"Après le Oui, le Déluge"
"Con el cebo de una mentira se pesca una carpa de verdad." William Shakespeare ¿Por qué me robé una frase tan desoladora: "Après moi le Déluge", que quiere decir "Después de mí el diluvio". Para reciclarla y convertirla en el título de este artículo "Después delSí, el diluvio"? Déjame ver si puedo explicarme: La frase es original de Luis XV de Francia. Dudo que de su boca haya escapado alguna otra frase digna de repetirse. Tal vez, arrastrado por la misma corriente absolutista y arrogante de su bisabuelo Luis XIV, quiso imitarlo, ya que el llamado "Rey Sol" también suele ser recordado por una sola frase: «L"état c"est moi» ("El Estado soy yo"), arrojada a la cara de una gavilla de parlamentarios sumisos y codiciosos. Otro de sus rasgos de modestia fue que hizo bautizar al Estado de Louisiana con su ilustre y brillante nombre (siglos después lo inundaría el huracán Katrina). Tanto el bisabuelo como el bisnieto vivieron en una pompa y esplendor que le costó mucho sudor y sangre al pueblo francés. A pesar de ser reyes, actuaron como labradores al sembrar con sus dispendios la semilla de la Revolución, que años después cosecharía el desafortunado Luis XVI. Amigo, amiga mía, no quiero que te preocupes, eso fue en el siglo XVIII. Volvamos a nuestro tiempo.
Espero que después del Sí en nuestro referéndum , nos caiga un diluvio. Y, más que diluvio, pienso en inundaciones. A partir del 2007, el país quedará tan inundado de puestos de trabajo, que nuestro formidable organismo turístico invitará a los extranjeros a nadar. Se inundará de dólares la economía nacional, todos ganaremos, desde el humilde vendedor de pivaes hasta las entidades que suplirán los préstamos (y, natural y legalmente, los comisionistas), hasta que quedemos flotando como un corcho de botella de nance en ese soñado primer mundo de maravilla. Los predios del canal se inundarán de fabulosas maquinarias de movimiento de tierra como nunca habrá visto Juan Pedro Güeverín. Y, finalmente, una fulgurante mañana de agosto del 20 se inundarán las colosales esclusas donde se acomodarán, quizá no muy cómodamente, barcos de 140 mil toneladas. Ah, espléndida, terrible y beneficiosa inundación. Amén.
Me he equivocado tanto en la vida, y hoy me equivoco más que nunca, por lo que decidí hace ya bastante que no soy un pontífice de la verdad, ni un maestro de juventudes, ni siquiera un gurú para misnietas; por tal razón me hice cuentista. Yo cuento, no enseño. Prometo, sin mucha solemnidad, que no alzaré contra nadie mi dedo recriminatorio ni mi voz clamará: «Se los dije», si los negros vaticinios que vertí se volvieran realidad y en vez de inundaciones nademos en el polvo de la deuda.
Ojalá la equivocación me corone nuevamente como campeón y que no haya sido una mentira repetida coninsistencia la que haya usurpado el lugar de la verdad. Con todo y eso, hubiese preferido que los votos del pasado referendúm no se hubiesen contado, sino que se hubiesen pesado en una balanza llamada "fiel", y que a través de tantas y tantas elecciones, no me hubiese convencido de que Platón acertó al afirmar que lo malo de la democracia es que rara vez la mayoría tiene la razón. Y te diré que si insisto en escribir sobre el bendito tema es por recomendación de mi amigancho Montaigne: "Conservar los sentimientos inmóviles sin inclinarse a ningún lado en las agitaciones del país, ni es bueno ni es noble".
Espero que después del Sí en nuestro referéndum , nos caiga un diluvio. Y, más que diluvio, pienso en inundaciones. A partir del 2007, el país quedará tan inundado de puestos de trabajo, que nuestro formidable organismo turístico invitará a los extranjeros a nadar. Se inundará de dólares la economía nacional, todos ganaremos, desde el humilde vendedor de pivaes hasta las entidades que suplirán los préstamos (y, natural y legalmente, los comisionistas), hasta que quedemos flotando como un corcho de botella de nance en ese soñado primer mundo de maravilla. Los predios del canal se inundarán de fabulosas maquinarias de movimiento de tierra como nunca habrá visto Juan Pedro Güeverín. Y, finalmente, una fulgurante mañana de agosto del 20 se inundarán las colosales esclusas donde se acomodarán, quizá no muy cómodamente, barcos de 140 mil toneladas. Ah, espléndida, terrible y beneficiosa inundación. Amén.
Me he equivocado tanto en la vida, y hoy me equivoco más que nunca, por lo que decidí hace ya bastante que no soy un pontífice de la verdad, ni un maestro de juventudes, ni siquiera un gurú para misnietas; por tal razón me hice cuentista. Yo cuento, no enseño. Prometo, sin mucha solemnidad, que no alzaré contra nadie mi dedo recriminatorio ni mi voz clamará: «Se los dije», si los negros vaticinios que vertí se volvieran realidad y en vez de inundaciones nademos en el polvo de la deuda.
Ojalá la equivocación me corone nuevamente como campeón y que no haya sido una mentira repetida coninsistencia la que haya usurpado el lugar de la verdad. Con todo y eso, hubiese preferido que los votos del pasado referendúm no se hubiesen contado, sino que se hubiesen pesado en una balanza llamada "fiel", y que a través de tantas y tantas elecciones, no me hubiese convencido de que Platón acertó al afirmar que lo malo de la democracia es que rara vez la mayoría tiene la razón. Y te diré que si insisto en escribir sobre el bendito tema es por recomendación de mi amigancho Montaigne: "Conservar los sentimientos inmóviles sin inclinarse a ningún lado en las agitaciones del país, ni es bueno ni es noble".