Año Nuevo, penas viejas
PRESTOS A adentrarnos en el nuevo año, los panameños acariciamos la esperanza y el optimismo como fórmulas mágicas para alcanzar el bienestar. Aún con los fardos a cuestas de las penas y calamidades sufridas por este pueblo durante los últimos años, especialmente el 2006, guardamos la esperanza, que según dicen es lo último que se pierde, de que el próximo año sea mejor que el pasado; es decir, que el nuevo año deshaga las penas viejas.
Con esas expectativas, deseamos un crecimiento de la conciencia social de nuestros gobernantes que los lleve a comprender que el genocidio no se refiere sólo a los asesinatos en masa que se producen cuando ocurren conflictos como los de los alemanes contra los judíos; los servios contra los montenecinos y los croatas; los etíopes contra los eritreos; los tucioes contra los hotou; los judíos contra los palestinos. También existe genocidio cuando los gobiernos se desinteresan de la suerte de sus asociados y los dejan huérfanos de la atención a que están obligados por fuerza y por derecho. Cuando pasiva o activamente facilitan la concentración de la riqueza en manos de los grupos política y económicamente poderosos; cuando sus acciones desmienten el discurso populista con el que tratan de enmascarar la falta de sintonía con las necesidades del pueblo.
El genocidio se hace patente cuando las autoridades correspondientes no garantizan la seguridad alimentaria ni del transporte público, lo que se traduce en millares de muertes por hambre, desnutrición u accidentes automovilísticos, como el del autobús incendiado. Cuando la salud pública se constituye en un motivo de ansiedad y de preocupación existencial, como lo produjo y aún lo produce los que murieron y siguen muriendo por SIRA, dengue, hepatitis, etc. Cuando los salarios y emolumentos que ganan los altos personeros de la administración superan escandalosamente los de la mayoría de los panameños, y las pensiones de jubilados-pensionados, a quienes se les trató de negar un exiguo aumento con miras, tal vez, a la eutanasia económica, fundamentados en las leyes de Malthus.
Existe genocidio si la colectividad no sólo siente inseguridad en las calles sino, peor aún, en el interior de sus propias casas porque el sistema policial, garante de nuestra tranquilidad, no ha logrado controlar el crimen, el robo ni los homicidios, contrariamente ha sido penetrado en su propio espacio por aquellos que tenía que controlar. Cuando la impunidad es tan visible como la corrupción, y a los que ejecutan la ley les resulta indiferente la opinión pública, la conciencia ciudadana y el respeto a los derechos y convenciones nacionales e internacionales; de tal manera que para hacer su santa voluntad les importa muy poco introducir enmiendas, cambiar leyes, repetir odiseas fracasadas como la de la sala quinta o quinta columna, sin sonrojarse por la interferencia de unos poderes sobre otros.
Otra forma de genocidio es la venta indiscriminada de nuestras islas y cintas costeras, las construcciones de megabloques con indiferencia total hacia el daño del ambiente y los recursos naturales renovables y no renovables de esta patria tan apetecida por los de afuera; así como la falta de cuidado de los recursos hídricos tanto para el funcionamiento del Canal como para las necesidades de la población.
¿ Qué peor forma de genocidio que un país pobre, subdesarrollado y tercemudista como el nuestro, considere una virtud perdonarle a Banistmo 400 millones de dólares en detrimento de la salud, la educación y la vivienda de este pueblo y, contrariamente, nos endeude en préstamos internacionales que nos harán reos económicos de los grandes consorcios a un nivel infinito?
Este genocidio social del que es víctima nuestro país, posee muchas más aristas, cuyas penas arrastramos como pesadas cadenas; pero las antes mencionadas, constituyen las principales penas viejas que deseamos incinerar antes del Año Nuevo.
Con esas expectativas, deseamos un crecimiento de la conciencia social de nuestros gobernantes que los lleve a comprender que el genocidio no se refiere sólo a los asesinatos en masa que se producen cuando ocurren conflictos como los de los alemanes contra los judíos; los servios contra los montenecinos y los croatas; los etíopes contra los eritreos; los tucioes contra los hotou; los judíos contra los palestinos. También existe genocidio cuando los gobiernos se desinteresan de la suerte de sus asociados y los dejan huérfanos de la atención a que están obligados por fuerza y por derecho. Cuando pasiva o activamente facilitan la concentración de la riqueza en manos de los grupos política y económicamente poderosos; cuando sus acciones desmienten el discurso populista con el que tratan de enmascarar la falta de sintonía con las necesidades del pueblo.
El genocidio se hace patente cuando las autoridades correspondientes no garantizan la seguridad alimentaria ni del transporte público, lo que se traduce en millares de muertes por hambre, desnutrición u accidentes automovilísticos, como el del autobús incendiado. Cuando la salud pública se constituye en un motivo de ansiedad y de preocupación existencial, como lo produjo y aún lo produce los que murieron y siguen muriendo por SIRA, dengue, hepatitis, etc. Cuando los salarios y emolumentos que ganan los altos personeros de la administración superan escandalosamente los de la mayoría de los panameños, y las pensiones de jubilados-pensionados, a quienes se les trató de negar un exiguo aumento con miras, tal vez, a la eutanasia económica, fundamentados en las leyes de Malthus.
Existe genocidio si la colectividad no sólo siente inseguridad en las calles sino, peor aún, en el interior de sus propias casas porque el sistema policial, garante de nuestra tranquilidad, no ha logrado controlar el crimen, el robo ni los homicidios, contrariamente ha sido penetrado en su propio espacio por aquellos que tenía que controlar. Cuando la impunidad es tan visible como la corrupción, y a los que ejecutan la ley les resulta indiferente la opinión pública, la conciencia ciudadana y el respeto a los derechos y convenciones nacionales e internacionales; de tal manera que para hacer su santa voluntad les importa muy poco introducir enmiendas, cambiar leyes, repetir odiseas fracasadas como la de la sala quinta o quinta columna, sin sonrojarse por la interferencia de unos poderes sobre otros.
Otra forma de genocidio es la venta indiscriminada de nuestras islas y cintas costeras, las construcciones de megabloques con indiferencia total hacia el daño del ambiente y los recursos naturales renovables y no renovables de esta patria tan apetecida por los de afuera; así como la falta de cuidado de los recursos hídricos tanto para el funcionamiento del Canal como para las necesidades de la población.
¿ Qué peor forma de genocidio que un país pobre, subdesarrollado y tercemudista como el nuestro, considere una virtud perdonarle a Banistmo 400 millones de dólares en detrimento de la salud, la educación y la vivienda de este pueblo y, contrariamente, nos endeude en préstamos internacionales que nos harán reos económicos de los grandes consorcios a un nivel infinito?
Este genocidio social del que es víctima nuestro país, posee muchas más aristas, cuyas penas arrastramos como pesadas cadenas; pero las antes mencionadas, constituyen las principales penas viejas que deseamos incinerar antes del Año Nuevo.