Aprensiones con el TLC
Los tratados de libre comercio (TLC) no son ni buenos ni malos, son apenas una oportunidad para crecer y ser mejores. En especial, el que se negocia actualmente con Estados Unidos ha desatado una lluvia de aprensiones en el sector productivo agropecuario, las cuales se justifican por el sigilo y hermetismo que suele caracterizar a estos procesos, más que por el peligro que realmente entrañe para una actividad de la que depende al menos el 35% de la población del país.
Buenos o malo, no es el hecho. La clave del asunto es llevar adelante una negociación que, salvaguardando el interés vital del país y del sector, permita abrir para los panameños posibilidades de expansión económica infinitas. "El cielo es el límite", titula un libro de autoayuda. Estos convenios, a más de inevitables y al margen de sus riesgos, son oportunidades que debería apreciar y aprovechar nuestro agro.
En el mar de temores, hemos escuchado pretensiones tan absurdas como la de excluirse de la negociación, o lo que es lo mismo, perpetuar la situación de un mini mercado que usualmente alcanza apenas para la sobrevivencia, en medio de índices de pobreza inaceptables. Por otra parte, es cierto que, en el caso de Estados Unidos, existen multimillonarios subsidios que no permiten competir en pie de igualdad. Pero la experiencia de otros países nos muestra que, aún con los subsidios - de los cuales debemos protegernos - pueden abrirse oportunidades de exportación y de colaboraciones bi-nacionales y estratégicas privadas que pueden resultar mutua y altamente beneficiosas.
Centroamérica, por ejemplo, que tiene una infraestructura rural no muy distinta a la nuestra, firmó ya su convenio y, pese a los naturales temores, nadie muere de miedo. Ya se mentalizaron y están listos para que empiece el juego del libre intercambio el cual, a la corta y a la larga, son siempre mutuamente convenientes.
Decir que no podemos exportar productos alimenticios por tal o cual razón, no es totalmente exacto. Si bien hay rubros nuestros que no alcanzan los estándares mínimos de calidad del exigente mercado estadounidense, a más de la competencia con otras naciones, lo cierto es que se nos abren las puertas del más rico y apetecido conglomerado de consumidores del planeta, lo cual vienen aprovechando desde hace tiempo distintos exportadores locales, pese a no contar con un tratado de ese tipo.
Para terminar, vamos a mencionar uno solo del cúmulo de infinitos segmentos suculentos y accesibles del mercado norteamericano, que es el de los 35 millones de hispanoamericanos que residen allá, llevando consigo los hábitos alimenticios de nuestros pueblos.
Ese sector, de muy altos ingresos y consumo, es tan importante que ha obligado a todas las grandes cadenas de supermercados a apartar amplias secciones especializadas en alimentos y conservas originarias de nuestros países y que no se producen allá. ¿Qué venderles? Pues de todo, incluso sancocho enlatado. Entonces, ¿qué estamos esperando?
Buenos o malo, no es el hecho. La clave del asunto es llevar adelante una negociación que, salvaguardando el interés vital del país y del sector, permita abrir para los panameños posibilidades de expansión económica infinitas. "El cielo es el límite", titula un libro de autoayuda. Estos convenios, a más de inevitables y al margen de sus riesgos, son oportunidades que debería apreciar y aprovechar nuestro agro.
En el mar de temores, hemos escuchado pretensiones tan absurdas como la de excluirse de la negociación, o lo que es lo mismo, perpetuar la situación de un mini mercado que usualmente alcanza apenas para la sobrevivencia, en medio de índices de pobreza inaceptables. Por otra parte, es cierto que, en el caso de Estados Unidos, existen multimillonarios subsidios que no permiten competir en pie de igualdad. Pero la experiencia de otros países nos muestra que, aún con los subsidios - de los cuales debemos protegernos - pueden abrirse oportunidades de exportación y de colaboraciones bi-nacionales y estratégicas privadas que pueden resultar mutua y altamente beneficiosas.
Centroamérica, por ejemplo, que tiene una infraestructura rural no muy distinta a la nuestra, firmó ya su convenio y, pese a los naturales temores, nadie muere de miedo. Ya se mentalizaron y están listos para que empiece el juego del libre intercambio el cual, a la corta y a la larga, son siempre mutuamente convenientes.
Decir que no podemos exportar productos alimenticios por tal o cual razón, no es totalmente exacto. Si bien hay rubros nuestros que no alcanzan los estándares mínimos de calidad del exigente mercado estadounidense, a más de la competencia con otras naciones, lo cierto es que se nos abren las puertas del más rico y apetecido conglomerado de consumidores del planeta, lo cual vienen aprovechando desde hace tiempo distintos exportadores locales, pese a no contar con un tratado de ese tipo.
Para terminar, vamos a mencionar uno solo del cúmulo de infinitos segmentos suculentos y accesibles del mercado norteamericano, que es el de los 35 millones de hispanoamericanos que residen allá, llevando consigo los hábitos alimenticios de nuestros pueblos.
Ese sector, de muy altos ingresos y consumo, es tan importante que ha obligado a todas las grandes cadenas de supermercados a apartar amplias secciones especializadas en alimentos y conservas originarias de nuestros países y que no se producen allá. ¿Qué venderles? Pues de todo, incluso sancocho enlatado. Entonces, ¿qué estamos esperando?