Arde Armuelles
Cuando la empresa bananera llega a Puerto Armuelles en 1927, es un símil de la Zona del Canal, negocia contratos voraces, crea un enclave, segrega y establece la cultura de la dominación, con todos sus estragos y concesiones. A principios del siglo XIX, la United Fruit Co., era casi una extensión del Gobierno de Estados Unidos y sus métodos coloniales. Sus accionistas y ejecutivos habían tenido grandes puestos y poseían gran influencia en la esfera gubernamental.
Los gobiernos panameños fueron serviles con dicha compañía, la mayoría de los presidentes viajaban a Puerto a brindar con White Label, el whisky irlandés, que en América representaba Joseph Kennedy y que por sus acciones en la United Fruit, se convirtió en la bebida emblemática y a jugar golf, en los verdes prados.
La cultura de la empresa por 70 años fue la de la confrontación y doblegación, daba bola negra y desterraba a quienes la retaban, prohibía la sindicalización y se opuso, hasta que Torrijos lo impuso, a la entrada del Seguro Social.
Las primera jubilaciones se dieron en esa área en 1985, antes, el obrero era un bagazo, que se exprimía y descartaba.
Es cierto que la compañía, como en la Zona, construyó desde servicios básicos hasta de recreación y comunicación, ante lo remoto del sitio y la ausencia gubernamental, brindando los primeros y vivienda gratis a los obreros. Al gobierno y la empresa les convenía eso, producto de los tiempos y la manera de hacer negocios en ultramar.
No es hasta inicios de los años 60, que Puerto Armuelles puede comunicarse por tierra con el resto del país y en 1972, cuando se asfalta esa carretera. Desde 1927 hasta 1970 era un lugar alucinante, caminando un kilómetro en línea recta podía verse aviones, locomotoras, barcos, tractores, carros, motos, bicicletas y caballos, había un burdel más grande que el mercado, era un casino a cielo abierto, se bebía licor como agua se trasegaba en la Represa, temblaba con frecuencia, soplaban vientos encabronados, caían lluvias diluviales y era refugio de perseguidos por muchas causas. Papillón, Einstein y Panamá Al Brown, llegaron hasta allí en la Gran Flota Blanca, pintada de ese color para preservar la fruta del rigor solar y que al iniciarse la Segunda Guerra Mundial, fue puesta al servicio de Estados Unidos e Inglaterra para transporte de pertrechos y tropas.
En las fincas bananeras habían riñas a machetazos, prostitutas que despachaban a indios y obreros en doble fila, el tren trozaba a quienes se acostaban sobre él durmientes; los indios eran reconquistados por el guaro y aniquilados por los químicos, mulas altas, cruce para intimidar y evitar mordeduras de serpientes a sus altaneros jinetes.
La producción de bananos era alta y el mundo comía con avidez la fruta, los accionistas se enriquecieron; pero las jornadas eran tan extenuantes que los obreros se escondían ante el acoso de los capataces quienes, rula en mano, los buscaban.
Los salarios eran bajos, no se pagaba sobre tiempo, ni recargos por días feriados, no existía jubilación ni pensiones. Destruidos por un horizonte estrecho y exprimidos por el bananal, que destila humedad, químicos tóxicos y acoge todo lo que repta, salta y emponzoña. Así se fraguó y mantuvo una lucha frontal empresa y trabajadores y creció la "teoría del desquite". Ella lo disfrutaba más, porque ejercitaba su gran poder de sometimiento a hombres, leyes y países.
En noviembre de 1960, 22 meses después que la Santa Misión, de los jesuitas, llegó a Armuelles, proclamando justicia y espantando los demonios, estalló la gran huelga, que creó el Sindicato, el cual existió hasta el año pasado y del que José Morris Quintero, fue su último secretario general.
Por fortuna, en 1960 el presidente de Panamá era Roberto F. Chiari, quien actuó con la verticalidad que reafirmaría cuatro años después. Esta organización fue valiente y organizada, logrando negociar convenientes convenciones colectivas y trasladando sus conquistas a la legislación laboral, para beneficio de los trabajadores panameños.
Cambió de dueños la empresa, cambio el mundo, cambio el país y la manera de hacer negocios, cambio la gente y cambiaron los mercados y las rutas. La debacle llegó aumentada por malos dirigentes, el encono ancestral de la empresa y gobernantes sin visión ni piedad.
Hoy se viven las convulsiones de un cuerpo que muda de piel, que se exorciza, que tiene que regurgitar, hasta sanarse y volver a caminar por nuevos senderos.
Al obrero de las bananeras hay que apoyarlo, hay que orientarlo a comprender las nuevas posibilidades y superar los traumas y confusiones de una larga y soterrada guerra del fin del mundo.
Los gobiernos panameños fueron serviles con dicha compañía, la mayoría de los presidentes viajaban a Puerto a brindar con White Label, el whisky irlandés, que en América representaba Joseph Kennedy y que por sus acciones en la United Fruit, se convirtió en la bebida emblemática y a jugar golf, en los verdes prados.
La cultura de la empresa por 70 años fue la de la confrontación y doblegación, daba bola negra y desterraba a quienes la retaban, prohibía la sindicalización y se opuso, hasta que Torrijos lo impuso, a la entrada del Seguro Social.
Las primera jubilaciones se dieron en esa área en 1985, antes, el obrero era un bagazo, que se exprimía y descartaba.
Es cierto que la compañía, como en la Zona, construyó desde servicios básicos hasta de recreación y comunicación, ante lo remoto del sitio y la ausencia gubernamental, brindando los primeros y vivienda gratis a los obreros. Al gobierno y la empresa les convenía eso, producto de los tiempos y la manera de hacer negocios en ultramar.
No es hasta inicios de los años 60, que Puerto Armuelles puede comunicarse por tierra con el resto del país y en 1972, cuando se asfalta esa carretera. Desde 1927 hasta 1970 era un lugar alucinante, caminando un kilómetro en línea recta podía verse aviones, locomotoras, barcos, tractores, carros, motos, bicicletas y caballos, había un burdel más grande que el mercado, era un casino a cielo abierto, se bebía licor como agua se trasegaba en la Represa, temblaba con frecuencia, soplaban vientos encabronados, caían lluvias diluviales y era refugio de perseguidos por muchas causas. Papillón, Einstein y Panamá Al Brown, llegaron hasta allí en la Gran Flota Blanca, pintada de ese color para preservar la fruta del rigor solar y que al iniciarse la Segunda Guerra Mundial, fue puesta al servicio de Estados Unidos e Inglaterra para transporte de pertrechos y tropas.
En las fincas bananeras habían riñas a machetazos, prostitutas que despachaban a indios y obreros en doble fila, el tren trozaba a quienes se acostaban sobre él durmientes; los indios eran reconquistados por el guaro y aniquilados por los químicos, mulas altas, cruce para intimidar y evitar mordeduras de serpientes a sus altaneros jinetes.
La producción de bananos era alta y el mundo comía con avidez la fruta, los accionistas se enriquecieron; pero las jornadas eran tan extenuantes que los obreros se escondían ante el acoso de los capataces quienes, rula en mano, los buscaban.
Los salarios eran bajos, no se pagaba sobre tiempo, ni recargos por días feriados, no existía jubilación ni pensiones. Destruidos por un horizonte estrecho y exprimidos por el bananal, que destila humedad, químicos tóxicos y acoge todo lo que repta, salta y emponzoña. Así se fraguó y mantuvo una lucha frontal empresa y trabajadores y creció la "teoría del desquite". Ella lo disfrutaba más, porque ejercitaba su gran poder de sometimiento a hombres, leyes y países.
En noviembre de 1960, 22 meses después que la Santa Misión, de los jesuitas, llegó a Armuelles, proclamando justicia y espantando los demonios, estalló la gran huelga, que creó el Sindicato, el cual existió hasta el año pasado y del que José Morris Quintero, fue su último secretario general.
Por fortuna, en 1960 el presidente de Panamá era Roberto F. Chiari, quien actuó con la verticalidad que reafirmaría cuatro años después. Esta organización fue valiente y organizada, logrando negociar convenientes convenciones colectivas y trasladando sus conquistas a la legislación laboral, para beneficio de los trabajadores panameños.
Cambió de dueños la empresa, cambio el mundo, cambio el país y la manera de hacer negocios, cambio la gente y cambiaron los mercados y las rutas. La debacle llegó aumentada por malos dirigentes, el encono ancestral de la empresa y gobernantes sin visión ni piedad.
Hoy se viven las convulsiones de un cuerpo que muda de piel, que se exorciza, que tiene que regurgitar, hasta sanarse y volver a caminar por nuevos senderos.
Al obrero de las bananeras hay que apoyarlo, hay que orientarlo a comprender las nuevas posibilidades y superar los traumas y confusiones de una larga y soterrada guerra del fin del mundo.