Ante la frecuencia de lo inevitable
Con cierta regularidad por razones de convivencia en esta comunidad de seres humanos, debemos participar en esos encuentros difíciles de describir que llamamos funerales, exequias, entierros, misas de muertos. Postrimería le llamamos a esta situación terminal a la que estamos abocados todos. Lo desconcertante es hablar de este asunto en el contexto precarnavalesco fuera de que es en sí tema tabú.
Nunca será agradable. Pero es un hecho para el cual hay que estar preparados. Más aún es una obra de misericordia para nosotros que hemos sido levantados en una fe cristiana y católica. Sé que muchas personas se excluyen diciendo que les repugna participar en ellos. Hay otras personas que lo hacen con sinceridad y la mayoría lo hace por cumplir. Cruelmente me decía una persona que hay que ir para "ver y para que te vean", "to see and to be seen".
Ver ¿qué? Y para que te vean, ¿quiénes? Lejos de nosotros tal praxis, aunque en la vida así son las cosas. No vamos a ver nada más como curiosos y morbosos como ocurre en algunas de las barriadas marginales donde existe un afán de curiosear el rostro del fallecido. Muchos repiten: Lo que soy yo me quedo con la última imagen visual de la persona no de cómo lo acabó la enfermedad o el accidente. Hay que respetar el ser humano. ¿Qué te van a ver, y qué? No debe ser esa la motivación de que te van a echar en rostro que no hiciste acto de presencia.
En la vida de San Francisco de Borja, santo jesuita español, se cuenta que el momento de su conversión de distinguido seglar mundano a otro tipo de vida más dedicado al Señor, fue cuando comprobó cómo se había deteriorado el bello rostro de la reina, exclamó: "No quiero servir a ningún señor que se pueda morir".
Alabo, digo, a todos los que participan en la expresión religiosa colectiva y masiva, porque su presencia quiere reafirmar la condición humanista realista de quien sigue aceptando los misterios de la vida, preguntas a las que no tiene respuestas fáciles y para las que no quiere respuestas, porque no las hay. Ni es la hora de hacerse el "filósofo" y el entrar en esas comprensibles rebeldías de que Dios ha sido demasiado injusto con nosotros más que con otras personas, que no puede existir un Dios que nos torture con estas situaciones. No hay que echarle la culpa a Dios, ni creer que le suceden a uno esas pruebas por castigo y venganza de Dios con nosotros. Hace algunos años se me acercó una persona cuyo esposo había fallecido tras larga enfermedad y sin ningún miramiento con las reglas de elemental urbanidad me esperó: "No me vengas a citar la Biblia ni a rezarme saltos ni aconsejarme..."
Los monjes cartujos cuentan que entre sus costumbres tenían la de la visita diaria de otro monje a lo largo de las celdas repitiendo: "Morir tenemos" y los monjes en sus celdas tenían que responder: "Ya lo sabemos". Una manera de irse preparando para la muerte. Un conocido periodista y abogado de hace algunos años enfermo terminal en una visita que le hice me observó: "Padre, tenemos que aprender a morir, pues no estamos preparados". Me sorprendió esta salida que hablaba muy bien del enfermo y más en medio de esta subcultura panameña en que tales actitudes no son muy aceptadas, aunque serían muy recomendables y sanas para hacerle frente al hecho natural de la muerte con tranquilidad y sin los naturales temores que hoy nos asaltan. Y más en el contexto carnavalesco en que se exarceba la frivolidad.
¡Qué pronto se me hizo tarde! Para muchos que estamos entre las 7 y 9 de la noche del día que es el vivir, los que entramos en el "arrabal de senectud", la cronología ya es dura de lidiar para que le añadamos la "cronopatía", que es la pena con calendarios y partidas de nacimientos. "Somos lo que nos han querido" afirma un escritor. Si algo es capaz de dar sentido a la existencia humana, téngase la cosmovisión que se tenga, eso es la fuerza del amor. Tanto que, en verdad, "quien no ama permanece en la muerte" (1 de Jn. 3, 14). En definitiva, vivir es llenar la propia existencia de rostros, de gestos, de ternura, de pequeños detalles de hechos discretos pero sublimes, de hacer realidad, en suma aquella súplica de Casaldáliga "Cuando me presente ante ti, Padre, quiero llenarme con las manos vacías y el corazón lleno de nombres". Y es que definitivamente, no sólo existimos por amor, somos por amor. De ahí que propiamente podamos afirmar que somos lo que nos han querido.
Nunca será agradable. Pero es un hecho para el cual hay que estar preparados. Más aún es una obra de misericordia para nosotros que hemos sido levantados en una fe cristiana y católica. Sé que muchas personas se excluyen diciendo que les repugna participar en ellos. Hay otras personas que lo hacen con sinceridad y la mayoría lo hace por cumplir. Cruelmente me decía una persona que hay que ir para "ver y para que te vean", "to see and to be seen".
Ver ¿qué? Y para que te vean, ¿quiénes? Lejos de nosotros tal praxis, aunque en la vida así son las cosas. No vamos a ver nada más como curiosos y morbosos como ocurre en algunas de las barriadas marginales donde existe un afán de curiosear el rostro del fallecido. Muchos repiten: Lo que soy yo me quedo con la última imagen visual de la persona no de cómo lo acabó la enfermedad o el accidente. Hay que respetar el ser humano. ¿Qué te van a ver, y qué? No debe ser esa la motivación de que te van a echar en rostro que no hiciste acto de presencia.
En la vida de San Francisco de Borja, santo jesuita español, se cuenta que el momento de su conversión de distinguido seglar mundano a otro tipo de vida más dedicado al Señor, fue cuando comprobó cómo se había deteriorado el bello rostro de la reina, exclamó: "No quiero servir a ningún señor que se pueda morir".
Alabo, digo, a todos los que participan en la expresión religiosa colectiva y masiva, porque su presencia quiere reafirmar la condición humanista realista de quien sigue aceptando los misterios de la vida, preguntas a las que no tiene respuestas fáciles y para las que no quiere respuestas, porque no las hay. Ni es la hora de hacerse el "filósofo" y el entrar en esas comprensibles rebeldías de que Dios ha sido demasiado injusto con nosotros más que con otras personas, que no puede existir un Dios que nos torture con estas situaciones. No hay que echarle la culpa a Dios, ni creer que le suceden a uno esas pruebas por castigo y venganza de Dios con nosotros. Hace algunos años se me acercó una persona cuyo esposo había fallecido tras larga enfermedad y sin ningún miramiento con las reglas de elemental urbanidad me esperó: "No me vengas a citar la Biblia ni a rezarme saltos ni aconsejarme..."
Los monjes cartujos cuentan que entre sus costumbres tenían la de la visita diaria de otro monje a lo largo de las celdas repitiendo: "Morir tenemos" y los monjes en sus celdas tenían que responder: "Ya lo sabemos". Una manera de irse preparando para la muerte. Un conocido periodista y abogado de hace algunos años enfermo terminal en una visita que le hice me observó: "Padre, tenemos que aprender a morir, pues no estamos preparados". Me sorprendió esta salida que hablaba muy bien del enfermo y más en medio de esta subcultura panameña en que tales actitudes no son muy aceptadas, aunque serían muy recomendables y sanas para hacerle frente al hecho natural de la muerte con tranquilidad y sin los naturales temores que hoy nos asaltan. Y más en el contexto carnavalesco en que se exarceba la frivolidad.
¡Qué pronto se me hizo tarde! Para muchos que estamos entre las 7 y 9 de la noche del día que es el vivir, los que entramos en el "arrabal de senectud", la cronología ya es dura de lidiar para que le añadamos la "cronopatía", que es la pena con calendarios y partidas de nacimientos. "Somos lo que nos han querido" afirma un escritor. Si algo es capaz de dar sentido a la existencia humana, téngase la cosmovisión que se tenga, eso es la fuerza del amor. Tanto que, en verdad, "quien no ama permanece en la muerte" (1 de Jn. 3, 14). En definitiva, vivir es llenar la propia existencia de rostros, de gestos, de ternura, de pequeños detalles de hechos discretos pero sublimes, de hacer realidad, en suma aquella súplica de Casaldáliga "Cuando me presente ante ti, Padre, quiero llenarme con las manos vacías y el corazón lleno de nombres". Y es que definitivamente, no sólo existimos por amor, somos por amor. De ahí que propiamente podamos afirmar que somos lo que nos han querido.