Aquilino Boyd
Desde los años de nuestra infancia, cuando ambos éramos alumnos de educación primaria en una escuela del Estado, la Escuela Simón Bolívar, en la plaza donde está erigido el monumento al Libertador, Aquilino Boyd y yo establecimos una amistad de toda la vida y coincidimos en participar en nuestra edad adulta en algunas jornadas memorables que forman parte de la historia del país.
En las primeras elecciones generales bajo el régimen de la Constitución de 1946, ambos como candidatos de distintos partidos políticos fuimos elegidos diputados a la Asamblea Legislativa tanto en el cuatrienio de 1948 a 1952, como en el siguiente de 1952 a 1956. Una de nuestras preocupaciones prioritarias tuvo que ver con la adopción de la ley que permitió la fundación de la Escuela de Medicina y Odontología en la Universidad de Panamá, y que dio lugar al reconocimiento que hizo, en su carácter de Rector, el Dr. Octavio Méndez Pereira, en sus "Explicaciones para la Historia" (El Panamá América, diciembre 29 de 1948).
Como Presidente de la Asamblea Legislativa, Aquilino Boyd presidió en forma magistral ese órgano del Estado, durante la crisis surgida en noviembre de 1949 entre el militarismo y el civilismo, motivada por la destitución decretada por el Presidente de la República de los comandantes de la Policía Nacional, José Antonio Remón, Bolívar Vallarino y Saturnino Flores, y por el posterior derrocamiento del Presidente Daniel Chanis por los militares, no obstante que el Frente Patriótico con mi concurso obtuviera, en una sesión histórica el retiro de la renuncia del presidente Chanis con la aprobación del Órgano Legislativo.
En septiembre de 1956 cuando terminó mi mandato como Diputado de la Asamblea Legislativa, Aquilino Boyd, en ese entonces recién nombrado Ministro de Relaciones Exteriores en el Gabinete del Presidente Ernesto De La Guardia hijo, me pidió que aceptara ser designado Embajador de Panamá ante la ONU. Me expresó que la propuesta de esta designación obedecía al propósito deliberado de que yo pudiera llevar adelante con el apoyo de la Cancillería una campaña en la ONU para que Panamá, que nunca antes había formado parte del principal órgano político de la Organización mundial, fuese elegida a uno de los dos puestos asignados a la América Latina y el Caribe en el Consejo de Seguridad.
Algo tuvo que ver con esta invitación que me formulara el canciller Boyd, la importancia que tiene la diplomacia parlamentaria en una elección de esta naturaleza, así como el antecedente de haber trabajado en 1947 con el Dr. Ricardo J. Alfaro como miembro de la Delegación Panameña al II Período de Sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas, y como miembro en 1948 de la Subcomisión de las Naciones Unidas sobre Libertad de Información y de Prensa, por obligante delegación que me hiciera el titular Lic. José Isaac Fábrega. Fue muy dura la elección de Panamá al Consejo de Seguridad promovida por el Canciller Boyd, ya que para triunfar tuvimos que prevalecer sobre dos candidatos muy fuertes que eran la República Dominicana y la República Argentina.
A Aquilino Boyd, entonces Jefe de la Misión de Panamá ante las Naciones Unidas, se debe que por su iniciativa se lograra que con el asentimiento del Jefe de Gobierno Omar Torrijos Herrera, el principal órgano político de la Organización Mundial acordara sesionar en Panamá del 15 al 21 de marzo de 1973, para examinar problemas de la región latinoamericana y del Caribe, pero que en esencia se concentró en el caso panameño. Durante esas sesiones, el gobierno panameño y personalmente Omar Torrijos, como lo expresa Celestino Andrés Araúz en el primer volumen del Tomo 15 de la Biblioteca de la Cultura Panameña, "tuvo la oportunidad de presentar con toda su crudeza el estado de las relaciones con la nación del Norte. El resultado, sin lugar a dudas, constituyó un triunfo para la diplomacia panameña, en particular y de la América Latina, en general".
La actuación de Aquilino Boyd como Canciller de la República en los años 1956 a 1958 y de 1976 a 1977 contribuyó a elevar la imagen internacional de Panamá y a sus gestiones se debe la adopción de la Ley 10 de 1957 que creó la Carrera Diplomática.
La siembra de banderas en el entonces territorio irredento de la antigua Zona del Canal, que protagonizó Aquilino Boyd y otros patriotas panameños el 3 de noviembre de 1959, es una muestra de sus posiciones valientes, de su acendrado nacionalismo y de la enorme simpatía que suscitaba.
Son recordadas aún por conocidos dirigentes laborales sus ejecutorias como político y hombre público, para lograr que la Administración norteamericana cumpliera con el principio de justicia, de no discriminación y de equidad en el régimen salarial aplicable a los trabajadores del Canal de Panamá.
Aquilino Boyd poseía un realismo que convirtió su trayectoria política en un compromiso responsable con una aventura nacional que lo fascinó toda la vida. Aunque supiera que los resultados no estaban asegurados, que a veces eran inciertos, su inserción en la historia de su tiempo fue sincera y apasionada. Nunca permitió que se detuviera esa especie de maquinaria prodigiosa de entusiasmo y optimismo que lo animaba y que no dejaba a nadie indiferente. Frente a amigos o frente a adversarios, estuvo erguido y se distinguió como un caballero de auténtica masculinidad.
En 1958, cuando Aquilino Boyd lideró la actividad conocida como "la siembra de banderas" todos los panameños ya reconocían en él al portador de una bandera, roja de pasión genuina, por las causas nacionales. Se sintió hermanado con aquellos que creían como Octavio Méndez Pereira que la dignidad es nutriente imprescindible de los pueblos. A los que no creían, trató de convencerlos sin violentarlos.
Fue miembro activo de lo que ahora se denomina la clase política. Ocupó altos cargos en el Gobierno Nacional. Como parlamentario y como diplomático protagonizó dramáticas y fecundas etapas de nuestra historia. Varias veces condujo nuestras relaciones exteriores como Canciller de la República. Cumplió tareas diplomáticas que llenaron de orgullo al país y fueron un activo multiplicador para nuestra imagen internacional. En todas sus actividades públicas y privadas no sólo preservó sino que revalorizó la estirpe de próceres de la que procedía por la línea de sus progenitores.
En las Naciones Unidas, Aquilino Boyd desplegó sus talentos con una dinámica y un estilo paradigmático: siempre deseaba llevar más alto y hacer resonar más fuerte el nombre de Panamá. Siempre procuraba hacer mejor las cosas para prestigio del país. El supo -como el águila- tomar alto vuelo para honrar a su patria y lo hizo con la claridad del agua que fluye y que irriga abonando la semilla de patria que él mismo sembró.
Interiorizó considerables experiencias en el campo internacional que fueron para él una riqueza que compartió, sin reservas egoístas, en forma de consejos, de opiniones, de comentarios y de acción creadora tanto en el plano físico como político e intelectual.
En Aquilino Boyd el amor al propio suelo y el amor a su familia se unían armónicamente en un fervor convergente y complementario. Con él y con Dorita, su bella, inteligente y admirable esposa, dueña de un temple espartano, anudé un lazo amistoso que se fortalecía cada vez que nos encontrábamos o nos reencontrábamos. Durante más de medio siglo he tenido la sensación de que mi amistad con Aquilino Boyd se forjó por el sentimiento común de una misión a cumplir y se fortaleció con la tácita satisfacción de haber actuado inspirados por una misma música sagrada: Panamá.
Cada vez que parte un gran panameño hacia el más allá, el vacío queda sin llenar. Pero estamos llamados a seguir actuando haciéndole honor a una tradición de respeto a los grandes hechos y a los grandes hombres de nuestra historia y de fidelidad a la Patria y sus valores. Aquilino Boyd contribuyó noblemente a mantener y elevar esa tradición.
En las primeras elecciones generales bajo el régimen de la Constitución de 1946, ambos como candidatos de distintos partidos políticos fuimos elegidos diputados a la Asamblea Legislativa tanto en el cuatrienio de 1948 a 1952, como en el siguiente de 1952 a 1956. Una de nuestras preocupaciones prioritarias tuvo que ver con la adopción de la ley que permitió la fundación de la Escuela de Medicina y Odontología en la Universidad de Panamá, y que dio lugar al reconocimiento que hizo, en su carácter de Rector, el Dr. Octavio Méndez Pereira, en sus "Explicaciones para la Historia" (El Panamá América, diciembre 29 de 1948).
Como Presidente de la Asamblea Legislativa, Aquilino Boyd presidió en forma magistral ese órgano del Estado, durante la crisis surgida en noviembre de 1949 entre el militarismo y el civilismo, motivada por la destitución decretada por el Presidente de la República de los comandantes de la Policía Nacional, José Antonio Remón, Bolívar Vallarino y Saturnino Flores, y por el posterior derrocamiento del Presidente Daniel Chanis por los militares, no obstante que el Frente Patriótico con mi concurso obtuviera, en una sesión histórica el retiro de la renuncia del presidente Chanis con la aprobación del Órgano Legislativo.
En septiembre de 1956 cuando terminó mi mandato como Diputado de la Asamblea Legislativa, Aquilino Boyd, en ese entonces recién nombrado Ministro de Relaciones Exteriores en el Gabinete del Presidente Ernesto De La Guardia hijo, me pidió que aceptara ser designado Embajador de Panamá ante la ONU. Me expresó que la propuesta de esta designación obedecía al propósito deliberado de que yo pudiera llevar adelante con el apoyo de la Cancillería una campaña en la ONU para que Panamá, que nunca antes había formado parte del principal órgano político de la Organización mundial, fuese elegida a uno de los dos puestos asignados a la América Latina y el Caribe en el Consejo de Seguridad.
Algo tuvo que ver con esta invitación que me formulara el canciller Boyd, la importancia que tiene la diplomacia parlamentaria en una elección de esta naturaleza, así como el antecedente de haber trabajado en 1947 con el Dr. Ricardo J. Alfaro como miembro de la Delegación Panameña al II Período de Sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas, y como miembro en 1948 de la Subcomisión de las Naciones Unidas sobre Libertad de Información y de Prensa, por obligante delegación que me hiciera el titular Lic. José Isaac Fábrega. Fue muy dura la elección de Panamá al Consejo de Seguridad promovida por el Canciller Boyd, ya que para triunfar tuvimos que prevalecer sobre dos candidatos muy fuertes que eran la República Dominicana y la República Argentina.
A Aquilino Boyd, entonces Jefe de la Misión de Panamá ante las Naciones Unidas, se debe que por su iniciativa se lograra que con el asentimiento del Jefe de Gobierno Omar Torrijos Herrera, el principal órgano político de la Organización Mundial acordara sesionar en Panamá del 15 al 21 de marzo de 1973, para examinar problemas de la región latinoamericana y del Caribe, pero que en esencia se concentró en el caso panameño. Durante esas sesiones, el gobierno panameño y personalmente Omar Torrijos, como lo expresa Celestino Andrés Araúz en el primer volumen del Tomo 15 de la Biblioteca de la Cultura Panameña, "tuvo la oportunidad de presentar con toda su crudeza el estado de las relaciones con la nación del Norte. El resultado, sin lugar a dudas, constituyó un triunfo para la diplomacia panameña, en particular y de la América Latina, en general".
La actuación de Aquilino Boyd como Canciller de la República en los años 1956 a 1958 y de 1976 a 1977 contribuyó a elevar la imagen internacional de Panamá y a sus gestiones se debe la adopción de la Ley 10 de 1957 que creó la Carrera Diplomática.
La siembra de banderas en el entonces territorio irredento de la antigua Zona del Canal, que protagonizó Aquilino Boyd y otros patriotas panameños el 3 de noviembre de 1959, es una muestra de sus posiciones valientes, de su acendrado nacionalismo y de la enorme simpatía que suscitaba.
Son recordadas aún por conocidos dirigentes laborales sus ejecutorias como político y hombre público, para lograr que la Administración norteamericana cumpliera con el principio de justicia, de no discriminación y de equidad en el régimen salarial aplicable a los trabajadores del Canal de Panamá.
Aquilino Boyd poseía un realismo que convirtió su trayectoria política en un compromiso responsable con una aventura nacional que lo fascinó toda la vida. Aunque supiera que los resultados no estaban asegurados, que a veces eran inciertos, su inserción en la historia de su tiempo fue sincera y apasionada. Nunca permitió que se detuviera esa especie de maquinaria prodigiosa de entusiasmo y optimismo que lo animaba y que no dejaba a nadie indiferente. Frente a amigos o frente a adversarios, estuvo erguido y se distinguió como un caballero de auténtica masculinidad.
En 1958, cuando Aquilino Boyd lideró la actividad conocida como "la siembra de banderas" todos los panameños ya reconocían en él al portador de una bandera, roja de pasión genuina, por las causas nacionales. Se sintió hermanado con aquellos que creían como Octavio Méndez Pereira que la dignidad es nutriente imprescindible de los pueblos. A los que no creían, trató de convencerlos sin violentarlos.
Fue miembro activo de lo que ahora se denomina la clase política. Ocupó altos cargos en el Gobierno Nacional. Como parlamentario y como diplomático protagonizó dramáticas y fecundas etapas de nuestra historia. Varias veces condujo nuestras relaciones exteriores como Canciller de la República. Cumplió tareas diplomáticas que llenaron de orgullo al país y fueron un activo multiplicador para nuestra imagen internacional. En todas sus actividades públicas y privadas no sólo preservó sino que revalorizó la estirpe de próceres de la que procedía por la línea de sus progenitores.
En las Naciones Unidas, Aquilino Boyd desplegó sus talentos con una dinámica y un estilo paradigmático: siempre deseaba llevar más alto y hacer resonar más fuerte el nombre de Panamá. Siempre procuraba hacer mejor las cosas para prestigio del país. El supo -como el águila- tomar alto vuelo para honrar a su patria y lo hizo con la claridad del agua que fluye y que irriga abonando la semilla de patria que él mismo sembró.
Interiorizó considerables experiencias en el campo internacional que fueron para él una riqueza que compartió, sin reservas egoístas, en forma de consejos, de opiniones, de comentarios y de acción creadora tanto en el plano físico como político e intelectual.
En Aquilino Boyd el amor al propio suelo y el amor a su familia se unían armónicamente en un fervor convergente y complementario. Con él y con Dorita, su bella, inteligente y admirable esposa, dueña de un temple espartano, anudé un lazo amistoso que se fortalecía cada vez que nos encontrábamos o nos reencontrábamos. Durante más de medio siglo he tenido la sensación de que mi amistad con Aquilino Boyd se forjó por el sentimiento común de una misión a cumplir y se fortaleció con la tácita satisfacción de haber actuado inspirados por una misma música sagrada: Panamá.
Cada vez que parte un gran panameño hacia el más allá, el vacío queda sin llenar. Pero estamos llamados a seguir actuando haciéndole honor a una tradición de respeto a los grandes hechos y a los grandes hombres de nuestra historia y de fidelidad a la Patria y sus valores. Aquilino Boyd contribuyó noblemente a mantener y elevar esa tradición.