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Árbol


Dentro de nuestra educación corriente, uno de los temas con que nos educaron e instruyeron fue admirar el reino vegetal del cual dependemos para nuestra existencia.

Incluso tuvimos como materia de estudio, la botánica con cuyo conocimiento pretendíamos conocer muy perfectamente algo de la vastísima vida vegetal. Hablamos de los tres reinos que hacen la realidad, que no circunda, el reino animal, el reino vegetal y el reino mineral.

Por supuesto que hoy día, otras serán las divisiones de la realidad como tenía que ser , pero esta agrupación sencilla nos ayuda.

Tanto el reino animal como el reino vegetal nos hablan de la vida, es decir de seres con un principio vital. Y los escolásticos hablaban de la vida vegetal, vida sensitiva y la vida irracional.

La vida racional y sensitiva agrupa a todos los animales y entre esos por supuesto al hombre, animal racional y el resto de los animales en todas sus divisiones y subdivisiones de vertebrados e invertebrados, mamíferos y no mamíferos, bípedos y cuadrúpedos.

En el reino vegetal, nos encontramos con la vida no sensitiva, o al menos pareciera que no sienten, y están las plantas y los árboles y toda hierba que crece.

Recuerdo a algunas personas mayores que conversan con las plantas, y no están mal de la cabeza, las saludan y las miman, y los miramos raro.

Pero hablando de los árboles que suelen ser primero un pequeño arbusto y unos porque los cuidan y otros porque no, crecen y crecen hasta lograr alturas y volúmenes impensables. Y los árboles con su verdor, su follaje y su forma contribuyen a la belleza de los paisajes naturales.

Muchos árboles son queridos porque son frutales, pero lo que nunca esperamos es que los árboles sean factores de desgracia. Y sin embargo ya desde los tiempos del poeta latino Quinto Horacio Flaco existe una oda que comienza diciendo “Prope funerato arboris ictu”, casi aplastado por el golpe de un árbol, franca alusión al hecho de haberse salvado de la caída de un árbol.

Recordé este verso en estos días cuando lamentamos con tristeza el accidente del joven galeno que fue aplastado por un árbol ya añoso que se desplomó misteriosamente dejándonos a todos en un plan de perplejidad e interrogación no ya en el orden físico de las cosas que sucedieron sino en el de las responsabilidades donde nadie a primera vista puede ser imputado, aunque no faltan multitud de hipótesis.

Hacemos oraciones por la víctima de este hecho insólito y nos unimos al cuerpo médico al que pertenecía, en el recuerdo doloroso, pero no quedamos exonerados de preguntar cómo pudo suceder esto. La sombra de los árboles es casi sinónimo de seguridad y sin embargo, ni allí está nadie seguro.

101 años de Panamá América

 
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