en nuestra vida "estamos buscando entre los muertos, al que está vivo".
Más aún nos dice la Escritura que hay que destruir al hombre viejo para que nazca un nuevo ser, totalmente diferente, con maneras de pensar diferentes, formas de actuar diferentes y, sin embargo, hermanos, nosotros que estamos viviendo como Iglesia desde hace mucho tiempo, a ese hombre viejo, lo cuidamos como la niña de nuestros ojos. Por nada lo queremos matar, le decimos a Dios, emparapétamelo un poco, ponme aquí un esparadrapo, una gasa acá,... pero... no me lo toques".
Y en su última homilía de Pentecostés, el 18 de mayo de 2002, la noche antes de su muerte, se expresó así: "Nosotros somos así, personas que hemos sido enviadas a llevar al Paz a través de la reconciliación a este mundo que está lleno de odio y de violencia, y nos limitamos a señalar con el dedo a los demás: corruptos, ladrones, asesinos. ¿Y nosotros qué? ¿No estamos iluminados? ¿No se nos ha dado el Espíritu? Por eso Jesucristo dice: salgan de esta casa y vayan. Así como mi Padre me envió, así los envío yo a ustedes. Pero nos gusta la tranquilidad y la seguridad. Yo ya cumplí porque rezo, porque voy a misa, porque me reúno de vez en cuando y se acabó. Ellos que hagan lo otro. Por eso este Evangelio es tremendo, les da el Espíritu y les dice: "vayan: la misión es ésta". Y repite, la comunidad no tiene razón de ser en ella misma. Está en servicio de la misión... Y hermanos, esto es una palabra fuerte para nuestro tiempo".
Si algo tenía prioridad de sus intereses por la marcha evolutiva de nuestra comunidad creyente, la Iglesia de Panamá, era la misión y la evangelización. Miembro prominente del equipo timón de la Arquidiócesis para la misión, estaba en constante revisión y evaluación de los esfuerzos llevados a cabo, para ir comprobando las dificultades y los logros de tan difícil y delicada empresa. Gracias a Dios que los planes se han realizado y este año estuvo con nosotros durante una semana en dos jornadas, el Eminentísimo Cardenal Rodríguez de Honduras, introyectándole a los panameños que caminan con la Iglesia, criterios y discernimientos para participar activamente en la política necesaria para hacer llegar los ingredientes auténticos que se necesitan para enderezar la acción pública que está lejos de los ideales.
Según el martirologio dado a conocer por la agencia vaticana Fides en el 2002, entre los 25 religiosos católicos que fueron muertos por su fe, en diversos países del mundo, figura Monseñor Jorge Altafulla de Panamá, considerado Mártir de la Iglesia en 2002; ya que "perdió su vida en modo violento y ha derramado su sangre anunciando a Cristo".