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Apuntes para una sociólogía del turismo


En la reciente década, las palabras que más hemos escuchado como posibles sinónimos al bienestar social y económico de nuestros pueblos, han sido aquellas relacionadas con la globalización, el desarrollo sostenible, la reingeniería, la calidad total holística y... el turismo. Las primeras cuatro contemplan aspectos ideológicos de gran trascendencia. La última, pone los pies en la tierra.
La actividad turística representa la indu-servicio (indu por industria) de mayor crecimiento en el mundo actualmente, con predicciones de un crecimiento sostenido y espectacular para el próximo siglo. Esta actividad que, en su momento, fue concebida como la posibilidad de disfrutar de algunos instantes de ocio y recreación, se ha transformado para adquirir la complejidad propia del fin de siglo. El turismo actual nace y se nutre de la cultura, la ciencia, la tecnología, los conflictos sociales y las políticas económicas gubernamentales. Estos aspectos le dan su carácter universal e infinito por lo que puede, sin lugar a dudas, satisfacer todas las motivaciones humanas que orientan a un individuo o grupos a practicar una actividad que le aleja de su entorno comunitario para ofrecer nuevas perspectivas culturales.
De manera que una sociología del turismo es factible en cuanto se refiere al hombre como ser social que interactúa dentro de grupos humanos específicos y necesita ampliar su visión del mundo para dar forma y sentido a su vida. Una vida que se enmarca dentro de una cultura particular pero que entra en contacto con otras culturas que le dejan descubrir su probablemente guardado etnocentrismo, o su deseo secreto de lograr una asimilación cultural que le lleve a adquirir un status diferente al que posee actualmente.
Más aún, una sociología del turismo trasciende los límites individuales para comprender el porqué una sociedad socialista es capaz de ofertar su país de la manera más capitalista, como lugar ideal para vacacionar, o establecer los elementos que convierten a una nación con fuerte arraigo en la tradición, elementos que convierten a una nación con fuerte arraigo en la tradición religiosa, en una de las mecas más caras del turismo mundial y que comercia hasta con el agua de sus ríos; e incluso, buscar las causas y ofrecer soluciones del porqué un país con todos los recursos potenciales para ser un excelente destino turístico, camina dando tumbos, cual infante inseguro, en ese proceso.
Hablar sociológicamente del turismo no es sencillo. El turismo pareciera ser una actividad frívola y etcétera, que gana gracias a la fantasía de los viajeros y la astucia de los lugareños. Sin embargo, es en el turismo donde se pueden conjugar los elementos necesarios para que una nación alcance una mayor calidad de vida, que en el verdadero desarrollo al que debemos aspirar. Brevemente, hagamos un esbozo de lo que el turismo puede ofrecer cuando existe una planeación estratégica, una visión perfecta, una misión clara, estrategias específicas y coherentes y un monitoreo constante.
EL TURISMO:
Genera divisas para el país
Brinda fuentes de empleo a corto, mediano y largo plazo, a personas con poca, mediana y mucha especialización.
Obliga al sistema educativo a ser cónsono con las necesidades reales del país.
Facilita la difusión de la cultura.
Ofrece paisajes urbanísticos de gran belleza y colorido.
Desarrolla una mayor conciencia ecológica.
Fortalece un ambiente de paz y democracia.
Exige una capacitación permanente hacia la excelencia a todos los niveles.
Permite la ampliación y diversificación de la producción, la industria y los servicios.
Asegura la cohesión social de la comunidad.
Garantiza la preservación del patrimonio nacional.
Estimula el desarrollo de la micro, pequeña, mediana y gran empresa.
Requiere de la ampliación y mejoramiento de los servicios públicos.
La lista es interminable. Lo importante es determinar cuánto la sociedad, en este caso, la panameña, está dispuesta a invertir en su intento por buscar un desarrollo socio-económico que dependa de su propia voluntad.
Hacer lo que debe hacerse para asegurar que una nación vibra con la fuerza de su propia decisión histórica es tarea de todos. Una posibilidad interesante en naciones como la nuestra, que se debaten entre su precaria producción, su sector industrial limitado y una multiplicidad de servicios desgastados.
LA DIMENSION HUMANA
Los dramáticos cambios que han transformado los paradigmas tiempo-espacio-conocimiento de los seres humanos en los últimos 60 años, se convierten en causas obligantes de las tendencias hacia una nueva percepción de lo que motiva la búsqueda de la autorrealización.
Individuos con realidades estructurales disímiles, encuentran fuentes de identidad entre sí, gracias a la alta tecnología que provee a la sociedad de una vasta y diversa información. La rapidez y eficiencia de los servicios del transporte han permitido acortar distancias, otrora inalcanzables, en períodos de tiempo irrisorios. El tratar de hacer realidad el mito sobre la vida eterna, encuentra eco en el culto a la vida que resaltan, incansablemente, los investigadores de la biología y la bioquímica, la medicina holística, la Nueva Era, entre otros.
El ser social, por lo tanto, ya no es más aquel individuo que participa activamente en el desempeño de los roles que la sociedad espera que cumpla como miembro de la fuerza laboral, de una familia, de asociaciones, de una iglesia, para señalar algunos ejemplos. Ahora, el individuo escoge ampliar estos roles para encontrar y afianzar su propia identidad: se es ecologista, experto en alimentación naturista, humanista, estudiante perpetuo, conocedor y crítico de lo político y lo cultural, viajero prolífero y exigente.
Esto significa que la oferta turística necesita sustentarse en esta nueva dimensión humana para garantizar su éxito y supervivencia. Requiere tener conceptos claros acerca de lo que el turista desea y espera recibir.
Una gama infinita de alternativas de elección para su entretenimiento e instrucción.
Un servicio de excelencia que incluye desde la limpieza de la habitación donde se aloja hasta la cortesía con que se le trata.
Precios razonables y justos.
Una atención personalizada y familiar que le recuerde que el/ella es un individuo especial.
Seguridad y confiabilidad.
Y ese derecho lo ejerce porque el turista ha adquirido la conciencia de que su participación social es más efectiva cuando disfruta del ocio como elemento regulador de los complejos fenómenos sociales que identifican su cotidianeidad. El ocio se vuelve algo mucho más palpable que tiempo libre para descansar. Se convierte en la única posibilidad que tiene el individuo de buscar la felicidad a través de la libertad de elegir cómo desea pasar el poco tiempo que tiene para sí mismo.
He allí el gran reto del turismo. Ofrecer no sólo ruinas arqueológicas, exquisita comida o campos de golf. El negocio es ofrecer "felicidad" a la medida de quienes encuentran en esta actividad la recompensa inmaterial a sus esfuerzos.
De manera que, en una época que se caracteriza por el stress, la competencia, la contaminación y los conflictos, el turismo tiene la obligación de servir a la sociedad, recordándole que es en la simplicidad de la práctica de los valores humanos donde se encuentra realmente la paz.

101 años de Panamá América

 
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