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Ante el colapso de un sistema


MUCHOS pensaron que el 22 de octubre, luego de la aprobación del referéndum sobre el Canal, Panamá comenzaría a flotar en bienestar. Ni más de 24 horas habían pasado desde el anuncio del Tribunal Electoral, cuando la falta de controles en el sistema de transporte público -por tantos años advertido-, trajo como consecuencia la muerte por calcinamiento de 18 personas.
Mientras esa tragedia ocurría, los muertos por la negligencia del Seguro Social y el Ministerio de Salud ascendían a 48, contrario a las 221 muertes que por las medicinas contaminadas asegura el Ministerio Público se han dado. Todo esto, al igual que en el transporte público, la inexistencia de controles públicos estuvo presente, lo que podría agravarse si se extiende el dengue hemorrágico que ya se está anunciando.
Esta carencia de controles se extiende a la Policía Nacional, cuando a uno de sus Comisionados -como que no hacía nada porque no tenía funciones asignadas- se le detiene por ser parte de una banda de narcos y que de seguro tendrá más ramificaciones dentro de la institución policial. Por el lado de la educación, la falta de controles también se hace presente, siendo escalofríante el porcentaje de estudiantes que tiene un "título" en mano, pero no puede ejercer su profesión porque no hay plazas disponibles o la cantidad de fracasos escolares que cada año se dan. Y la gente se da cuenta de este colapso cuando, en un alarde de incompetencia, el Gobierno Nacional sólo responde al caos que se crea con el asunto de los jubilados -que paraliza la ciudad por casi dos semanas- cuando un jubilado muere en medio de las protestas. Podríamos seguir reflejando el colapso existente si analizamos entidades como la Asamblea Nacional, sumida en tan escandalosa crisis que si el Presidente decide cerrarla más del 80% de la población lo apoyaría.
Decir que todo el problema nace en el presente gobierno, sería un absurdo. El colapso del sistema, que cada día de democrático tiene menos, se ha dado, quizás desde que en 1955 los panameños no fuimos capaces de descubrir quién había asesinado al Presidente Remón. Desde allí hemos ido como en una especie de permanente caída. Sin embargo, el Presidente Torrijos, con su juventud y dinamismo, debe darse cuenta de que muchas cosas pueden comenzar a arreglarse, tal como hizo desde el primer día de la crisis del transporte nombrando a un ejecutivo en el cargo y como lo hizo en Aduanas, donde se ha convertido en una oficina eficiente y ordenada, logrando ingresos muy superiores a los de cualquiera de quienes ocuparon ese despacho antes y tal como reflejan nombramientos como el de Benjamín Colamarco y Juan Planells.
La mediocridad es tan grande que un ministro colonense no sabe el significado del 5 de noviembre, fiesta clásica de esa provincia, o de otro, supuestamente muy versado como para dirigir la educación nacional, que desconoce el significado del Día de la Bandera. Así, simplemente, no se puede hacer detener la caída de un país que, con un poco de dinamismo y decisión, se puede reinventar y someterlo a un intenso proceso de reingeniería. El país no se puede manejar con los amigos y socios comerciales; esos sirven para compartir tragos y para discutir estrategias para los negocios comunes; no para gobernar.
En la medida que el presidente Torrijos no se dé cuenta de la responsabilidad que tiene en sus manos frente a un país que por su falta de controles seguirá explotando con una crisis diariamente, seguiremos a la deriva: un día, los jubilados, otro el transporte, otro la educación; otro la Policía, otro la Asamblea; otro la justicia, hasta que todo junto termine en una verdadera explosión social.
Ojalá que el 2007 sirva para que el Presidente Torrijos se deje asesorar por los que tienen en su mente el interés nacional y se decida de una vez por todas a gobernar con los mejores, ya que el país se merece ser gobernando por las más capaces y lo que más están dispuestos a evitar el colapso nacional de nuestras instituciones.
"Ninguna de las instituciones tiene claro a quién le debe tocar la labor de dárle mantenimiento a los monumentos, y precisamente por ello es que se encuentran en el estado en el que están".
Según Fitzgerald, el cuidado y mantenimiento de los bustos y estatuas, le compete a las autoridades municipales, en primera instancia.
Fitzgerald aclara que esto es así, siempre y cuando no se traten de monumentos declarados como Patrimonio de la Humanidad, porque de ser así, la responsable del mantenimiento debe ser de la Oficina del Casco Antiguo (OCA).

101 años de Panamá América

 
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