Antiyanquismo en Medio Oriente
Estados Unidos podría haber evitado una serie de dudosas intervenciones militares, si su gobierno hubiese demostrado mayor sensibilidad a los ejemplos que provee la historia.
Uno de los errores iniciales de la posguerra fue el de utilizar la exitosa conspiración contra el líder laico Mohammad Mossadegh de Irán, a quien falsamente la CIA acusó de comunista, como modelo del golpe militar que en 1958 derribó al socialdemócrata Jacobo Arbenz, de Guatemala.
En lo que se perfila como el argumento central de un nuevo libro, Stephen Kinzaer, el veterano corresponsal del New York Times en Centreoamérica y el Oriente Medio advierte: “Gobiernos que estimulan golpes de Estado, revoluciones o invasiones armadas, por lo general comienzan convencidos que saldrán victoriosos y a veces lo son.” “Sin embargo, sus victorias pueden convertirse en pesadillas, a veces de la manera más devastadora y trágica”, añade en una análisis que perfectamente podría tomarse como diagnóstico de las circunstancias que originaron el genocidio y el desgobierno que desde décadas sacude al panorama político de Guatemala.
En su aclamado libro Todos los Hombres del Shah (All the Shah’s Men: An American Coup and the Roots of Middle East Terrorism”), Kinzer trata de explicar el antiyanquismo que actualmente cunde en el Medio Oriente y que mantiene tan confundido al público estadounidense.
“El violento antiyanquismo que sacudió a Irán tras 1979, sorprendió a mucha gente en Estados Unidos,” escribe el autor refiriéndose a la toma de la embajada estadounidense con centenares de rehenes, acto que contribuyó a la subsiguiente derrota electoral del presidente Jimmy Carter en la elección que llevó al poder a Ronald Reagan.
“Los estadounidenses no tenían la menor idea de lo que detonó un odio tan violento en un país que pensaron sólo tenía las mejores impresiones sobre Estados Unidos”.
“La Operación ‘Ajax’, que fue el nombre que la CIA dio al operativo contra Mossadegh, fue un gran trauma para Irán, el Oriente Medio y el mundo colonial,” continúa Kinzer.
“Marco la primera vez que Estados Unidos derribó a un gobierno extranjero. Así esbozó un patrón de los futuros años e influenció la imagen de Estados Unidos para millones de personas en los años venideros”.
El análisis de Kinzer también deja establecido que el impulso intervencionista de la posguerra se inicia con la llegada al poder del gobierno republicano de Dwight D. Eisenhower con sus dos apóstoles de las operaciones encubiertas: el secretario de Estado, John Foster Dulles, y su hermano Allan Dulles, jefe de la CIA.
Es de notar que cuando Kermit Roosevelt, un nieto del presidente Teodoro Roosevelt, que fue el quijotesco jefe de la célula de la CIA en el Oriente Medio, trata de lograr el apoyo del presidente Harry Truman para derrocar a Mossadegh, éste lo rechaza categóricamente con el argumento de que Estados Unidos “no participa de ambiciones coloniales”.
“Truman aceptó y hasta dio la bienvenida a la ola de nacionalismo que crecía en el mundo en desarrollo”, recuerda Kinzer. “Estaba convencido de que colocando a Estados Unidos a lado de los movimientos nacionalista, Estados Unidos era el mejor amigo de Asia, Africa y Latinoamérica. La idea de derribar a un gobierno extranjero le parecía una aberración, en parte porque reconocía que las consecuencias de largo alcance eran imprevisibles y podían hasta llegar a ser catastróficas”.
Uno de los errores iniciales de la posguerra fue el de utilizar la exitosa conspiración contra el líder laico Mohammad Mossadegh de Irán, a quien falsamente la CIA acusó de comunista, como modelo del golpe militar que en 1958 derribó al socialdemócrata Jacobo Arbenz, de Guatemala.
En lo que se perfila como el argumento central de un nuevo libro, Stephen Kinzaer, el veterano corresponsal del New York Times en Centreoamérica y el Oriente Medio advierte: “Gobiernos que estimulan golpes de Estado, revoluciones o invasiones armadas, por lo general comienzan convencidos que saldrán victoriosos y a veces lo son.” “Sin embargo, sus victorias pueden convertirse en pesadillas, a veces de la manera más devastadora y trágica”, añade en una análisis que perfectamente podría tomarse como diagnóstico de las circunstancias que originaron el genocidio y el desgobierno que desde décadas sacude al panorama político de Guatemala.
En su aclamado libro Todos los Hombres del Shah (All the Shah’s Men: An American Coup and the Roots of Middle East Terrorism”), Kinzer trata de explicar el antiyanquismo que actualmente cunde en el Medio Oriente y que mantiene tan confundido al público estadounidense.
“El violento antiyanquismo que sacudió a Irán tras 1979, sorprendió a mucha gente en Estados Unidos,” escribe el autor refiriéndose a la toma de la embajada estadounidense con centenares de rehenes, acto que contribuyó a la subsiguiente derrota electoral del presidente Jimmy Carter en la elección que llevó al poder a Ronald Reagan.
“Los estadounidenses no tenían la menor idea de lo que detonó un odio tan violento en un país que pensaron sólo tenía las mejores impresiones sobre Estados Unidos”.
“La Operación ‘Ajax’, que fue el nombre que la CIA dio al operativo contra Mossadegh, fue un gran trauma para Irán, el Oriente Medio y el mundo colonial,” continúa Kinzer.
“Marco la primera vez que Estados Unidos derribó a un gobierno extranjero. Así esbozó un patrón de los futuros años e influenció la imagen de Estados Unidos para millones de personas en los años venideros”.
El análisis de Kinzer también deja establecido que el impulso intervencionista de la posguerra se inicia con la llegada al poder del gobierno republicano de Dwight D. Eisenhower con sus dos apóstoles de las operaciones encubiertas: el secretario de Estado, John Foster Dulles, y su hermano Allan Dulles, jefe de la CIA.
Es de notar que cuando Kermit Roosevelt, un nieto del presidente Teodoro Roosevelt, que fue el quijotesco jefe de la célula de la CIA en el Oriente Medio, trata de lograr el apoyo del presidente Harry Truman para derrocar a Mossadegh, éste lo rechaza categóricamente con el argumento de que Estados Unidos “no participa de ambiciones coloniales”.
“Truman aceptó y hasta dio la bienvenida a la ola de nacionalismo que crecía en el mundo en desarrollo”, recuerda Kinzer. “Estaba convencido de que colocando a Estados Unidos a lado de los movimientos nacionalista, Estados Unidos era el mejor amigo de Asia, Africa y Latinoamérica. La idea de derribar a un gobierno extranjero le parecía una aberración, en parte porque reconocía que las consecuencias de largo alcance eran imprevisibles y podían hasta llegar a ser catastróficas”.