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Año nuevo, esperanza nueva


El panameño vivió un año duro, más que otros, porque estuvo esperanzado, aguardando un bienestar, y resultó golpeado por lamentables acontecimientos económicos, sociales y políticos mientras el gobierno que eligió con el mayor de los brillos, sobresalió en opacidad. Empezó a acostumbrarse a convivir con un mal ya común para todos: la falta de trabajo. Esta zigzagueante existencia interna nos presentó como un país incomprensible, porque teniéndolo todo -dólares, puertos, Canal, posición geográfica, centro financiero, una población cosmopolita-, pareciera que careciéramos de todo.
Encadenados a un pasado, entraremos en un futuro incierto, con inquietudes pétreas de querer vencer el infortunio y conformar una sociedad más solidaria, sin una estrategia y definición previa de objetivos nacionales. ¿Servirá hacer un balance explícito del año transcurrido en ese instante en que levantemos la copa para brindar por el nuevo año? Sí, porque de otro modo no tendremos una visión de avance sino de inmovilismo o inercia. Ese momento, que calificamos de imperceptible, nos ubicamos mentalmente en el futuro, donde todos tendremos que hacer el mayor esfuerzo, no sólo para ayudar a un gobierno, sino para sostener el orgullo del país y la solidez de sus habitantes, bajo el pilar indestructible de la democracia.
No puede, pues, terminar el año sin que haya una perspectiva, una visión, un mensaje, y deben darlo las generaciones intermedias, que por un lado ven con respeto a sus mayores, que los antecedieron, pero que por el otro, deben mirar más cuidadosamente a las generaciones jóvenes, que no comprenden cabalmente lo que sucede, y a quienes hay que enseñar que el verdadero potencial de nuestro país, pese a sus dificultades, está intacto y que sólo falta volver a ponerlo en movimiento. Que sea en el 2002.

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América