Arabia Saudita: terrorismo y cambio social
El cierre de la embajada de Estados Unidos en Arabia Saudita por violentos actos terroristas debe propiciar una revisión a fondo de la realidad social, económica y política del primer productor mundial de hidrocarburos. En apariencia, Arabia Saudita se muestra como un país amigo de los países desarrollados y es un freno al desenvolvimiento de las sectas extremistas. Sin embargo, después del 11 de setiembre se está descascarando este mito de leal amistad, al descubrirse que la mayor parte de los terroristas que destruyeron las torres gemelas, al igual que Bin Laden, son sauditas. Hoy existe una abierta desconfianza por el amigo saudita pintado como un aliado incondicional en el caos del Medio Oriente.
Debajo de los miles de millones de petrodólares se esconde, entre tules y albornoces, una casta familiar de tipo feudal enriquecida espectacularmente a costa del sufrimiento económico del Tercer Mundo. El poder nominal lo detenta el rey Fahd de 82 años, a quien una embolia cerebral tiene prisionero en una silla de ruedas. Pero el poder real lo ejerce una casa real de alrededor de 30 mil miembros, una casta parasitaria de príncipes nutrida por los fabulosos ingresos petroleros. Pero el dinero no brota solamente de los pozos petroleros. Fuentes europeas aseguran que los príncipes están involucrados en negocios tenebrosos que van desde la venta de permisos de residencias a extranjeros hasta el tráfico de armas.
El hijo más joven del rey Fahd Abdulaziz bin Fahd, según informaciones de inteligencia, simpatiza con Bin Laden, también miembro de la oligarquía saudita, y habría proporcionado centenares de millones de dólares a los talibanes y a Al Qaeda.
A la muerte de rey Fahd, el hijo favorito podría asumir el poder, desatando problemas que la Casa Blanca debe prevenir a tiempo. Los atentados de Ryad muestran una sospechosa negligencia de los servicios de seguridad saudita.
Es inimaginable la capacidad de Al Qaeda con el respaldo financiero abierto del posible heredero del rey Fahd, con el respaldo político del ala de los príncipes antinorteamericanos. Resolver los asuntos sauditas requiere pinzas muy finas. Para modernizarlo, para democratizarlo, hay que cambiar una monarquía que sustenta el poder ilimitado de una oligarquía multimillonaria con cuentas millonarias en bancos y acciones en transnacionales estadounidenses. Romper el orden tradicional saudita sin trastornar la producción petrolífera y anular el aliento financiero al terrorismo es el nuevo desafío de la administración Bush.
¿Puede Kirchner liderizar la reagrupación política capaz de reconstruir su país? Es temprano para decirlo, pero él tiene la oportunidad de hacerlo y su pueblo necesita que logre aprovecharla. También sus vecinos lo esperan.
Debajo de los miles de millones de petrodólares se esconde, entre tules y albornoces, una casta familiar de tipo feudal enriquecida espectacularmente a costa del sufrimiento económico del Tercer Mundo. El poder nominal lo detenta el rey Fahd de 82 años, a quien una embolia cerebral tiene prisionero en una silla de ruedas. Pero el poder real lo ejerce una casa real de alrededor de 30 mil miembros, una casta parasitaria de príncipes nutrida por los fabulosos ingresos petroleros. Pero el dinero no brota solamente de los pozos petroleros. Fuentes europeas aseguran que los príncipes están involucrados en negocios tenebrosos que van desde la venta de permisos de residencias a extranjeros hasta el tráfico de armas.
El hijo más joven del rey Fahd Abdulaziz bin Fahd, según informaciones de inteligencia, simpatiza con Bin Laden, también miembro de la oligarquía saudita, y habría proporcionado centenares de millones de dólares a los talibanes y a Al Qaeda.
A la muerte de rey Fahd, el hijo favorito podría asumir el poder, desatando problemas que la Casa Blanca debe prevenir a tiempo. Los atentados de Ryad muestran una sospechosa negligencia de los servicios de seguridad saudita.
Es inimaginable la capacidad de Al Qaeda con el respaldo financiero abierto del posible heredero del rey Fahd, con el respaldo político del ala de los príncipes antinorteamericanos. Resolver los asuntos sauditas requiere pinzas muy finas. Para modernizarlo, para democratizarlo, hay que cambiar una monarquía que sustenta el poder ilimitado de una oligarquía multimillonaria con cuentas millonarias en bancos y acciones en transnacionales estadounidenses. Romper el orden tradicional saudita sin trastornar la producción petrolífera y anular el aliento financiero al terrorismo es el nuevo desafío de la administración Bush.
¿Puede Kirchner liderizar la reagrupación política capaz de reconstruir su país? Es temprano para decirlo, pero él tiene la oportunidad de hacerlo y su pueblo necesita que logre aprovecharla. También sus vecinos lo esperan.