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Antes de que sea demasiado tarde


Cuando en 1998 varios miembros del grupo ecologista internacional Greenpeace se las ingeniaron para abordar la nave Pacific Swan que transportaba basura nuclear vitrificada en su ruta de Francia a Japón, poco antes de atravesar el Canal de Panamá, no sólo realizaron un acto temerario, sino que llamaron la atención del mundo sobre el peligro que corre nuestro país, y por extensión una parte de la humanidad, al moverse de un sitio a otro este ominoso cargamento.
En un artículo aparecido en La Prensa, el 2 de abril pasado, el abogado Alexis V. Herrera V. señala al respecto, con lúcida y transparente sencillez, una verdad inexorable: "El argumento de que reiteradas veces se ha realizado la travesía con las mismas cargas sin novedad y gracias a medidas de seguridad que dicen se han adoptado (...) es consuelo de tontos. ¿Qué medidas de seguridad garantizan que no se dé el engaño y la falsificación sobre el material radioactivo reciclado, y qué medidas impiden el sabotaje en la misma planta? O es que los toneles del desecho nuclear y la nave Pacific Swan fueron hechos por una mano divina y, por tanto, a prueba de todo error humano, acto de sabotaje, terrorismo, accidente o caso fortuito cualquiera". El gobierno panameño no debe mirar para otra parte en este asunto, sustentando su tozudez en tales razonamientos. Ningún convenio marítimo internacional, y mucho menos la no- captación del elevado ingreso por los peajes que pagan tales barcos, amerita poner en riesgo la seguridad de nuestro país. El artículo de Herrera tiene el mérito de hacer señalamientos contundentes en su visión del problema. "No hay medidas o precaución humana que haga imposible (...) un accidente o (...) un incendio en una nave con carga nuclear, mientras atraviesa el Canal o navega nuestras aguas".
"Por el sólo hecho de que los miembros de Greenpeace lograran abordar el Pacific Swan poco antes de su llegada al Canal, se deduce que también había la posibilidad, si sus intenciones hubieran sido otras, de que intentaran un sabotaje. Con acierto ejemplifica Herrera: "La historia de los abordajes, naufragios, encallamientos o incendios de los más seguros buques y los accidentes o escapes de radiación de las seguras plantas nucleares, de los que aún no se repone la humanidad, son sustento indiscutible de lo inevitable de los accidentes. El naufragio del Titanic, el abordaje del Andrea Dotia, el encallamiento del Exxon Valdés, los escapes de radiación en plantas nucleares en Rusia y Japón, por mencionar los más recientes, se dieron con todo y las medidas de seguridad y es probable que en todos los casos, el error o la participación humana fue elemento decisivo".
Después, Herrera pasa a mencionar la desintegración del Challenger en el espacio con toda su tripulación, "ante los atómicos ojos de millones de televidentes". Y en seguida cita el caso reciente de cómo unos pasacables de la Autoridad del Canal "sufrieron los efectos del gas irritante anhídrido ascético, como consecuencia del escape de la carga del buque Stolt Loyalty que atravesaba el Canal". Otra observación inteligente y oportuna que hace Herrera en su multicitado artículo es que, pese a cualquier objeción de "las grandes potencias beneficiarias principales del uso del combustible nuclear", nuestro gobierno debería denunciar en los foros internacionales "la amenaza a que se somete a nuestro país cada vez que una nave con carga nuclear atraviesa el Canal".
Además, observa, contamos con la fuerza moral de que "seríamos las primeras y directas víctimas de cualquier accidente". Lo cual, por supuesto, es un argumento incuestionable y, más aún, irrebatible. También explica que si bien el Tratado de Neutralidad Permanente que tuvimos que aceptar amarrado el tratado que nos devolvió el Canal y las áreas aledañas, "nos impone la obligación de permitir el paso de las naves de guerra y auxiliares de todas las banderas con independencia de su sistema de propulsión" y esto "nos obliga a permitir naves con propulsión nuclear", no tiene por qué hacerse extensivo a naves con cargamento nuclear. Otro argumento jurídicamente sólido.
No sólo debemos denunciar el problema ante la Asamblea General de las Naciones Unidas y ante todos los Estados del mundo, como lo sugiere Herrera, sino que cuanto antes debe aprobarse una ley promovida por la señora Presidenta, haciendo valer nuestra soberanía en aras de la seguridad nacional. Y debe hacerse por encima de cualquier consideración normativa o económica. Antes de que sea demasiado tarde.
Soy de los que opinan que no sólo debemos solidaridad intelectual a quienes en otros medios de comunicación presentan ideas valiosas que atañen a la nación panameña, como ahora es el caso del abogado Herrera -ojalá todos los abogados pensaran y actuaran siempre como él en temas relacionados con la vida, la justicia y la verdad -, sino que, además, tenemos la obligación de pronunciarnos sobre todo lo que, teniendo remedio, anda mal en el mundo en que vivimos o nos vive. Alexis V. Herrera, a quien no tengo el gusto de conocer, coincide conmigo en este tópico del que ya en otra ocasión escribí en El Panamá América. Sólo que lo hace con mayores conocimientos. De ahí este nuevo artículo, y mi llamado a otros profesionales conocedores de la materia para que se pronuncien al respecto.

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