Año Nuevo de consensos
EL VIEJO refrán de año nuevo, vida nueva, solo tiene significado si puede contestarse la pregunta: ¿Pero de veras tienes el alma nueva? No existe un influjo capaz de convertir el traspaso del umbral de un nuevo año en la magia de que todo sea bueno y mejor. La renovación debe comenzar en el interior de cada ser humano. Si una persona se mira en el espejo de la vida en forma solitaria de seguro encontrará su egoísmo. Si por el contrario en ese espejo es posible incluir a los demás, especialmente a los más pobres, se construirán haces de solidaridad.
El nuevo año debería tener para los panameños un significado especial en el camino de la existencia individual y de la vida colectiva como Nación. Ese espíritu de renovación debería estimular las mejores fuerzas sociales. En la inclusión y la suma de voluntades es que se producen los encuentros y consensos básicos. Ese proceso está íntimamente relacionado con el evitar agudizar las diferencias y lograr la convergencia de objetivos comunes que motiven el entusiasmo colectivo.
La convergencia de todos los sectores dentro de la Nación de todos, es un constante desafío a la imaginación de los panameños y sus gobernantes. Corresponde a los líderes políticos, empresariales, sindicales, sociales y culturales proponer la deliberación abierta y el debate de ideas sobre los principales temas de Estado y su función pública. A esos grupos es que va dirigida la demanda de saber plantear los objetivos y estímulos nacionales por encima de intereses sectoriales como paso indispensable para construir el país de todos.
Ese es el genuino significado de una democracia incluyente y de un sistema institucional más permeable a las demandas ciudadanas. En el primer escalón de la visión democrática están las aspiraciones por bienestar social, seguridad y servicios básicos como salud y educación. Ese es el aspecto económico de la vida política de una sociedad.
Sin embargo, un mapa del poder en el que no existan oportunidades para hacer valer la opinión de sectores afectados por las decisiones del gobierno ni para exigir cambios frente a los rumbos tomados, es una mala noticia para quienes carecen de formas de expresión y de mecanismos para hacerse oír. Cuando las autoridades toman decisiones frente a la incapacidad ciudadana de fiscalizarlas o invalidarlas, se genera un desequilibrio en las relaciones entre la sociedad y el poder. Lo que queda es una democracia vaciada de contenido.
Ni los gobiernos tienen carta blanca de respaldo a todas sus decisiones, ni puede concluirse que las sociedades son tan masoquistas como para elegir persistentemente a sus verdugos. Por eso hay que conjurar el riesgo de manipular la voluntad colectiva. Una actitud genuinamente democrática es aquella en la que quien ejerce el poder trata de probar sus convicciones ante la sociedad, dando cuerpo y vitalidad a sus ideas y renunciando a la tentación de caer en un mero juego de formas y sombras.
La respuesta social frente a esa propuesta de encuentros y consensos básicos no debería fragmentarse por intereses heterogéneos, ni por la retórica carente de contenido o la indiferencia ciudadana. Pero hay que privilegiar el papel de las autoridades nacionales, en su gestión de gobernantes más que simples administradores. Ni los movimientos comunitarios, ni los intereses empresariales, ni las organizaciones sociales, ni los medios de comunicación, ni las redes de interacción informativa pueden reemplazar esa función pública.
El inicio de un nuevo año trae aparejado un proceso de renovación. En la evolución como Nación, un nuevo comienzo del ciclo de 365 días es una oportunidad invalorable para estimular los sentimientos colectivos. Hay que identificar, como individuos y como sociedad, los signos de los nuevos tiempos. De una nueva época que encuentre a todos dentro de una misma narrativa histórica y política que permita al país alcanzar una similar manera de leer el pasado, entender el presente y proyectarse hacia el futuro.
Panamá debe conjugar pensamiento y acción. La modernización del Estado, las reformas económicas y sociales no pueden convivir con la obscena concentración de la riqueza, ni la profundización de las desigualdades, ni la degradación institucional, ni la corrupción. De allí, entonces, la urgencia de diseñar nuevas políticas relativas a la vida pública, al desarrollo económico y social atendiendo los intereses del país en su conjunto. Es crear las condiciones para una nueva forma de gobernar que conjugue la igualdad y el desarrollo nacional.
El nuevo año puede significar para los panameños, como colectivo social, un desafío superior para integrar mejor la relación entre el pensar y el hacer. Esa es la combinación indispensable para reafirmar las convicciones de una Nación capaz de reformular un nuevo horizonte de esperanzas compartidas, de encuentros y consensos básicos y lineamientos estratégicos comunes.
El nuevo año debería tener para los panameños un significado especial en el camino de la existencia individual y de la vida colectiva como Nación. Ese espíritu de renovación debería estimular las mejores fuerzas sociales. En la inclusión y la suma de voluntades es que se producen los encuentros y consensos básicos. Ese proceso está íntimamente relacionado con el evitar agudizar las diferencias y lograr la convergencia de objetivos comunes que motiven el entusiasmo colectivo.
La convergencia de todos los sectores dentro de la Nación de todos, es un constante desafío a la imaginación de los panameños y sus gobernantes. Corresponde a los líderes políticos, empresariales, sindicales, sociales y culturales proponer la deliberación abierta y el debate de ideas sobre los principales temas de Estado y su función pública. A esos grupos es que va dirigida la demanda de saber plantear los objetivos y estímulos nacionales por encima de intereses sectoriales como paso indispensable para construir el país de todos.
Ese es el genuino significado de una democracia incluyente y de un sistema institucional más permeable a las demandas ciudadanas. En el primer escalón de la visión democrática están las aspiraciones por bienestar social, seguridad y servicios básicos como salud y educación. Ese es el aspecto económico de la vida política de una sociedad.
Sin embargo, un mapa del poder en el que no existan oportunidades para hacer valer la opinión de sectores afectados por las decisiones del gobierno ni para exigir cambios frente a los rumbos tomados, es una mala noticia para quienes carecen de formas de expresión y de mecanismos para hacerse oír. Cuando las autoridades toman decisiones frente a la incapacidad ciudadana de fiscalizarlas o invalidarlas, se genera un desequilibrio en las relaciones entre la sociedad y el poder. Lo que queda es una democracia vaciada de contenido.
Ni los gobiernos tienen carta blanca de respaldo a todas sus decisiones, ni puede concluirse que las sociedades son tan masoquistas como para elegir persistentemente a sus verdugos. Por eso hay que conjurar el riesgo de manipular la voluntad colectiva. Una actitud genuinamente democrática es aquella en la que quien ejerce el poder trata de probar sus convicciones ante la sociedad, dando cuerpo y vitalidad a sus ideas y renunciando a la tentación de caer en un mero juego de formas y sombras.
La respuesta social frente a esa propuesta de encuentros y consensos básicos no debería fragmentarse por intereses heterogéneos, ni por la retórica carente de contenido o la indiferencia ciudadana. Pero hay que privilegiar el papel de las autoridades nacionales, en su gestión de gobernantes más que simples administradores. Ni los movimientos comunitarios, ni los intereses empresariales, ni las organizaciones sociales, ni los medios de comunicación, ni las redes de interacción informativa pueden reemplazar esa función pública.
El inicio de un nuevo año trae aparejado un proceso de renovación. En la evolución como Nación, un nuevo comienzo del ciclo de 365 días es una oportunidad invalorable para estimular los sentimientos colectivos. Hay que identificar, como individuos y como sociedad, los signos de los nuevos tiempos. De una nueva época que encuentre a todos dentro de una misma narrativa histórica y política que permita al país alcanzar una similar manera de leer el pasado, entender el presente y proyectarse hacia el futuro.
Panamá debe conjugar pensamiento y acción. La modernización del Estado, las reformas económicas y sociales no pueden convivir con la obscena concentración de la riqueza, ni la profundización de las desigualdades, ni la degradación institucional, ni la corrupción. De allí, entonces, la urgencia de diseñar nuevas políticas relativas a la vida pública, al desarrollo económico y social atendiendo los intereses del país en su conjunto. Es crear las condiciones para una nueva forma de gobernar que conjugue la igualdad y el desarrollo nacional.
El nuevo año puede significar para los panameños, como colectivo social, un desafío superior para integrar mejor la relación entre el pensar y el hacer. Esa es la combinación indispensable para reafirmar las convicciones de una Nación capaz de reformular un nuevo horizonte de esperanzas compartidas, de encuentros y consensos básicos y lineamientos estratégicos comunes.